Jamás y nunca... Hasta mí 11.Conmociones
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11.Conmociones

-Xana

La noche había caído casi sin darnos cuenta.

Las farolas dibujaban pequeños círculos de luz sobre la acera.

Ninguno de los dos parecía tener demasiada prisa por llegar al coche.

Caminábamos despacio.

Ridículamente despacio.

Como si alargar unos pasos más pudiera retrasar el momento de despedirnos.

—Gracias por la cena.

Él sonrió.

—Ha sido un placer.

Seguimos caminando.

Nuestros brazos se rozaron por accidente.

Ninguno se apartó demasiado.

Silencio. —La próxima...

Lucas giró la cabeza hacia mí.

Demasiado tarde para retirar lo dicho.

Carraspeé.

—Quiero decir...

si alguna vez volvemos a salir...

me tocará invitar a mí.

Lucas levantó una ceja.

—¿Ya estás dando por hecho que habrá una próxima?

Sentí cómo el calor me subía hasta las orejas.

—No pongas palabras en mi boca.

Él sonrió.

—No hace falta.

—Ahora te toca a ti.

—¿El qué?

—Contarme un secreto.

Lucas hizo una mueca. —No sé si debería.

—Sobreviví a ocho cirugías. Creo que puedo soportarlo.

—Eso es jugar sucio.

—¿Funciona?

—Un poco.

Sonreí.

—Entonces habla.

Se quedó pensativo.

—Te propongo un trato.

—No me gustan los contratos sin leer la letra pequeña.

—Otra comida.

Lo miré.

—Acabamos de cenar.

—Precisamente. Ya sabemos que funciona.

Se me escapó una sonrisa.

—Sigue.

—Otra comida y un paseo. Y podrás preguntarme lo que quieras.

—¿Cualquier cosa?

—Casi cualquier cosa.

—Eso no estaba en las condiciones.

—Es la letra pequeña.

Me reí.

Entonces extendió la mano.

—¿Trato?

Miré su mano.

Después a él.

—¿Me estás invitando a una cita?

Él guardó silencio un segundo.

—Depende.

—¿De qué?

Sonrió.

—De si tú la llamarías cita.

Fue entonces cuando me di cuenta.

Seguíamos dándonos la mano. Ninguno parecía dispuesto a retirarla.

Los dos sonreímos al mismo tiempo.

Y la soltamos casi con vergüenza.

—Me tengo que ir.

—Conduce con cuidado Xana Alonso.

El teléfono sonó cuando llevaba unos minutos conduciendo.

Barb.

Contesté con el manos libres.

—Hola.

—¿Estás sola?

—Sí.

Silencio.

—Entonces explícame por qué llevas horas desaparecida.

Sonreí.

—He estado cenando.

—¿Cenando?

—Sí. —Xana.

—¿Qué?

—¿Con quién?

Guardé silencio medio segundo de más.

—Con Lucas.

Otro silencio.

—Has tenido una cita.

—No ha sido una cita.

—Ah, ¿no?

—Ha sido una pizza.

—Claro. Y el Titanic era un paseo en barco.

—Barb...

—¿Qué tal?

Miré la carretera.

Y esta vez tardé un poco en responder.

—Bien.

—¿Bien? —Me he sentido muy cómoda.

—¿Cómoda? ¿Solo eso?

Sonreí.

—Me ha gustado mucho hablar con él.

—Ah.

—¿Qué significa «ah»?

—Nada. Ese «ah» me lo guardo para mañana.

Llego a casa.

Suena mi móvil.

-Lucas

Entré en casa.

Dejé las llaves.

Me senté en el sofá.

Cogí el móvil.

Lo desbloqueé.

Lo volví a bloquear. Lo dejé sobre la mesa.

Lo cogí otra vez.

—No seas ridículo...

Murmuré para mí mismo.

Es solo un mensaje.

Escribí.

"¿Has llegado bien?"

Lo borré.

Demasiado frío.

"Ha sido una noche muy agradable."

Lo borré.

Demasiado intenso.

Suspiré.

Escribí otra vez.

"¿Llegaste bien a casa?"

Lo miré durante casi un minuto.

Cerré los ojos. Y pulsé enviar.

En la pantalla apareció:

Mensaje enviado.

Sonreí.

Ahora solo quedaba esperar.

Y descubrí que esperar...

era bastante más difícil de lo que había imaginado.

-Xana

¿Has llegado bien a casa?

Sonreí sin darme cuenta.

Me dejé caer sobre la cama todavía con la chaqueta puesta.

Abrí el teclado.

He llegado bien. Gracias.

Fruncí el ceño.

Demasiado seco. Lo borré.

Escribí otra vez.

Gracias por preocuparte. Ya estoy en casa, preparándome para dormir.

Volví a leerlo.

Demasiada información.

También fuera.

Suspiré.

¿Por qué era tan difícil escribir un mensaje de cinco palabras?

Apoyé el móvil sobre la almohada.

Lo volví a coger.

Escribí otra vez.

Sí . Gracias por la cena. Ya estoy en casa

Lo releí tres veces.

No estaba mal.

Demasiado educado.

Muy correcto. Muy...

aburrido.

Lo borré otra vez.

Me dejé caer boca arriba.

—No puede ser tan complicado...

Murmuré al techo.

Volví a coger el móvil.

Escribí.

Esta vez no lo borré.

Lo releí una vez.

Dos.

Sentí que volvía a sonreír.

—Bueno...

Respiré hondo.

Pulsé Enviar.

El mensaje desapareció de la caja de texto y apareció sobre la pantalla.

Me quedé mirándolo. Ya estaba.

No podía recuperarlo.

Y, por alguna razón... tampoco quería hacerlo.