Jamás y nunca... Hasta mí 10.Una pizza no cuenta
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10.Una pizza no cuenta

Me apresuré a explicarme.

—Es lo mínimo que puedo hacer.

Has venido hasta aquí para traerme...

y, además, llevas media hora soportando todas mis preguntas.

Sonrió.

Esa sonrisa tranquila que empezaba a resultarme peligrosamente bonita.

-Xana

Su invitación me dejó completamente perpleja.

Durante unos segundos olvidé hasta cómo se respondía a una pregunta sencilla.

—¿A.… tu casa?

Nada más decirlo me di cuenta de cómo había sonado.

Él abrió los ojos con sorpresa.

—¿Qué? ¡No! Negó entre risas.

—Había pensado en un restaurante italiano que está aquí cerca.

Se pasó una mano por la nuca, visiblemente avergonzado.

—Bueno... tienen muchas opciones.

Y si no te gusta la comida italiana...

buscamos otro sitio.

Lo observé unos segundos.

Era increíble.

Aquel hombre podía dirigir un tiempo de alabanza delante de cientos de personas sin que le temblara la voz...

y una simple invitación a cenar conseguía ponerlo completamente nervioso.

No pude evitar sonreír.

—Espera un momento.

Frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

—No sé con qué clase de personas te rodeas... pero...

¿a quién no le gusta la comida italiana?

Su expresión cambió al instante.

—¿Entonces...?

—Lucas...

Donde haya una buena pizza...

un risotto...

o un plato de pasta...

allí me puedes llevar de cabeza.

Él soltó una carcajada.

—Menos mal.

Pensé que iba a tener que improvisar un plan B.

—¿Había plan B?

—No.

Sonreí.

—Eso explica por qué te has puesto tan blanco.

Él se echó a reír otra vez. —Estoy empezando a sospechar que disfrutas viéndome pasar vergüenza.

Me encogí de hombros con inocencia.

—Solo un poquito.

La puerta se abrió dejando escapar una mezcla de aromas que me hizo sonreír antes incluso de entrar.

Tomate.

Masa recién horneada.

Albahaca.

Orégano.

Y ese olor inconfundible del queso fundido que debería venderse como perfume.

El restaurante estaba iluminado con pequeñas lámparas de luz cálida.

Mucha madera.

Conversaciones en voz baja.

Cristales empañados por el horno de piedra.

Era acogedor.

Mucho más de lo que esperaba. —¿Para llevar?

Lucas sonrió.

—No.

Esta vez me gustaría una mesa para dos.

La chica levantó una ceja.

Lo miró.

Me miró.

Volvió a mirarlo.

Sonrió de esa manera en la que uno entiende demasiadas cosas.

—Claro.

Para nuestro cliente favorito...

siempre encontramos sitio.

Nos llevaron a una mesa al fondo del restaurante.

Desde allí podíamos ver la cocina.

—Huele delicioso. Le dije.

—Y la comida lo es. —parece que vienes mucho por aquí.

—Si, la verdad vengo mucho, habitualmente pido para llevar. Pero también he comido aquí muchas veces.

Claro. Un chico como él habrá venido aquí muchas veces.

Y probablemente no siempre solo.

No sé por qué pensé aquello.

Ni por qué me molestó un poco.

—Hola chicos, les dejo las cartas. ¿Les pongo algo de beber?

—Yo una copa de vino tinto. Le digo.

—Un refresco. Responde.

—Un euro por tus pensamientos.

Lo miré divertida.

—Mis pensamientos cuestan bastante más.

—No importa.

Puedo ahorrar.

Volvió la camarera.

—Sus bebidas. Y este mini calzone, cortesía de la casa. Gino te envía saludos.

—¿Quién es Gino? Le pregunto cuando se marcha la camarera

—Es el dueño y chef, del lugar. Sandra la que nos recibió es su esposa.

Cogí el calzone, que de mini no tiene nada...

Corté el pequeño calzone por la mitad.

-Lucas

Sin preguntar.

Dejó una parte sobre mi plato.

La miré.

No por el calzone.

Sino porque aquel gesto tenía una familiaridad que no esperaba.

Como si llevara años haciéndolo.

Y, por alguna razón...

eso me hizo sonreír. —A tu salud.

Ella levantó también el trozo de calzone.

—A la nuestra.

Pedimos la cena… Cosas para compartir.

—¿Por qué fisioterapia?

Ella tardó unos segundos.

—Porque un día alguien me enseñó que volver a caminar era posible.

Guarde silencio.

— Cuando tenía dieciséis años me atropellaron mientras iba en bici. Me rompí la tibia y el peroné bastante mal y también me luxé un hombro.

Hizo una pausa.

— Pasé casi un año entre rehabilitación y fisioterapia. Ellos me ayudaron a volver a caminar... y también a recuperar un poco la cabeza.

Sonrió ligeramente.

— Creo que de ahí salió todo. Admiraba muchísimo lo que hacían. La capacidad de ayudar a alguien a recuperar una parte de su vida. Supongo que quise aprender a hacer lo mismo por otros.

—¿Te quedaron secuelas?

—Algún dolor neuropático de vez en cuando. Y dos cicatrices bastante feas.

Hizo silencio.

Bajó la mirada.

Continúo a mirándola.

—No creo que pueda haber nada feo en ti. Sus ojos se abrieron.

—Perdona. Eso ha sonado...

—Un poco intenso.

Me pasé una mano por la nuca.

—Lo que quería decir es que no veo esas cicatrices como algo feo.

La miré.

— Cuentan que sobreviviste.

Eso es todo.

Debió de ser muy difícil pasar por todo eso con

dieciséis años.

Ella se encogió ligeramente de hombros.

— Lo fue. —Y aun así hablas de ello como si hubieras conseguido hacer algo bueno con todo aquello.

Xana sostuvo mi mirada.

—Supongo que tuve tiempo para decidir qué quería hacer con lo que me había pasado.

—Pienso lo mismo de ti, de todo lo que te habrás perdido por ser cristiano.

— Puede ser. Pero ha sido mi decisión.

Nunca he sentido que estuviera perdiéndome algo. Porque siempre pensé que estaba cuidando algo

Me miró con atención. Decidí continuar.

—Mi paz. Mi forma de vivir. La clase de persona que quería llegar a ser.

— Yo también elegí.

No el accidente.

Pero sí quién quería ser después.

Los dos nos quedamos callados.

No porque la conversación se hubiera terminado.

Sino porque algunas respuestas necesitaban unos segundos para encontrar su sitio.

Fuera, alguien pasó caminando frente al ventanal. El olor a pizza recién hecha seguía llenando el restaurante.

Cogí otro trozo sin dejar de mirarla.

Sonrió.

Gino empezó a recoger las mesas.

Sandra apagó una de las luces del fondo.

Miré el reloj.

Después a Xana.

Y lamenté sinceramente que aquel restaurante no abriera toda la noche.