14.Un buen motivo
-Xana
No soy una mujer que se arrepienta de las cosas.
O, al menos, eso me gusta pensar. Creo que jamás y nunca me casaré…
Entonces...
¿por qué seguía dándole vueltas a aquella conversación?
"Yo no creo en el matrimonio."
Había soltado aquella frase casi sin pensar.
Y él...
No intentó convencerme.
No discutió.
No buscó demostrar que yo estaba equivocada.
Simplemente...
siguió siendo él.
Seguro de lo que creía. Sin necesidad de imponerlo.
Eso me había descolocado más que cualquier discusión.
Suspiré.
Solo nos conocíamos desde hacía un mes.
Un mes.
Fruncí el ceño.
¿Ya había pasado un mes?
Sonreí para mis adentros.
En ese tiempo solo habíamos hablado...
Todos los días.
Durante las dos últimas semanas.
No debía de haberlo espantado demasiado.
Porque, si lo hubiera hecho...
no me escribiría cada noche para darme las buenas noches.
Ni cada mañana para preguntarme cómo iba el día.
Viernes.
Solo quedaban un par de pacientes para dar por terminada la semana.
Escuché voces en la recepción.
Salí…
—Tranquila, Mia. Yo me encargo.
Le sonreí a la chica de recepción mientras dejaba sobre el mostrador la historia clínica que estaba revisando.
—Perfecto, jefa.
Me giré hacia la puerta del gabinete.
Y, antes incluso de levantar la vista...
Lo reconocí.
No fue por su voz.
Fue por su perfume.
Era curioso.
Sin darme cuenta...
ya lo había memorizado.
Fresco.
Elegante.
Discreto. Como él.
Levanté la vista.
Allí estaba.
Apoyado con una mano en el marco de la puerta, con esa media sonrisa que empezaba a resultarme peligrosamente familiar.
—Buenos días, Señorita Fisioterapeuta.
No pude evitar devolverle la sonrisa.
—Sabía que acabarías cayendo.
Frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Todos los informáticos termináis aquí tarde o temprano. Entró riéndose.
—Ah, ¿sí?
—Sois muy predecibles.
Ocho horas delante de un ordenador...
contracturas aseguradas.
Levantó las manos en señal de rendición.
—La verdad... me has pillado.
Me crucé de brazos.
—¿Y cuál era el plan?
Se pasó una mano por la nuca.
—En realidad venía por dos cosas.
Levanté una ceja.
—Eso suena sospechoso.
—Una es invitarte a un Candlelight.
Me quedé mirándolo.
—¿Y la otra?
Se pasó una mano por la nuca.
—Mi espalda está intentando matarme desde hace dos semanas.
No respondí.
—No quería que pensaras que me estaba aprovechando de que nos conocemos.
Sentí una ternura inesperada.
Era exactamente el tipo de preocupación que esperaba de él.
Negué despacio.
—Me parece un trato justo.
Frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Concierto...
a cambio de terapia.
Sus ojos se iluminaron.
—¿Trato hecho?
Me reí.
—No tan rápido.
—No te atrevas a volver a llamarlo masaje.
Él levantó las manos.
—Perdón. Terapia.
—Mejor.
—Aunque sigue pareciendo un masaje muy caro.
Lo miré con fingida indignación. —Fuera de mi consulta.
Nos reímos…
Le hice señas para que entrara a mi consulta.
—Los fisioterapeutas vivimos una lucha constante contra esa palabra.
Él levantó las manos.
Mientras preparaba la sala, fui enumerando con los dedos.
—Valoración.
Movilidad.
Ejercicio.
Puede que TENS.
Quizá calor.
Y, si hace falta...
alguna técnica manual.
Me miró con expresión solemne.
—Suena bastante más serio de lo que imaginaba.
—Lo es.
Hice una pausa. Y añadí con una sonrisa.
—Prometo no romperte.
Él soltó una carcajada.
—Eso ya me tranquiliza.
Fue entonces cuando me di cuenta.
Ahora era yo la que empezaba a ponerse nerviosa.
—¿A qué hora es el concierto? Quizá me dé tiempo a valorarte y programamos las sesiones.
-Lucas
—¿Sesiones?
No pude evitar sonreír.
