Jamás y nunca... Hasta mí 25.Guardar el corazón.
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25.Guardar el corazón.

-Xana

Llegamos al hospital para conocer a Vera.

Lucas y yo entramos juntos.

Barb estaba preciosa.

Cansada.

Con el pelo recogido de cualquier manera y unas ojeras que probablemente no desaparecerían en varias semanas.

Pero preciosa.

Tenía a Vera entre los brazos.

Me acerqué despacio.

No sabía por qué estaba tan nerviosa.

Había sostenido bebés antes.

Pero aquella era Vera.

La hija de mi mejor amiga.

Me incliné un poco hacia ella. —Hola, Vera...

Soy tu tía Xana.

Lo dije casi en un susurro.

Barb sonrió.

—¿Quieres cogerla?

La miré inmediatamente.

—¿Puedo?

—Claro.

Se incorporó un poco.

—Pon una mano debajo de la cabeza... eso es. Y la otra debajo del cuerpo.

La cogí con muchísimo más cuidado del necesario.

Era tan pequeña.

Tan ligera.

Me daba miedo hasta respirar demasiado fuerte.

Miré aquella carita diminuta.

Los ojos cerrados.

La nariz minúscula. Las manos apretadas contra el pecho.

Y, sin ninguna razón que pudiera explicar...

los ojos se me llenaron de lágrimas.

—Es preciosa.

Barb no respondió.

Solo me miró.

Entonces levanté la vista.

Lucas estaba al otro lado de la habitación.

Mirándome.

Nuestros ojos se encontraron.

Sonrió.

Se acercó despacio y acarició con un dedo la cabecita de Vera.

Por un instante...

todo alrededor pareció quedarse en segundo plano.

Hasta que Lucas miró a Barb.

—Vas a ser una madre estupenda. Ella sonrió emocionada.

—Gracias.

—¿Y dónde está el flamante padre?

La expresión tierna de Barb desapareció.

—Comprándome una hamburguesa.

Parpadeé.

—¿Una hamburguesa?

—Me muero de hambre y aquí no hacen más que traerme comidas equilibradas.

Lucas soltó una carcajada.

—Acabas de dar a luz hace unas horas.

—Exactamente. Creo que merezco patatas fritas.

—Argumento incontestable —dije.

Barb señaló a Lucas.

—¿Ves? Por eso es mi mejor amiga.

Nos echamos a reír.

Y Vera siguió durmiendo entre mis brazos... completamente ajena a que acababa de convertirse en el centro de nuestro mundo.

-Lucas

Ver a Xana con Vera entre los brazos removió algo dentro de mí.

No fue una imagen.

Ni una fantasía.

Fue una pregunta.

Una que llevaba algún tiempo evitando hacerme.

Porque conocía lo que Xana había pensado siempre sobre el matrimonio.

Sabía de dónde venían sus miedos.

Y jamás había querido convertirme en otro hombre intentando decirle cómo debía vivir su vida.

Pero ya no estábamos donde habíamos empezado.

Ella tampoco era la misma.

Y yo...

yo tenía cada vez más claro lo que sentía.

Cuando salimos del hospital, la pregunta seguía conmigo. Conduje durante varios minutos sin decir nada.

Respiré profundamente.

—Venga, suéltalo.

La miré de reojo.

—¿Qué?

—Lo que sea que llevas diez minutos intentando preguntarme.

No pude evitar sonreír.

—¿Cómo haces eso?

—¿El qué?

—Saber cuándo quiero decirte algo.

Se encogió de hombros.

—Me lo dijo un pajarito.

Giré la cabeza hacia ella, sorprendido.

Xana sonrió satisfecha.

—¿Acabas de intentar hacer una broma cristiana?

—Soy nueva en esto. Dame tiempo.

Me reí.

Después volví a mirar la carretera.

La pregunta seguía allí.

—Xana...

—Dime.

—No quiero presionarte.

Ni quiero que sientas que estoy intentando llevarte hacia ninguna respuesta.

Pero hay algo que me gustaría saber.

Esperé.

Ella no dijo nada.

—Hace tiempo me dijiste que no creías en el matrimonio.

Asintió.

—Lo recuerdo.

