Jamás y nunca... Hasta mí 18.Decisiones
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18.Decisiones

-Xana

El domingo, después de la reunión, Julio decidió improvisar una barbacoa en casa.

Esta vez éramos pocos.

El jardín tenía ese ambiente tranquilo de las sobremesas que no tienen prisa por terminar.

Maia se acercó con una sonrisa y me dio un abrazo.

—Te veo distinta.

Fruncí el ceño.

—¿Distinta cómo?

—Más ligera.

Más sonriente.

Hay algo en tu cara que ha cambiado desde que te conocí.

Y me gusta.

Sonreí sin saber muy bien qué responder.

—Es raro... Sigo siendo yo.

Pero, al mismo tiempo...

siento que ya no soy exactamente la misma.

Maia asintió despacio.

—Nos pasa a todos.

Seguí la dirección de su mirada.

Julio estaba frente a la barbacoa.

Lucas lo ayudaba a servir la carne.

Me acerqué casi sin pensarlo.

—¿Necesitáis ayuda?

Julio levantó la vista.

—Llegas justo a tiempo.

Te nombro ayudante oficial.

Cogí un montón de platos de la mesa.

Lucas dejó uno frente a mí.

Nuestras manos se rozaron apenas un instante.

Él sonrió. Yo también.

No hizo falta decir nada.

Él servía.

Yo repartía.

Después volvía por otro plato.

Y otro.

Y otro.

Hasta que, sin saber muy bien cuándo había ocurrido, empezamos a movernos alrededor del otro con una naturalidad extraña para dos personas que apenas llevaban unas semanas conociéndose.

En un momento, al pasar junto a él, apoyé distraídamente la cabeza sobre su hombro apenas un segundo.

Un gesto tan breve que casi pasó desapercibido.

Los dos continuamos repartiendo la comida como si nada hubiera pasado.

Pero los dos sonreíamos.

A unos metros, Barb levantó la vista.

Después miró a Julio.

No hizo falta decir una palabra. Él entendió exactamente lo mismo.

Los dos sonrieron.

La tarde siguió su curso entre risas, conversaciones cruzadas y el olor de la barbacoa.

Cuando ya empezaba a caer el sol, alguien pidió música.

Lucas cogió la guitarra.

Las primeras notas llenaron el jardín.

Era una canción que hablaba del amor.

Del amor de Dios.

Siempre había pensado que la fe y el romance caminaban por senderos distintos.

Como si uno tuviera que restarle espacio al otro. Pero allí, escuchándolo cantar, se me ocurrió algo que nunca había considerado.

Quizá no tenían por qué competir.

La tarde fue apagándose despacio.

Uno a uno fue despidiéndose.

Abrazos.

Promesas de volver a verse el domingo siguiente.

Ayudé a Barb a recoger los últimos platos y, cuando terminé, busqué las llaves del coche.

—¿Te acompaño? —escuché a mi lado.

Levanté la vista.

Lucas.

Asentí con una sonrisa.

—Claro.

Salimos del jardín caminando despacio.

Ninguno parecía tener demasiada prisa por llegar al aparcamiento.

El aire olía a hierba recién cortada.

Durante unos segundos caminamos en silencio.

Un silencio cómodo.

De esos que ya no pedían ser llenados con palabras.

—Me ha gustado hoy —dije al fin.

Él sonrió.

—A mí también.

—¿Sabes qué ha sido lo mejor?

Me miró de reojo. —¿Qué?

Pensé unos segundos.

—Que cada vez me siento menos como una invitada.

Vi cómo su sonrisa se ensanchaba apenas un poco.

—Me alegra escucharte decir eso.

Llegamos junto a mi coche.

Los dos nos detuvimos al mismo tiempo.

Ninguno parecía dispuesto a ser el primero en despedirse.

Lucas respiró hondo.

Luego hizo algo que me sorprendió.

Me tendió la mano.

No para saludar.

No para ayudarme.

Simplemente...

me la ofreció.

La miré un instante.

Después entrelacé mis dedos con los suyos. Su mano estaba cálida.

La mía, probablemente helada por los nervios.

Ninguno dijo nada.

No hacía falta.

Aquellos pocos segundos parecieron durar mucho más.

Hasta que él sonrió.

—Buenas noches, Xana.

Apreté muy suavemente su mano antes de soltarla.

—Buenas noches, Lucas.

Entré en el coche.

Esperé a que él llegara al suyo.

Y solo entonces arranqué.

Mientras conducía, levanté la mano derecha del volante.

Todavía podía sentir el calor de la suya.

Y, por primera vez desde que lo conocía...

comprendí que hay personas capaces de hacerte sentir cerca...

sin apenas rozarte.