Jamás y nunca... Hasta mí 15.A la luz de las velas
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15.A la luz de las velas

-Xana

Ahora sí...

Ya no podía seguir engañándome.

Aquello era una cita.

El teatro quedó a oscuras.

Solo las velas iluminaban el escenario.

La orquesta comenzó a tocar los primeros acordes.

Disney.

No pude evitar sonreír.

Después llegó La Bella y la Bestia.

Luego Enredados.

Aladdín.

Cada melodía parecía abrir un recuerdo distinto.

Las historias con las que había crecido. Las mismas que, junto con Jane Austen, habían conseguido poner el listón del romance en un lugar completamente imposible.

Solté una pequeña risa entre dientes.

— Tenías razón... —murmuré sin apartar la vista del escenario.

Era precioso.

Mucho más de lo que había imaginado.

Y entonces comenzaron a sonar los primeros compases de Can You Feel the Love Tonight.

Noté un nudo inesperado en la garganta.

Antes de darme cuenta...

una lágrima resbaló por mi mejilla.

-Lucas

La vi limpiarse discretamente una lágrima.

Luego otra.

No sabía si estaba emocionada...

o si había sido un error traerla. No me atreví a preguntarle.

No quería romper aquel momento.

Pero algo dentro de mí, tan instintivo que ni siquiera supe explicarlo, solo repetía una cosa.

Abrázala.

Cuídala.

No la dejes llorar sola.

Me obligué a permanecer quieto.

Ella giró despacio la cabeza hacia mí.

Tenía los ojos brillantes.

Y una expresión tan dulce que, por un instante, me recordó a una princesa de esas películas que tanto le gustaban.

Sin pensarlo demasiado, levanté la mano.

Con la yema del pulgar recogí la lágrima que acababa de recorrer su mejilla.

Y en cuanto la toqué...

me quedé inmóvil.

No sabía si acababa de cruzar una línea que no debía.

Ella tampoco dijo nada. Solo sostuvo mi mirada unos segundos.

Y sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Sincera.

—Gracias...

Susurró.

Tragué saliva.

—No estaba muy seguro de que lo estuvieras disfrutando.

Negó despacio.

—Precisamente por eso.

Porque lo estoy disfrutando mucho.

Hizo una breve pausa.

—Creo que nadie había preparado algo tan bonito para mí.

Y, por primera vez en toda la noche...

fui yo quien tuvo que apartar la mirada para que ella no descubriera lo mucho que acababa de conmoverme.

-Xana—Gracias...

De verdad.

Me ha encantado.

Salimos del teatro caminando despacio, todavía envueltos por la música.

Él sonrió.

— Me alegro.

Cuando vi el cartel pensé en ti.

Compré las entradas antes de reunir el valor para invitarte.

Lo miré sorprendida.

—¿Las compraste sin saber si iba a aceptar?

Sonrió.

—Decidí asumir el riesgo.

Sentí un calor agradable en el pecho.

—Entonces ahora me siento en deuda contigo.

Negó con la cabeza.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

Déjame hacer algo por ti. Me observó unos segundos.

—¿Más masajes?

Lo señalé inmediatamente.

—Una palabra más y te retiro el alta.

Levantó las manos.

—Terapias. Perdón.

—Mucho mejor.

Sonreí.

—Ven.

Quiero enseñarte un sitio.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Tengo que preocuparme?

—Solo si le tienes miedo a las alturas.

Subimos en silencio.

La ciudad iba quedando cada vez más abajo.

Cuando llegamos al mirador, el viento nos recibió antes que las vistas.

El mar parecía abrazar toda la costa.

Las luces comenzaban a encenderse poco a poco.

Respiré profundamente.

Siempre olía igual.

A sal.

A hierba húmeda.

A libertad.

Sonreí.

—Este es mi lugar favorito de toda la ciudad.

Lucas no respondió enseguida.

Solo contempló el paisaje.

—Ahora entiendo por qué.

Negué despacio.

—No.

Todavía no lo entiendes.

Me apoyé sobre la barandilla.

—Cuando necesito pensar... vengo aquí.

Y cuando necesito dejar de hacerlo...

también.

Guardé silencio unos segundos.

—Aquí celebré cuando me aprobaron las licencias de la clínica.

Aquí vine cuando me recuperé después del atropello.

Aquí lloré cuando Germán me fue infiel.

Y aquí...

simplemente me siento cuando no sé qué hacer con mi vida.

Giré la cabeza hacia él.

Y, por primera vez desde que había llegado, me entró un poco de miedo.

No por el precipicio.

Sino por otra cosa.

Acababa de enseñarle el único lugar de la ciudad que siempre había sentido solo mío.

Y, por alguna razón... esperaba no arrepentirme de haberlo traído.

Lucas no respondió enseguida.

No intentó decirme que todo estaría bien.

No preguntó por Germán.

No llenó el silencio.

Simplemente se quedó a mi lado, mirando el mar.

Y, después de un rato, dijo:

—Gracias por traerme aquí.

Giré la cabeza hacia él.

—¿Por qué?

Sonrió apenas. —Por mostrarme un pedacito de ti.