22.Buenas costumbres
—Xana—
Salimos de la habitación despacio.
Lucas cerró la puerta tras nosotros.
—Gracias por quedarte un poco más.
Lo miré.
—Quería enseñarte dónde crecí. Algunas cosas de esa época.
Sonreí.
—Gracias por enseñármelos.
No sabía por qué...
pero sentía que acababa de conocer una parte de él que no aparecía en ninguna conversación.
Llegamos a la entrada.
Sus padres ya estaban despidiéndose de los últimos invitados.
—Nos vemos el domingo —dijo su padre estrechándome la mano.
—Hasta el domingo.
Su madre me abrazó con ese cariño espontáneo que parecía formar parte de ella.
Antes de soltarme, susurró muy bajito, solo para mí:
—Hacía mucho tiempo que no veía a Lucas sonreír tanto.
Levantó la vista y sonrió.
—Gracias por eso.
No supe qué responder.
Solo le devolví el abrazo.
Pero sentí cómo una calidez inesperada se instalaba en mi pecho.
Lucas me acompañó hasta el coche.
Como siempre, se adelantó unos pasos.
Abrió la puerta del copiloto.
Lo miré divertida.
—Sabes que no tienes por qué hacer eso.
Se encogió de hombros.
—Lo sé. Hizo una pequeña pausa.
—Pero quiero hacerlo.
Sonreí.
—Eres consciente de que vas a malacostumbrarme, ¿verdad?
Él apoyó un brazo sobre el marco de la puerta.
—Ese era un riesgo que estaba dispuesto a asumir.
Me reí.
—Ah, ¿sí?
Se inclinó apenas unos centímetros hacia mí.
—Y, si sigues protestando...
te pongo también el cinturón.
Abrí mucho los ojos.
—No te atreverías.
Una sonrisa traviesa apareció en su rostro.
—No me tientes.
Los dos terminamos riéndonos. El camino de vuelta transcurrió casi en silencio.
Pero no era un silencio incómodo.
Era uno de esos silencios que solo aparecen cuando ya no hace falta llenar cada minuto con palabras.
Lo observé de reojo.
Concentrado en la carretera.
Una mano sobre el volante.
La otra descansando relajadamente sobre la palanca de cambios.
Y, sin buscarlo...
fui consciente de algo.
Aquel hombre empezaba a ocupar un lugar demasiado importante en mi corazón.
Sin apartar la vista de la carretera, habló.
—Cincuenta euros por tus pensamientos.
Sonreí.
—Vas a tener que seguir ahorrando.
Mis pensamientos valen una fortuna.
Él soltó una risa suave. —Cada día suben más de precio.
—Oferta y demanda.
Los dos volvimos a reír.
Cuando ya estábamos cerca de mi casa, habló otra vez.
Esta vez con un tono diferente.
Más bajo.
Un poco inseguro.
—¿Te apetece venir mañana a comer?
Lo miré.
—¿A casa de tus padres?
Negó rápidamente.
—No.
A mi casa.
Hizo una pequeña pausa.
—He pensado que...
después de la iglesia...
igual nos vendría bien alejarnos un poco de tantos eventos. Solo nosotros.
Compartir un rato tranquilo.
La idea me hizo sonreír.
—Con una condición.
Él arqueó una ceja.
—¿Cuál?
—Que cocinemos juntos.
Me miró unos segundos.
Después sonrió de esa forma tan suya. —Trato hecho.