16.Encuentros
-Xana
Ha llegado el sábado.
Me he apuntado a una actividad que llaman encuentro.
Estoy algo nerviosa.
Barb quiere venir a recogerme.
Dice que quiere hablar conmigo.
—Hola Aurora… me saluda Barb.
Y su referencia a la bella durmiente hace que sonría.
—Hola Barb… Te bajé café, es el cappuccino que te gusta.
—Quiero detalles.
Sabes que se dice que Lucas y Diego pospusieron los ensayos del viernes, de forma “inesperada”
Y lo que sentí al saber que vosotros os ibais a un concierto romántico…
Con canciones de Disney… —No era un concierto romántico…
—Di lo que quieras, si solo iba por interés musical, se hubiese llevado a Diego.
—Le gustas es obvio.
—Fuimos al concierto, fue precioso. Y luego dimos un paseo.
Quería omitir que lo lleve a mi mirador.
Barb conoce el lugar y lo que significa para mí.
No quería que pensara cosas que no eran.
—¿Y después?
Silencio.
Me miró.
—No me digas...
Abrí mucho los ojos.
—¿Qué?
—¿Se besaron?
Casi me atraganto con el café.
—¡¿Qué?! —Bueno...
tenía que preguntar.
—¡Claro que no!
Nos acabamos de conocer.
Barb me miró durante unos segundos.
Luego sonrió de lado.
—Entonces todavía no.
Le lancé una mirada asesina.
—No empieces.
Todo con él es...
diferente.
No sé cómo explicarlo.
Con él no siento prisa.
No siento que tenga que aparentar.
Ni impresionar.
Simplemente...
me gusta estar. Y eso era precisamente lo que me preocupaba.
Porque no quería que cambiara nada. .
—¿Qué te hace pensar que él no piensa lo mismo que tú?
-Lucas
Estábamos afinando antes del ensayo cuando Diego apareció por detrás.
Me dio un golpe con el hombro.
—A ver...
Lo miré.
—¿Qué?
Me olisqueó exageradamente.
—Hueles raro.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Hueles... a hombre feliz.
Me quedé mirándolo.
Él negó con la cabeza.
—Qué asco.
Solté una carcajada.
—Estás fatal.
—No.
Tú lo estás.
Llevas toda la mañana sonriendo solo.
Y todavía no ha empezado el encuentro.
Así que...
solo hay una explicación.
Bajó la voz dramáticamente.
—La fisioterapeuta.
Negué con la cabeza.
—No tienes arreglo.
—¿Fue bien el concierto? No pude evitar sonreír otra vez.
—Sí.
Muy bien.
Diego levantó los brazos.
—¡Lo sabía!
Miró al techo.
—Gracias, Señor.
Los Candlelight siguen funcionando.
Le di un golpecito con el mástil de la guitarra.
—Ni se te ocurra decir nada delante de ella.
Se llevó una mano al pecho.
—¿Yo?
Jamás.
Hizo una pausa.
—A menos que me sobornes con café.
Un silencio.
—En serio, Diego. No quiero asustarla.
Todavía está descubriendo muchas cosas.
No quiero que sienta presión.
La sonrisa desapareció un instante.
Asintió.
—Lo sé.
No te preocupes.
Hoy no voy a meter la pata.
Silencio.
Luego volvió a sonreír.
—Solo una pregunta.
Suspiré.
—¿Cuál?
—¿Te gusta?
Lo miré.
Sonreí.
—Mucho. Diego me dio un golpe en el hombro.
—Ya era hora de que lo dijeras sin tartamudear.
-Xana
El encuentro comenzó con un tiempo de alabanza.
Lucas hoy solo tocaba la guitarra.
No dirigía.
No cantaba.
Solo tocaba.
Aun así...
me encontró entre la multitud.
Sonrió.
Y yo le devolví la sonrisa.
Después aparté la vista.
Aquella reunión no era sobre nosotros.
Julio tomó el micrófono.
La música fue apagándose poco a poco. Cerré los ojos.
Por primera vez en mi vida...
oré de verdad.
No porque supiera hacerlo.
Ni porque alguien me hubiera enseñado.
"Dios..."
"Si de verdad estás ahí..."
"Hoy quiero escucharte."
"Aunque todavía tenga muchas dudas."
