21.Quédate un poco más…
-Xana
Poco a poco la casa fue quedándose en silencio.
Los abrazos comenzaron a sustituir las conversaciones.
Las despedidas.
Las promesas de volver a verse el domingo siguiente.
Barb y Julio ya tenían las llaves del coche en la mano.
Me despedí de los padres de Lucas.
Le di un abrazo a su madre.
Su padre me estrechó la mano con una sonrisa.
—Ha sido un placer conocerte, Xana.
—El placer ha sido mío. Gracias por invitarme.
Me giré para marcharme.
Entonces sentí un roce muy suave en mi mano.
Bajé la vista.
Lucas había atrapado mi meñique con el suyo. Ni siquiera me estaba sujetando.
Solo...
lo había enlazado con el suyo.
Levanté la vista.
Él sonreía con esa mezcla de calma y timidez que empezaba a conocer tan bien.
—Quédate un poco más.
Lo dijo casi en voz baja.
—Luego te llevo a casa.
No sé si fue el gesto.
Su mirada.
O la forma tan sencilla en la que lo pidió.
Pero no tuve que pensarlo.
Sonreí.
—Vale.
Él soltó despacio mi mano.
Como si quisiera asegurarse de que aquella respuesta era suficiente.
Me acerqué a Barb.
—Me quedo un rato más.
Ella me miró.
Después miró a Lucas.
Y volvió a mirarme a mí.
Una sonrisa traviesa apareció en su rostro.
—Claro...
Un rato.
Conozco ese "ratito".
Le di un pequeño codazo en el brazo.
—Barb...
—¿Qué?
Yo no he dicho nada.
Julio negó con la cabeza mientras abría la puerta del coche.
—Déjala en paz.
Ya sabe volver sola.
—Precisamente por eso ya no vuelve sola —susurró Barb, lo bastante alto para que solo yo pudiera oírla. Noté cómo el calor me subía a las mejillas.
—Adiós.
Subí la cremallera de la chaqueta fingiendo que estaba muy ocupada.
Escuché la risa de Barb mientras se alejaban.
Lucas seguía allí.
Esperándome.
-Lucas
—Entremos.
Sonrió con un punto de nerviosismo.
—Quiero enseñarte una cosa.
Pero prométeme que no te vas a reír de mí.
Xana levantó una ceja.
—Haré mi mejor esfuerzo.
Aunque con esa introducción me lo estás poniendo bastante difícil.
No pude evitar reír. La conduje por el pasillo hasta la habitación donde había dormido toda mi adolescencia.
No había cambiado demasiado.
La misma estantería.
La misma mesa de estudio.
La guitarra apoyada en el mismo rincón.
Y algunas fotografías que mi madre se negaba a quitar.
Xana entró despacio.
Mirándolo todo.
Como quien intenta conocer una historia a través de los objetos.
Se detuvo delante de una fotografía.
Me señaló.
—Un momento...
¿Ese eres tú?
Miré la foto.
Solté un suspiro resignado.
—Sí. —¿De verdad tuviste el pelo largo?
Negué con la cabeza.
—Sabía que esto iba a pasar.
Ella se giró hacia mí intentando contener la risa.
—Prometí hacer mi mejor esfuerzo.
Nunca dije que fuera fácil.
Me acerqué a la fotografía.
—Era la época rebelde.
—¿Rebelde?
Te pareces al guitarrista de una banda de rock cristiano.
—Más o menos era esa la idea.
Ella volvió a mirar la foto.
Después me miró a mí.
—Músico.
Cabello largo.
Y bastante guapo...
Hizo una pausa. —Justo el tipo de chico del que habría salido corriendo hace unos años.
No pude evitar sonreír.
—Entonces me quedo con una parte de esa frase.
Ella cruzó los brazos.
—¿Cuál?
—La de "bastante guapo".
Rodó los ojos con una sonrisa.
—Que no se te suba a la cabeza.
—Haré mi mejor esfuerzo.
Los dos reímos.
Abrí el armario.
Saqué una caja de cartón llena de álbumes.
—Mi madre los guarda todos.
Nos sentamos en el suelo.
Ella abrió el primero.
Fotografías de cuando era un bebé.
Mi bautismo. Excursiones de jóvenes.
Campamentos.
Conciertos.
Viajes misioneros.
Cada poco se detenía para preguntarme algo.
Y, sin darme cuenta...
acabé contándole historias que llevaba años sin recordar.
Hasta que pasó una página.
Se quedó completamente quieta.
Fruncí el ceño.
—¿Qué pasa?
Giró el álbum hacia mí.
Era una fotografía mía con dos o tres años.
Disfrazado de Buzz Lightyear.
Con los brazos en alto.
Y una sonrisa tan enorme que casi no se me veían los ojos.
Me llevé una mano a la frente. —Mi madre tenía la costumbre de inmortalizar todas mis humillaciones.
Xana empezó a reír.
No de la foto.
De mi cara al verla.
—No te rías...
Le advertí.
Ella negó rápidamente.
—No me estoy riendo.
Se llevó una mano al pecho.
—Bueno...
Un poco sí.
Pero porque eres adorable.
Volvió a mirar la foto.
Y sonrió con una ternura que me desarmó.
—Aquí sí que eres lo más guapo que he visto en mi vida.
Noté cómo me ardían las orejas. —Tenías que escoger precisamente una foto de cuando medía ochenta centímetros.
Ella cerró despacio el álbum.
—No.
Tenía que escoger una en la que ya se notaba quién ibas a ser.
Me quedé mirándola unos segundos.
No estaba hablando del disfraz.
Ni siquiera de la fotografía.
Estaba hablando de mí.
Y, por primera vez en mucho tiempo...
Sentí que alguien miraba mi historia con el mismo cariño con el que miraba mi presente.