Tragué saliva.

—¿Sigues pensando igual?

Silencio. —¿Y alguna vez te has planteado formar una familia?

No respondió inmediatamente.

Miró por la ventanilla.

Pensé que quizá había ido demasiado lejos.

—No tienes que contestarme si...

—No me incomoda que preguntes.

Esperé.

—La verdad...

no sé si sigo pensando igual.

La miré apenas un segundo.

Ella seguía mirando hacia fuera.

—Solo sé que ya no soy la misma.

Hizo una pequeña pausa.

—Y estoy empezando a descubrir que muchas de las cosas que durante años consideré verdades absolutas...

quizá solo eran formas de protegerme.

Aquello me dejó completamente en silencio. Finalmente me miró.

—Digamos que ya no estoy cerrada a otras posibilidades.

No dije nada más.

No necesitaba hacerlo.

Aquella noche mi oración cambió.

No pedí que Xana quisiera casarse conmigo.

No pedí que nuestra historia terminara de una determinada manera.

Di gracias.

Por ella.

Por nuestros amigos.

Por aquellos meses.

Por todo lo que Dios había hecho en nuestras vidas.

Y después pedí discernimiento.

Porque por primera vez...

ya no estaba preguntándome si quería a Xana en mi futuro.

Estaba empezando a preguntarme si había llegado el momento de hacer algo al respecto.

-Xana

La semana pasó entre la clínica y Barb.

El martes le dieron el alta.

Les llevé comida.

Ayudé con algunas cosas de la casa.

Aproveché cualquier oportunidad para coger a Vera en brazos.

Y aprendí que una criatura de apenas unos días podía controlar la agenda de cinco adultos sin ningún esfuerzo.

Pero no vi a Lucas.

Hablamos.

Aunque poco.

Respondía a mis mensajes.

Me preguntaba cómo estaba.

Seguía siendo cariñoso.

Pero había algo diferente.

No tomaba la iniciativa como otras veces.

No me llamó. No apareció por la clínica.

No hizo ningún plan.

Intenté no darle importancia.

El martes lo conseguí.

El miércoles...

ya no tanto.

Una punzada incómoda empezó a instalarse en mi pecho.

Pensé en escribirle.

¿Te pasa algo?

Lo borré.

¿Estamos bien?

También lo borré.

No quería convertirme en alguien que necesitara constantemente que otra persona le asegurara que todo iba bien.

Pero tampoco quería fingir que no me importaba.

Porque me importaba.

Muchísimo. El miércoles, el grupo de mujeres se reunió en casa de Maia.

Habíamos decidido darle unas semanas a Barb para recuperarse.

Compartí con ellas.

Me reí.

Oré.

Hasta canté una canción que meses atrás ni siquiera habría sabido que existía.

Pero miré el teléfono demasiadas veces.

Lucas no había escrito.

Yo tampoco.

Al llegar a casa dejé el bolso sobre el sofá.

Me senté.

Y permanecí allí un rato.

En silencio.

Entonces hice algo que unos meses atrás me habría parecido imposible.

Oré. No porque Barb estuviera conmigo.

No porque alguien me estuviera guiando.

No porque estuviera en una iglesia.

Solo yo.

En mi salón.

—Dios...

No sé muy bien cómo hacer esto.

Sonreí un poco.

—Supongo que eso ya lo sabes.

Respiré profundamente.

—Llevo poco tiempo caminando contigo y todavía estoy aprendiendo muchas cosas.

Pero hay algo de lo que sí estoy segura.

Sé que me amas.

Se me quebró ligeramente la voz.

—Y no sé si se puede orar por estas cosas...

pero quiero pedirte que guardes mi corazón. Que cuides de mí como tu hija.

No sé por qué tuve que conocer a Lucas.

No sé qué va a pasar con nosotros.

Y me da miedo descubrir que quizá esto no termine como quiero.

Las lágrimas empezaron a caer.

Pero continué.

—Si nuestra relación no va a seguir...

dame madurez para aceptarlo.

Y, sobre todo...

no permitas que eso cambie lo que he encontrado contigo.

Porque no quiero volver a vivir apartada de ti.

Amén.