"Aunque no entienda casi nada."
"Aunque me dé miedo creer."
Y, por alguna razón...
sentí que aquella oración había llegado a algún sitio.
No sabía explicarlo.
Tampoco intenté hacerlo.
Hubo varias enseñanzas. No recuerdo cada palabra.
Pero hubo una frase que se quedó conmigo.
No tienes que llegar entera para acercarte a Dios.
Y aquella idea me incomodó más de lo que quería reconocer.
Después comenzaron las dinámicas personales.
Nos pidieron que escribiéramos.
Que pensáramos.
Que fuéramos sinceros.
Con nosotros mismos.
Con Dios.
Llevo varios minutos mirando el papel vacío.
Una de las mujeres que acompañaba nuestro grupo se acercó y se inclinó ligeramente hacia mí.
—No tienes que escribir algo bonito —me dijo en voz baja—. Solo algo verdadero.
Cogí el bolígrafo.
Lo sostuve durante varios minutos. Porque había pasado tantos años intentando parecer fuerte...
que ya no recordaba cómo sonaba mí propia vulnerabilidad.
Respiré hondo.
Y empecé.
"La infidelidad me rompió mucho más de lo que me gusta reconocer."
Las lágrimas comenzaron a caer antes de terminar la frase.
Seguí escribiendo.
"Echo de menos tener una familia que funcione."
"Me pesa volver a casa sola."
"Tengo miedo de terminar igual que mis padres."
Las palabras salían cada vez más deprisa.
Como si llevaran años esperando ese momento.
Doblé el papel.
Me apoyé hacia atrás.
Y me di cuenta de algo. No recordaba la última vez que había sido tan sincera.
Ni siquiera conmigo misma.
Era extraño.
Había llegado creyendo que necesitaba respuestas.
Y empezaba a descubrir que, quizá...
lo primero que necesitaba era consuelo.
Terminó la reunión.
Y, cuando salí de aquel salón...
me di cuenta de que algo había cambiado.
No sabía ponerle nombre.
Ni siquiera sabía explicarlo.
No era que, de repente, me sintiera cristiana.
Todavía tenía demasiadas preguntas.
Demasiadas dudas.
Pero había encontrado algo que llevaba mucho tiempo buscando sin saberlo.
Por primera vez en muchos años...
sentía que podía bajar la guardia. Como si ya no necesitara demostrar constantemente que era fuerte.
Respiré hondo.
Miré a mi alrededor.
Unos recogían las sillas.
Otros seguían hablando en pequeños grupos.
Barb se reía de algo al otro lado del salón.
Y yo seguía allí.
Sin ninguna prisa por marcharme.
Aquello era nuevo.
Al salir me crucé con Lucas.
Seguía con la guitarra colgada a la espalda.
Al verme, sonrió.
Esa sonrisa tranquila que empezaba a resultarme familiar.
—¿Qué tal ha ido?
Me quedé pensándolo unos segundos.
Había tantas cosas que contar... y, al mismo tiempo, ninguna palabra parecía suficiente.
Sonreí.
—Creo que bien.
Hice una pequeña pausa.
—Aprendí cosas que no sabía que necesitaba aprender.
Vi cómo su expresión se relajaba.
No preguntó cuáles.
No intentó sacar más información.
Solo sonrió.
Con esa alegría serena que parecía alegrarse de mis pasos sin necesidad de entenderlos todos.
—Me alegro mucho por ti.
Guardó unos segundos de silencio antes de añadir:
—¿Nos vemos luego en la cena de despedida?
Asentí.
—Claro.
Lo vi alejarse para ayudar a recoger algunas cosas.
Y me di cuenta de otro detalle. Hasta hacía apenas unas semanas, podría haber pensado que Lucas tenía mucho que ver con que siguiera volviendo.
Y quizá era verdad.
Al principio.
Me gustaba verlo.
Me gustaba hablar con él.
Me gustaba saber que podía encontrarlo allí. Pero ahora sabía que aquello era diferente.
Lucas podía ser una de las razones por las que había querido volver.
No era la razón por la que quería quedarme.
Todavía tenía preguntas.
Muchas.
Todavía quedaba camino por recorrer.
Pero, por primera vez en mucho tiempo... dejé de sentir que tenía que recorrerlo sola.