9.Construyendo una teoría
-Xana
Aquel miércoles la reunión era diferente.
Barb y Julio habían decidido juntar durante el verano los grupos de hombres y mujeres.
El jardín estaba lleno.
Matrimonios.
Amigos.
Niños corriendo entre las mesas.
Merienda por todas partes.
Como siempre, Barb había conseguido que todo pareciera elegante sin dejar de sentirse como una reunión entre amigos.
Un tiempo de alabanza, con Julio y Lucas cantando y tocando la guitarra.
Lucas cantaba con los ojos cerrados.
Había algo muy genuino en su forma de hacerlo.
Y me gustaba. Después de la música, