26.Hasta ti
-Xana
A la mañana siguiente.
Tres mensajes de Lucas.
Lucas:
Buenos días, Xana.
Espero no despertarte.
¿Cómo estás?
Miré la hora.
Habían llegado bastante tarde.
Otro mensaje.
Bueno... creo que estarás dormida.
Sé que esta semana he estado un poco ausente.
Lo siento.
Pero te prometo que ha sido por una buena razón.
Sentí que el corazón empezaba a acelerarse.
Había uno más. Hoy te llamo.
O nos vemos.
Lo que tú prefieras.
Me quedé mirando la pantalla.
Durante unos segundos no respondí.
Y entonces apareció otro mensaje.
Lucas está escribiendo...
Miré la pantalla.
Esperé.
Desapareció.
Volvió a aparecer.
Lucas está escribiendo...
—Vamos...
Volví a mirar.
Como si hacerlo pudiera conseguir que el mensaje llegara antes.
Finalmente, apareció. Buenos días...
Esta vez sí es de día.
Sonreí.
Me preguntaba si te gustaría cenar conmigo hoy.
Quiero explicarte algunas cosas.
Sentí un pequeño vuelco en el estómago.
Pero, por primera vez en varios días, no fue desagradable.
Escribí.
Xana:
Buenos días
O Buenas noches.
Como prefieras.
No tardó ni diez segundos.
Lucas:
¿Te ests riendo de m
Mordí mi labio intentando contener una sonrisa.
Xana:
Un poco s
Aparecieron los tres puntos.
Que sepas que, hasta ti, yo era un hombre perfectamente controlado y
cuerdo.
Solté una carcajada.
Xana:
Ayy pobre de ti.
Qué vida tan aburrida debiste llevar.
Esta vez su respuesta fue inmediata.
Lucas:
Coincido contigo.
¿Cenamos juntos?
Me quedé mirando aquellas dos palabras.
Algo tan sencillo.
Algo que habíamos hecho tantas veces.
Y, sin embargo, después de aquella semana...
se sentía diferente.
Xana:
Solo si yo escojo el lugar.
Lucas: Acepto.
Dejé el teléfono sobre la cama. Y, por alguna extraña razón...
sentí que el calor volvía poco a poco a mi cuerpo.
No sabía qué quería explicarme.
No sabía qué ocurriría aquella noche.
Pero ya no sentía la necesidad de imaginar todos los finales posibles.
La noche anterior había pedido a Dios que guardara mi corazón.
Aquella mañana...
decidí simplemente vivir lo que viniera.
-Lucas
Respondió.
Y seguía siendo ella.
Con su humor.
Su ironía.
Su calidez.
Solté el aire lentamente. Solo entonces fui consciente de que llevaba varios minutos con los hombros completamente tensos.
Miré su último mensaje.
Solo si yo escojo el lugar.
Sonreí.
No sabía dónde pensaba llevarme.
Y daba igual.
Porque tenía algo que decirle.
Algo que llevaba días poniendo delante de Dios.
Esta vez no me temblaban las manos por miedo a verla.
Me temblaban porque, por primera vez...
tenía completamente claro lo que quería hacer.
Y no podía esperar a que llegara la cena.
Xana me envió la ubicación.
Miré la dirección.
Y sonreí.
De todos los lugares que podía haber escogido...
había elegido aquel. Conduje hasta el restaurante.
Empezaba a llover cuando aparqué.
Una lluvia fina.
De esas que parecen inofensivas hasta que llevas cinco minutos caminando bajo ellas.
Entonces la vi.
Acababa de bajar de su coche.
Llevaba un vestido verde de manga larga, sencillo, ceñido a la cintura.
El cabello suelto.
Y ningún paraguas.
Todavía no me había visto.
Eché a correr hacia ella.
—¡Xana!
Se giró.
Su expresión cambió en cuanto me reconoció.
Esa sonrisa.
Después de una semana echándola de menos... esa sonrisa.
Me acerqué y, casi por instinto, puse mi chaqueta sobre su cabeza para cubrirla de la lluvia.
Ella soltó una carcajada.
