23.Sin seguir la receta
-Lucas
Estábamos en la cafetería después de la reunión.
Cada uno empezaba a hacer planes.
—¿Nos vemos luego para jugar al pádel?
—Yo tengo que ir a casa de mis padres.
—Nosotros iremos un rato al parque.
Mientras tanto...
Busqué a Xana con la mirada.
Me acerqué a ella.
—¿Nos vamos?
Ella asiente.
Caminamos hacia la salida.
Y entonces...
—¡Eh!
Nos giramos. Conocemos bien esa voz.
Diego.
Con un café en la mano.
Sonriendo como quien acaba de resolver un caso policial.
—Qué raro...
Frunció el ceño exageradamente.
—Juraría que hace cinco minutos había dos personas aquí.
Y ahora...
¡puf!
Han desaparecido.
Xana intentó mantener la compostura.
—Nos íbamos ya.
—Sí, sí...
Eso dicen todos los que se fugan.
Suspiré.
— Diego... —No te preocupes. No voy a deteneros.
Hace una pausa dramática.
—Solo necesito saber una cosa.
Prestamos atención
—¿Quién cocina?
Silencio.
Xana levanta la mano.
—Yo.
Diego asiente satisfecho.
—Perfecto.
Entonces sobrevivirá.
Me hago el ofendido.
—Gracias por la confianza.
—¿Vas a cocinar tú? Me replica
—Pensaba ayudar.
Diego se gira hacia Barb que se ha acercado a nosotros.
—Tenemos que empezar a orar. Barb se ríe.
—¿Por la comida?
—No. Por la cocina.
Las carcajadas estallan.
Niego con la cabeza.
—Adiós.
—Sí, sí...
Marchaos.
Pero, por favor...
no queméis la casa.
-Xana
Esperaba encontrar el típico piso de un informático soltero.
Cables.
Cajas.
Una silla ergonómica ocupando medio salón.
Me equivoqué por completo. Todo respiraba equilibrio.
Blancos, grises suaves y madera clara convivían con pequeños detalles negros que daban al apartamento un aire moderno sin resultar frío.
Había orden.
Pero no rigidez.
Libros.
Una guitarra apoyada junto al sofá.
Y una planta que, sorprendentemente, seguía viva.
Crucé la puerta despacio.
—Vaya...
No pude evitar decirlo en voz alta.
Lucas sonrió.
—¿Qué?
—Esperaba otra cosa.
Frunció el ceño con una sonrisa divertida.
—¿Me tengo que preocupar?
Negué despacio. —Un poco sí.
—¿Y qué esperabas exactamente?
Lo miré de arriba abajo con gesto pensativo.
—Muchos cables.
Tres pantallas.
Y una cafetera sobreviviendo a base de milagros.
Lucas soltó una carcajada.
—Pues siento decepcionarte.
Volví a mirar alrededor.
—No me has decepcionado.
Al contrario.
Se hizo un pequeño silencio.
—La verdad... esto se parece mucho más a ti.
-Lucas
Xana se quitó la chaqueta y la colgó en el perchero de la entrada.
Me agaché para descalzarme. Dejé las zapatillas en el zapatero.
Ella me observó un segundo.
Luego hizo exactamente lo mismo.
Fue un gesto diminuto.
Tan cotidiano...
que me desarmó.
Bajé la vista.
Sus zapatillas estaban ahora al lado de las mías.
No era nada.
Y, al mismo tiempo...
se sintió como si una parte de ella hubiera entrado en mi vida con una naturalidad que me resultaba imposible explicar.
Sonreí para mis adentros.
Su voz me sacó de mis pensamientos.
—A ver...
¿qué escondes en esa cocina?
Me giré. —La verdad...
tenía un plan.
—Eso suena peligroso.
—He comprado todo para hacer una lasaña.
Sus ojos se iluminaron.
—¿En serio?
Asentí.
—Y esperaba que, cuando termináramos de comer...
hiciéramos galletas.
Levantó una ceja.
—¿Tú haces galletas?
Negué.
—Yo pongo la intención.
Y la receta.
Le he pedido la mejor receta de galletas esponjosas a ChatGPT.
Ese buen amigo nunca falla. Se echó a reír.
—¿Así que somos tres cocinando?
—Si sale mal...
ya sabemos a quién echarle la culpa.
Negó divertida mientras se recogía el pelo en una coleta alta.
—Manos a la obra.
Entró en la cocina como si llevara años haciéndolo.
Se lavó las manos.
Miró alrededor.
Abrió un cajón.
Luego otro.
Encontró el cuchillo a la segunda.
Sonreí.
Parecía sentirse cómoda.
Más de lo que esperaba para ser la primera vez que entraba en mi casa.
—Dime que al menos sabes hacer una lasaña. Ella levantó la cabeza con expresión de falsa indignación.
—Ni hablar.
Esa receta es patrimonio familiar.