—¿Eso significa que tendré que venir más veces?
Ella asintió con absoluta naturalidad.
—Claro.
Las contracturas no suelen resolverse en un solo día.
Intenté que no se me notara demasiado la alegría. No lo conseguí.
Pensé que debería preocuparme por mi espalda.
En lugar de eso...
Lo único que podía pensar era que acababa de conseguir una excusa completamente legítima para volver a verla.
Y, por primera vez en varias semanas...
No había tenido que inventarla.
-Xana
Cerré la puerta de la consulta.
Le señalé la silla.
—Cuéntame qué te pasa.
Lucas se sentó.
— Llevo unas semanas con molestias entre los omóplatos. Pensé que era una contractura sin más, pero ya empieza a subir hacia el cuello.
Asentí mientras anotaba.
—¿Hormigueos?
—No. —¿Dolor de cabeza?
—Alguno.
—¿Pierdes fuerza en los brazos?
Negó.
Dejé el bolígrafo.
—Vale.
Vamos a explorar.
Se quedó inmóvil.
Yo también.
Los dos sabíamos cuál era el siguiente paso.
—Necesito que te quites la camisa.
Lo dije con la naturalidad con la que lo había dicho cientos de veces.
Él asintió.
Pero tardó un segundo más de lo normal.
Comenzó a desabotonarse la camisa.
Primero los botones de las mangas.
Luego el resto. La dejó cuidadosamente sobre la silla.
Me entretuve ordenando las hojas de la historia clínica.
No era necesario.
Ya estaban perfectamente alineadas.
—Voy a valorar primero la movilidad cervical y después la musculatura de la espalda.
Me coloqué detrás de él.
Había hecho aquello cientos de veces.
Cientos.
Y nunca había necesitado recordármelo.
Hasta ese momento.
Apoyé las manos a ambos lados de su cuello.
—Relaja los hombros.
—Estoy relajado.
—Lucas.
—Vale. Estoy intentando estar relajado.
No pude evitar sonreír. —Eso ya me lo creo más.
—Esto duele.
—Sí.
—¿Y aquí?
—También.
—¿Y aquí?
—Xana...
Creo que vas encontrando el sitio.
No pude evitar sonreír.
—Es que tienes un mapa completo de contracturas.
—¿Eso es grave?
—No.
Solo eres informático.
Apoyé los dedos sobre el trapecio.
Noté cómo contenía ligeramente la respiración.
—Creo que me vas a dar mucho trabajo… Voy a tener que hacerte un bono de sesiones.
Él levantó una ceja.
— ¿Incluye descuentos? —No.
Incluye deberes.
.
—Voy a ponerte TENS unos minutos. Te dejo tumbado y tranquilo mientras me preparo.
—No te duermas.
—No prometo nada.
-Lucas
Nunca me había costado tanto quitarme una camisa.
No porque me diera vergüenza.
Bueno...
Un poco sí.
Pero sobre todo porque ella estaba allí.
Esperando.
Observando.
Intenté parecer completamente normal.
No creo que lo consiguiera. Ella tampoco parecía especialmente tranquila.
Y, por alguna razón...
eso me tranquilizó a mí.
Me gustaba verla en su ambiente.
La seguridad con la que se movía.
La naturalidad con la que sabía exactamente qué hacer.
Yo, mientras tanto, estaba tumbado con unos parches eléctricos en la espalda intentando comportarme como una persona adulta.
El cansancio acumulado de toda la semana.
Cerré los ojos solo un momento.
...
Cuando los abrí...
Ella estaba frente a mí.
Sonriendo.
—¿Estás bien?
Voy a quitar los electrodos.
Ella empezó a despegar los electrodos. Con mucho cuidado.
—¿Molesta?
Negué.
—No.
Despegó el último.
Luego levantó la vista.
Y entonces pareció que los dos nos dábamos cuenta de lo mismo.
Estábamos demasiado cerca.
No de una forma escandalosa.
Solo... lo suficiente.
Sus ojos bajaron un instante.
Los míos probablemente hicieron exactamente lo mismo.
Sonó el teléfono de recepción.
Xana retrocedió.
Yo carraspeé.
—Creo que... ya hemos terminado.
Sonreí. —¿Seguro?
Levantó una ceja. —Con la espalda.