—Lucas, estamos a diez metros de la puerta.
—Diez metros bajo la lluvia.
—Es agua.
—Lo sé.
—No me voy a derretir.
—No pienso correr el riesgo.
Negó con la cabeza, divertida.
Caminamos juntos hacia la entrada, medio cubiertos por mi chaqueta.
La miré.
—Pensé que elegirías tu lugar favorito.
Xana levantó la vista hacia mí.
—¿Qué te hace pensar que este no es uno de mis lugares favoritos?
Me detuve un segundo.
—Eso sería una bonita coincidencia.
Ella sonrió.
—Aunque tengo que reconocer que la primera vez que vine...
no me impresionó precisamente el restaurante.
Arqueé una ceja.
—¿No?
—Estaba demasiado ocupada intentando averiguar cuántas mujeres habías traído aquí antes que a mí.
Me quedé mirándola.
—¿Qué?
Xana empezó a reírse.
—Algún día te lo cuento.
—No.
Ahora.
—Está lloviendo.
— Convenientemente. Abrió la puerta del restaurante antes de que pudiera seguir interrogándola.
El olor a masa horneada, tomate y orégano nos recibió de inmediato.
Y con él...
una cantidad absurda de recuerdos.
Sandra levantó la vista desde la entrada.
Nos reconoció enseguida.
—¡Hola, chicos!
Sonrió al vernos.
—Vengan.
Los llevo a su mesa.
Xana y yo nos miramos.
Su mesa.
Ninguno dijo nada.
Pero los dos sonreímos.
Nueve meses atrás, había pedido allí una mesa para dos por primera vez.
Ahora... al parecer ya teníamos una.
Sandra sonrió mientras dejaba las cartas sobre la mesa.
—Vendrá Gino luego a saludaros. ¿Os traigo lo de siempre?
—Sí, gracias.
Respondimos los dos al mismo tiempo.
Nos miramos.
Y nos echamos a reír.
Sandra negó con una sonrisa antes de marcharse.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Me quedé mirándola.
Xana hizo lo mismo.
—Quinientos euros por tus pensamientos.
Se rio.
—Precisamente estos pensamientos valen bastante más.
—Estoy mejorando la oferta.
—Pero todavía estás muy lejos.
Asentí con fingida resignación. —Seguiré ahorrando.
Sonrió.
Y durante unos segundos me olvidé de todo lo que había ensayado decirle.
—¿Cómo ha ido tu semana? —pregunté.
—Bien. He pasado bastante tiempo con Barb y Vera. Luego la clínica...
Se encogió de hombros.
—No me he aburrido.
—Y entre toda esa apretada agenda...
Me incliné ligeramente hacia ella.
—¿encontraste algún momento para pensar en cierto chico alto, de cabello negro, con grandes habilidades musicales...
Entrecerró los ojos.
—Mmm...
—...y que últimamente piensa en ti con una frecuencia que podría empezar a considerarse preocupante?
Se tomó unos segundos.
Demasiados. Incluso fingió estar pensándolo.
—Déjame ver...
Miró hacia arriba.
—Puede.
—¿Puede?
—Tal vez.
Sonrió.
Y esa sonrisa...
fue suficiente.
No necesitaba otra respuesta.
Llegó la comida.
Como siempre, olía increíble.
Tomate.
Orégano.
Queso recién horneado. Gino apareció poco después desde la cocina y vino a saludarnos con su marcado acento italiano.
Intercambiamos unas palabras con él antes de que volviera a desaparecer entre las mesas.
Durante un rato comimos.
Hablamos.
Nos reímos.
Como siempre.
Pero yo sabía que tenía una conversación pendiente.
Y no quería convertir todo aquello en una excusa para seguir retrasándola.
Dejé los cubiertos.
—Xana...
Levantó la mirada.
—Lo primero que quiero hacer es pedirte perdón.
Su expresión cambió ligeramente.
—¿Por qué?
—Por haber estado tan ausente estos días.
No estuvo bien que notaras esa distancia sin saber qué estaba pasando.
Ella no respondió.
Esperó.
—Y me costó mucho más de lo que probablemente debería reconocer.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—No quiero echarle la culpa a Diego...