La receta de la yaya.
Está grabada a fuego en mi corazón.
Me señaló una tabla de cortar.
—Tú empieza con las cebollas.
Yo me encargo del resto.
Durante los siguientes minutos fuimos moviéndonos por la cocina casi sin estorbarnos.
Ella picaba.
Yo acercaba ingredientes.
Abría cajones.
Sacaba cazuelas.
Era extraño.
Porque parecía que ya conocíamos el ritmo del otro.
Y eso...
era nuevo para los dos. Pasados unos minutos me di cuenta de algo.
Cada vez que terminaba de usar un utensilio...
lo fregaba.
Cada vez que abría un bote...
lo devolvía a su sitio.
La observé unos segundos.
—¿Siempre limpias mientras cocinas?
Me miró como si la pregunta fuera rarísima.
—Claro.
¿Tú no?
Sonreí.
—También.
Suspiró con alivio.
—Menos mal.
No sabes la tranquilidad que me da sentarme a comer y ver la cocina recogida.
Asentí. —Además...
cuando llegue la hora de las galletas...
ya tendremos todo preparado.
Sus ojos brillaron.
—Exactamente.
Y, por alguna razón...
aquella conversación sobre fregar cacharros me hizo sonreír más de lo razonable.
Comimos.
Y el tiempo empezó a pasar demasiado deprisa.
No hubo silencios incómodos.
Solo esos pequeños momentos en los que uno terminaba una historia...
y el otro ya estaba empezando la siguiente.
Hablamos de nuestra infancia.
De lugares donde los dos habíamos estado.
Campamentos.
Conciertos. Parques.
Hasta descubrimos que, con quince años, los dos habíamos ido al mismo mercadillo navideño.
Nunca nos habíamos cruzado.
O quizá sí.
Me habló de los sueños que tenía para hacer crecer la clínica.
Yo le conté el proyecto de la escuela de música que llevaba meses dándome vueltas en la cabeza.
Nos reímos.
Discutimos amistosamente sobre si la piña debía existir o no en una pizza.
Y, sin darnos cuenta...
habían pasado más de dos horas.
Las galletas fueron otro asunto.
Seguimos la receta.
O eso creíamos.
Porque, cuando terminamos...
la bandeja parecía no acabarse nunca. Miré la montaña de galletas.
Luego la miré a ella.
—Creo que hemos cometido un pequeño error de cálculo.
Ella empezó a contar.
—Uno...
dos...
tres...
Se quedó callada.
—Lucas...
—¿Sí?
—¿Cuántas personas pensabas alimentar?
No pude evitar reírme.
—ChatGPT dijo que salían unas treinta.
Ella levantó una galleta.
—Pues creo que ha contado mal...
o nosotros hemos interpretado las cantidades con demasiada ilusión.
Las dos cosas parecían bastante posibles. Volvió a mirar la bandeja.
—Será mejor preparar bolsitas para regalar.
Negué divertido.
—Como nos las comamos nosotros...
el lunes ingresamos directamente con una hiperglucemia.
Ella soltó una carcajada.
—De momento...
café y galletas.
Eso sí entra dentro de lo razonable.
Asentí.
Aunque, en realidad...
llevaba un rato pensando en otra cosa.
La miré.
—Tengo otra idea.
Levantó la vista.
—¿Sí?
Sonreí. —Es algo que llevo días queriendo hacer.
Contigo.
Vi cómo su expresión cambiaba.
Dejó lentamente la taza sobre la mesa.
Esperó.
Hice una pausa teatral.
—Una partida de Monopoly.
Parpadeó.
—¿Perdón?
Me levanté riendo.
—Tengo una edición de Juego de Tronos.
La vi reaccionar inmediatamente.
—¡Me pido el lobo huargo!
Negué muy serio.
—Tranquila, Xana Stark.
No pienso pelear por él.
Ella cruzó los brazos. —Más te vale.
Saqué la caja del armario.
La coloqué sobre la mesa.
—Porque estás ante...
Lucas Targaryen.
Creador de código.
Domador de instrumentos.
Rey legítimo del Monopoly.
Ella abrió mucho los ojos.
Luego sonrió con esa expresión que ya empezaba a conocer.
—Qué humilde eres.
—Es una de mis mayores virtudes.
-Xana
Abrí la caja.
Empecé a repartir el dinero.
Le lancé una mirada. —Una cosa.
—Dime.
—Ni se te ocurra dejarme ganar.
Él levantó la vista del tablero.
Sonrió.
—No pensaba hacerlo.
Hice una mueca satisfecha.
—Perfecto.
Porque pienso arruinarte.
Él empezó a repartir las tarjetas.
—Eso habrá que verlo.
Y, por primera vez en mucho tiempo...
me descubrí deseando perder la noción del tiempo.
Solo por quedarme un rato más.