Me quedé allí unos minutos.

No apareció ninguna respuesta.

No sentí nada extraordinario.

Solo...

paz. Y aquella noche dormí profundamente.

-Lucas

Miré el teléfono.

Otra vez.

Nada.

Lo dejé boca abajo sobre la mesa.

Duré exactamente treinta segundos.

Volví a cogerlo.

—Esto es absurdo.

Busqué el nombre de Diego y pulsé llamar.

Contestó al cuarto tono.

—Como esto no sea una emergencia...

—No aguanto más.

Silencio.

—Buenas noches a ti también.

Me levanté del sofá y empecé a caminar por el salón. —Recuérdame por qué se torturan las parejas de esta manera.

—Primero...

Tendrás que explicarte mejor.

—Diego.

He tomado distancia, para pensar, orar…

Su carcajada atravesó el teléfono.

—Vale, vale.

Escuché movimiento al otro lado.

—Lucas, tú me pediste consejo.

—Lo sé.

—Me dijiste que estabas pensando en algo importante.

—Lo estoy.

— Y yo te dije que te tomaras unos días.

No que dejaras de llamar a tu novia, como si hubieses entrado a un monasterio.

Solo para que pudieras orar sin tenerla delante sonriéndote y olvidarte hasta de tu nombre.

Fruncí el ceño.

—Eso solo me pasó al principio. —Tiraste tres bebidas por verla.

—Dos.

—Una fue sobre mí.

—Fue un accidente.

—Claro.

Me dejé caer otra vez en el sofá.

—Estoy orando.

—Bien.

—Y sigo pensando lo mismo.

Diego guardó silencio.

Esta vez sin bromas.

—¿Estás seguro?

Miré hacia el techo.

Pensé en Xana.

En el mirador.

En nuestras conversaciones.

En verla aquella tarde con Vera entre los brazos. En sus zapatos junto a los míos.

En todas aquellas pequeñas cosas que, sin darme cuenta, habían empezado a parecerse demasiado a la vida que quería.

Sonreí.

—Sí.

Hubo unos segundos de silencio.

—Entonces ya tienes tu respuesta.

Miré el teléfono.

—La voy a llamar.

—Lucas...

Son las diez de la noche.

Igual está durmiendo.

—Xana no se duerme a las diez.

—Eso no lo sabes.

—Sí lo sé.

Silencio.

—Vale. Eso ha sonado bastante a novio.

—Voy a llamarla.

—Espera.

Suspiré.

—¿Qué?

—Si decidiste tomarte unos días para ordenar lo que sentías, termínalos bien.

No necesitas desaparecer de su vida para escuchar a Dios.

Pero tampoco necesitas correr esta noche solo porque la echas de menos.

Me quedé callado.

Odiaba cuando Diego tenía razón.

—He pasado treinta y dos años alejado de ella.

Silencio.

—Lucas...

De esos treinta y dos, aproximadamente quince los pasaste siendo un niño.

—Detalles.

—Y otros cuantos sin saber que existía. —No ayudan tus argumentos.

Diego se echó a reír.

—Duerme.

Mañana la llamas.

Miré otra vez la conversación con Xana.

Su último mensaje seguía allí.

—Le voy a mandar un WhatsApp.

—Por supuesto que sí.

—Solo para que sepa que estoy bien.

—Lucas...

—Buenas noches, Diego.

—No te atrevas a colgar...

Colgué.

Abrí nuestra conversación.

Escribí.

Buenos días, Xana.

Me detuve. Miré la hora.

Las 22:07.

Borré Buenos días.

Volví a escribirlo.

Negué con la cabeza.

—Estoy fatal.

Finalmente envié:

Buenos días, Xana. Espero no despertarte...

Me quedé mirando el mensaje.

—Perfecto, Lucas.

Las diez de la noche...

y le acabas de dar los buenos días.

Escribí otro.

Bueno... creo que estarás dormida.

Sé que he estado un poco alejado.

Pero te prometo que ha sido por una buena razón.

Esperé. Nada.

Un último mensaje.

Mañana te llamo.

O nos vemos.

Lo que tú prefieras.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

Esta vez conseguí mantenerlo allí... casi dos minutos.