20.Una comida informal, una revelación formal
Había escogido los postres con más cuidado del que estaba dispuesta a reconocer.
Técnicamente, solo íbamos a una comida.
Una comida informal.
Con los padres de Lucas.
Que sabían quién era.
Perfecto.
Nada por lo que ponerse nerviosa.
Absolutamente nada.
—¿Vas a bajar del coche? —preguntó Barb.
La miré.
—Estoy mentalizándome.
Lucas nos recibió en la puerta.
Saludó a Barb y a Julio.
Después me miró. Sonrió.
Creo que los dos entendimos lo mismo.
Prescindimos de los dos besos.
Mejor no tentar a nuestra coordinación.
Entremos…
Un bonito salón…
Muy acogedor.
—Acompáñame a la cocina quiero que conozcas a mi madre. Me dice Lucas
—Vale. El corazón me va a mil.
—Madre, te presento a Xana.
—Ayy Que gusto conocerte. ¿Qué traes ahí? Lucas… ¿Le has dicho que es mi pastelería favorita?
—Soy inocente. Solo que también es la suya.
—¿Cómo no me lo dijiste? Hemos parado allí varias veces…
—Tal vez no quería arruinarte el lugar por si luego se llevaban mal. Una voz masculina, interrumpe.
— ¿Por qué tendríamos que llevarnos mal? Si yo soy encantadora. Dice la madre de Lucas a aquel hombre, con un gesto de falsa ofensa.
—Xana, este es mi padre.
—Le extiendo la mano. Un placer conocerlos. Lucas habla mucho de vosotros…
Su madre se acerca y le despeina.
Su padre le mira con orgullo.
Lucas sonríe.
— Ahora venga la comida no se sirve sola. ´ Porque no llevas esas bandejas fuera cariño. Le dice mirando a Lucas.
—¿Y yo en qué puedo ayudar? Le pregunto
—Tu ven conmigo, ayúdame con la ensalada.
Veo a la madre coger una torre de platos
Cuando me acerco a ayudarla, el padre de Lucas ya está allí para quitárselos de las manos.
Ella continúa sacando los cubiertos.
Me pongo con la ensalada.
Pensando en ese gesto.
—Lucas me contó que tienes una clínica.
—Sí. Me costó muchos años conseguirla. La madre sonríe.
—Él habla de ello con mucha admiración.
Xana levanta la vista.
—¿De la clínica?
La madre sonríe todavía más.
—De ti.
No puedo evitar sonrojarme.
Abre la puerta de la encimera.
Me pasa otra ensaladera.
Bajé la mirada hacia la ensalada.
De repente cortar tomates requería toda mi concentración.
El padre de Lucas vuelve y cierra la puerta.
Justo a tiempo para evitar que la madre se golpeara la cabeza con la puerta que ha dejado abierta.
Me llevo las manos a la boca.
Estuvo muy cerca.
Él me sonríe. —Por eso no me gusta dejarla sola.
—¿Qué pasó? Pregunta, inocente de lo que acaba de ocurrir.
—Amor, puedes ver si dejé mis gafas en la habitación. No las encuentro.
Él la mira.
Sonríe.
—En tu cabeza.
Ella se toca.
Las encuentra.
Se ríe.
—Treinta y dos años casados.
¿Qué haría yo sin ti? Dice ella sonriente.
—Lo mismo, pero sin tanta diversión.
Vamos juntándonos todos a la mesa.
El padre de Lucas hace una breve oración de agradecimiento por los alimentos.
Los veo bromear.
El ambiente es agradable. No puedo apartar la mirada de la interacción de sus padres.
Para el postre el padre aparece con dos tazas de café.
Uno para su mujer.
Ella le agradece
Lo prueba.
Tiene demasiada azúcar, le dice.
Le ofrece la otra taza.
Por eso vengo preparado.
Le besó la cabeza.
Lucas me saca de mis pensamientos.
—¿Qué miras?
Tardé unos segundos en responder.
—A tus padres.
Silencio.
No podía dejar de observarlos.
La madre de Lucas volvió a limpiarle una pequeña mancha de salsa de la camisa.
Él apartó la cabeza.
—Ya está, mujer...
— No.
Todavía queda un poco. Siempre te manchas, y luego todas las camisas están estropeadas.
—Seguro que no es tan grave.
Ella insistió.
Él terminó rindiéndose con una sonrisa.
Los dos rieron.
No pude evitar sonreír también.
Lucas siguió mi mirada.
Esperó.
—¿Qué pasa?
Negué despacio.
—Se siguen gustando.
Frunció ligeramente el ceño.
—Sí.
Sonreí. —No me refiero a eso.
Me volví otra vez hacia ellos.
—Se nota que disfrutan estando juntos.
Lucas guardó silencio unos segundos.
Después sonrió.
—También discuten.
Y tienen días malos.
Mi madre deja puertas abiertas.
Mi padre pierde las llaves del coche una vez por semana.
Ella pone demasiado azúcar en el café.
Él siempre dice que no.
Y al día siguiente vuelve a hacerlo.
Solté una risa.
—No intentan parecer perfectos.
—Porque no lo son.
Simplemente...
se quieren mucho. Aquella frase se quedó dando vueltas en mi cabeza.
Y, de pronto, pensé en Lucas.
En el pan junto a mi plato.
En la chaqueta sobre mis hombros.
En aquella costumbre suya de preguntarme cada mañana si había descansado.
Quizá empezaba a entender de dónde había aprendido a cuidar así.
Un poco después, en la cocina
La madre de Lucas estaba guardando algunos platos.
Me acerqué.
—¿Puedo ayudarte?
—Claro.
Mientras colocábamos los recipientes en la encimera, me armé de valor.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Me miró con una sonrisa tranquila.
—Por supuesto. Bajé la vista unos segundos.
—¿Cuál es el secreto?
Ella dejó el plato que tenía en las manos.
Pensó un momento antes de responder.
—¿El secreto?
Ella se quedó pensando.
—No sé si tenemos uno.
Miró hacia el jardín, donde estaba su marido.
— Nos hemos enfadado. Hemos dicho cosas que después hemos tenido que retirar. Hemos pasado épocas en las que estar casados no se parecía demasiado a las películas.
Sonrió.
—Pero aprendimos a volver.
—¿A volver?
—El uno al otro.
Aquella respuesta me desarmó.
Ella continuó hablando mientras secaba otro plato.
Como quien recuerda una vida entera. —Creo que eso es lo que cambia con los años. Al principio piensas que amas porque sientes algo
extraordinario.
Después descubres que también amas cuando eliges cuidar algo
incluso en los días que no tienen nada de extraordinario.
Sentí un nudo en la garganta.
Porque, por primera vez en mi vida...
alguien hablaba del matrimonio sin venderme un cuento de hadas.
Pero tampoco como una condena.
Lo describía...
como un lugar donde dos personas decidían seguir caminando juntas.
Y descubrí que aquella idea...
lejos de asustarme...
me parecía profundamente hermosa.
La madre llamó desde la cocina:
—¡Cariño!
El padre responde desde el jardín: —¿Sí?
—¿Puedes venir un momento?
Él apareció en la puerta.
—¿Qué pasa?
Ella lo miró unos segundos.
—Nada. Se me había olvidado dónde estabas.
Él soltó una risa.
—Treinta y dos años y todavía me pierdes por casa.
—Pero siempre apareces.
—Eso sí. Le besó la frente antes de volver al jardín.