-Lucas
—No sé si me gusta descubrir lo competitiva que eres. Lo dije con un fingido tono de preocupación.
Xana levantó la vista del tablero.
Una sonrisa peligrosa apareció en su rostro.
— Pues prepárate.
Todavía no has visto nada. Alargó la mano.
—Págame.
Has caído en mi propiedad.
Miré la tarjeta.
Luego a ella.
—Podemos negociar.
Negó sin dudar.
—No.
—Te pago el doble de lo que vale.
—No.
—El triple.
Apoyó los codos sobre la mesa.
—Lucas...
No pienso venderte Desembarco del Rey. Suspiré exageradamente.
—Es por el bien común.
Ella sonrió con toda la tranquilidad del mundo.
—Mi bien común... consiste en verte hipotecar Invernalia.
No pude contener la risa.
—Eso no parece muy cristiano por tu parte.
Se llevó una mano al pecho, fingiendo ofenderse.
—Estoy practicando misericordia. Todavía no te he puesto hoteles.
Solté una carcajada.
—Qué alivio.
Creía que ibas a ser despiadada.
—Espera cinco minutos. Todavía queda partida.
—No sabía que fueras tan despiadada.
Ella encogió un hombro.
—Las Stark sobrevivimos como podemos.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Cuáles? —Que ya empiece a preocuparme por mis finanzas.
-Xana
La partida terminó exactamente como debía.
Yo gané.
Lucas insistía en que había sido gracias a la suerte.
Yo sostenía que era puro talento.
Él seguía sin reconocer la derrota.
—Has hecho trampas.
—No puedes demostrarlo.
—Porque has destruido las pruebas.
—Exactamente.
Nos reímos.
Comenzamos a guardar el tablero.
Él recogía las calles.
Yo ordenaba el dinero por montones.
El salón quedó en silencio. No un silencio incómodo.
Uno tranquilo.
De esos que no piden conversación.
Levanté la vista.
Él también.
Nuestros ojos se encontraron.
Y, por alguna razón...
ninguno de los dos volvió a mirar el Monopoly.
No sabría decir cuánto tiempo pasó.
Solo recuerdo que el corazón empezó a latirme tan fuerte que me pregunté si él podría escucharlo.
Lucas dio un paso.
Pequeño.
Sin invadir mi espacio.
Solo un poco más cerca.
Yo no retrocedí.
Al contrario. Sentí que también quería acortar aquella distancia.
Levantó despacio una mano.
Por un instante pensé que iba a tocarme la cara.
Pero solo apartó con infinita delicadeza un mechón de cabello que había caído sobre mis ojos.
Su mano volvió a bajar.
Seguía sonriendo.
De esa forma tranquila que siempre conseguía desarmarme.
—¿Qué? —pregunté casi en un susurro.
Negó despacio.
— Nada.
Solo...
me gusta mirarte.
Sentí que el aire se escapaba de mis pulmones.
No era una frase espectacular.
Precisamente por eso me llegó tan hondo.
Porque sonaba completamente sincera.
Pensé en el mirador. En el concierto.
En la cocina.
En sus padres.
En todas las conversaciones.
En todas las veces que me había hecho sentir segura.
Y comprendí que llevaba semanas dejando de tener miedo...
sin darme cuenta.
Apoyé una mano sobre su pecho.
Sentí su respiración acelerada bajo mis dedos.
Él no se movió.
Como si quisiera asegurarse de que cada decisión fuera mía.
Sonreí.
Me puse un poco de puntillas.
Y besé sus labios.
Fue un beso breve.
Tan breve que casi podría haber pensado que lo había imaginado.
Cuando me separé apenas unos centímetros...
seguíamos muy cerca.
Lucas me miraba como si acabara de olvidarse de respirar.
—Creo... —dijo finalmente.
Tragó saliva.
—...que esto ya no cuenta como saludo.
No pude contener la risa.
Negué con la cabeza.
—No.
Creo que tampoco.
Él empezó a reír conmigo.
Y justo en ese momento...
al intentar cerrar la caja del Monopoly, golpeó el borde de la mesa.
Las fichas salieron disparadas.
Hoteles.
Casas. Billetes.
Todo acabó esparcido por el suelo.
Los dos nos quedamos inmóviles un segundo.
Nos miramos.
Y estallamos en carcajadas.
—Eres un desastre... —dije entre risas.
—Llevo intentándolo toda la tarde...
pero necesitaba hacer honor a mi reputación.
Nos agachamos al mismo tiempo para recoger las fichas.
Nuestras manos llegaron a la misma casita verde.
Los dos la sujetamos a la vez.
Nos volvimos a mirar.
Esta vez ninguno apartó la vista.
Y pensé que, si alguien me hubiera dicho unos meses atrás que un beso podía terminar recogiendo fichas de Monopoly del suelo...
jamás lo habría creído.
Y, sin embargo... no habría querido que ocurriera de ninguna otra manera.