13.¿Amigos?
-Lucas
El camarero dejó los cafés sobre la mesa.
Di el primer sorbo.
Sonreí.
—El café es realmente bueno.
Levanté la vista hacia ella.
—Dos de dos.
Me miró sin entender.
—El mexicano y este sitio.
Has puesto el listón muy alto para... la siguiente cita.
En cuanto la palabra salió de mi boca, supe que era demasiado tarde para recuperarla.
Xana, que justo estaba bebiendo café, empezó a toser.
Mucho.
Demasiado.
— ¿Estás bien? Me levanté medio asustado y le di un par de suaves palmadas en la espalda.
Ella levantó una mano, todavía tosiendo.
—Sí...
Sí...
Cuando por fin recuperó el aliento, me miró con una sonrisa divertida.
—Entonces...
¿es una cita?
Abrí la boca.
La cerré.
Volví a abrirla.
—No...
Bueno...
Quiero decir...
No pretendía...
Me pasé una mano por la nuca.
—A menos que tú quieras llamarlo así. Porque...
la verdad...
creo que da un poco igual cómo lo llamemos.
Hubo un instante de silencio.
Ella sonrió.
Una sonrisa tranquila.
De esas que parecían llegar primero a los ojos.
—Eso me gusta.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿El qué?
—Que dé igual cómo lo llamemos.
Mientras estemos aquí.
Sentí cómo el corazón volvía a acelerar el ritmo.
Era increíble.
Ni siquiera hacía falta que coqueteara.
Le bastaba con sonreír. —Tengo que reconocer que eres buena compañía, Lucas Berdasco.
Parpadeé.
—Así que tú también sabes mi apellido.
Levantó una ceja con aire inocente.
—Tengo mis fuentes.
No pude evitar reír.
—Barb.
Ella negó con la cabeza.
—En su defensa...
esta vez es completamente inocente.
—Entonces...
¿Diego?
Soltó una carcajada.
—Tampoco.
Me señaló con un gesto de la cabeza.
—Sales en el cartel del encuentro del sábado.
Me llevé una mano a la frente. —Es verdad.
Había olvidado que este año me tocaba dirigir parte de la alabanza.
La miré de nuevo.
—¿Vas a venir?
Ella asintió despacio.
—Sí.
No sé muy bien qué esperar...
pero quiero ir.
Y, por alguna razón, aquella respuesta me hizo más ilusión de la que estaba dispuesto a reconocer.
— Empiezo a pensar que estás intentando distraerme para no hablar de ti. Para tu mala suerte, tengo muy buena memoria.
— No hay mucho que decir. Desde joven me ha gustado la tecnología. Y quería dedicarme a algo que me permitiera seguir teniendo tiempo para la música y la iglesia.
— ¿Y te gusta lo que escogiste? —La verdad es que sí. Aunque a veces es un poco solitario. No tengo compañeros con los que tomar un café a media mañana ni una oficina a la que ir.
Hice una pausa.
—Aunque tengo que reconocer que hay días que trabajo en pijama.
—¿De Iron Man?
—Qué bien me vas conociendo ya…
Reímos.
—¿Y de la iglesia? Allí pareces realmente en tu elemento.
La miré.
Así que se había fijado.
Intenté que aquello no me hiciera tanta ilusión.
Fracasé.
—Mis padres son pastores.
Ella asintió.
—Lo imaginaba.
—¿Tan evidente es?
—Un poco. Sonreí.
—Supongo que sí.
Guardé unos segundos de silencio.
—Con quince años estaba convencido de que me estaba perdiendo la vida.
—¿Y qué hiciste?
—Intenté vivirla.
Ella sonrió.
—¿Y?
—Descubrí que no era la vida que quería.
—Luego llegó mi segunda crisis.
—¿Otra?
—Las hermanas casamenteras.
Ella soltó una carcajada.
—¿Las qué?
— No exagero.
Cada domingo aparecía alguien diciendo: "Lucas, quiero presentarte a una chica."
Y, por la expresión de su cara, supe que aquella cabeza ya estaba trabajando a mil por hora.
— Y no me malinterpretes. No era que no quisiera conocer a nadie. Me gustan las chicas.
Me detuve.
—Bueno... no las chicas en general. Quiero decir...
Xana empezó a reír.
—Relájate. Ya te entendí.
Ella apoyó la mano sobre la mía.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Miré su mano.
Después sus ojos.
No sabía si mover la mía.
No sabía si dejarla allí.
No sabía absolutamente nada.
Solo tenía clara una cosa.
No quería que aquel instante terminara.
—Te entiendo. Mi familia hace lo mismo conmigo... Me miró con curiosidad.
—Pero ¿qué era exactamente lo que te molestaba de esa presión?
—Quiero casarme porque realmente ame a esa persona.
No porque parezca una buena combinación o porque todo el mundo piense que encajamos.
Quiero poder mirarla dentro de treinta años y seguir pensando que la elegí yo. Que la elegimos los dos.
—Crees en el matrimonio para toda la vida... —dijo.
No fue una pregunta.
Algo cambió en su expresión.
La sonrisa desapareció lentamente.
Un silencio.
— Creo que encontrar a alguien con quien quieras construir una vida es una de esas formas en las que puedes ver la bondad de Dios.
Bajé un instante la mirada.
—Y sí. También creo que debería ser para toda la vida.
Inspiró profundamente.
——Mis padres se divorciaron cuando era pequeña. No recuerdo haberlos visto felices juntos.
Así que...
¿cómo voy a creer en algo que nunca he visto funcionar?
No supe qué responder.
Tampoco sentí que era necesario hacerlo.
Solo dejé mi mano bajo la suya. Como si decir estoy aquí fuera suficiente por el momento.