—Eso siempre empieza mal.
Me reí.
Ella asintió.
—Necesitaba tomar algunas decisiones.
Y quería hacerlo bien.
Sin dejarme llevar solamente por lo que siento cuando estoy contigo.
Su sonrisa desapareció.
No por enfado.
Estaba escuchándome.
—Necesitaba orar.
Pensar. Preguntarme qué quería realmente.
Qué estaba dispuesto a hacer con todo esto.
Hice un pequeño gesto entre los dos.
—Con nosotros.
Sus ojos permanecieron sobre los míos.
—Le pedí consejo a Diego y me tomé demasiado en serio eso de parar unos días para pensar.
Negué con una sonrisa.
—Aunque debo reconocer que fui bastante malo haciéndolo.
—Los mensajes a las diez de la noche te delataron un poco.
Solté una carcajada.
—Lo intenté.
—Lo sé.
Hubo un silencio.
Esta vez fui yo quien respiró profundamente.
Xana dejó los cubiertos.
—¿Y conseguiste lo que necesitabas? La miré.
Ya no tenía sentido esconderme detrás de una broma.
—Sí.
Su expresión cambió apenas.
—¿Sí?
Asentí.
—Sí.
Lo conseguí.
—¿Y.…?
Sonreí.
—Y hay algo que quiero decirte.
Pero antes necesito hacerte una pregunta.
Xana dejó los cubiertos sobre el plato.
—Dime.
—¿Me llevarías a un lugar?
Esperaba que preguntara adónde.
No lo hizo. —Claro.
Sin problema.
Eso fue todo.
Ni preguntas.
Ni curiosidad.
Simplemente aceptó.
Terminamos de cenar y salimos del restaurante.
La lluvia había parado, aunque el asfalto seguía mojado y el aire olía a tierra húmeda.
Caminamos juntos hasta su coche.
Xana abrió las puertas y entramos.
—¿Dónde vamos?
Saqué el teléfono.
—Espera.
Busqué la ubicación.
No necesitaba hacerlo.
Sabía perfectamente dónde estaba. Pero quería que lo viera.
Conecté el móvil al coche y marqué el destino.
Xana miró la pantalla.
Parpadeó.
Una vez.
Dos.
Después giró lentamente la cabeza hacia mí.
Y sonrió.
Una sonrisa enorme.
—¿De verdad quieres ir allí?
La miré.
—Estoy muy seguro.
Durante unos segundos no arrancó.
Solo siguió mirándome.
—Sabes que no necesito el GPS para llegar.
—Lo sé.
Entrecerró los ojos. —Entonces lo has hecho a propósito.
Sonreí.
—Arranca, Xana.
Negó con la cabeza, todavía sonriendo.
—Estás muy raro hoy, Lucas Berdasco.
—Es posible.
Finalmente puso el coche en marcha.
La voz del navegador empezó a dar indicaciones que ninguno de los dos necesitaba.
Yo conocía el destino.
Ella conocía el camino.
Y mientras nos alejábamos del restaurante...
sentí una paz que no había tenido durante toda la semana.
No porque supiera qué iba a responderme.
Eso seguía sin estar en mis manos.
Sino porque, después de tantos meses...
por fin sabía exactamente qué quería preguntarle.
Aparcamos. Bajamos del coche.
Y comenzamos a caminar.
Uno al lado del otro.
-Xana
Lucas estaba extraño.
No extraño de verdad.
Era él.
Seguía haciendo sus bromas.
Seguía sonriendo igual.
Seguía abriéndome la puerta.
Seguía siendo Lucas.
Pero había algo diferente.
Algo en su forma de mirarme.
En sus silencios.
En aquella seguridad con la que había respondido:
Estoy muy seguro. Sentí un pequeño vuelco en el estómago.
No, Xana.
No empieces.
No sobre pienses.
Déjate llevar.
Seguí caminando.
Conocía aquel sendero de memoria.
Podría haberlo recorrido con los ojos cerrados.
Entonces llegó el olor.
Sal.
Hierba húmeda.
Tierra.
Mar.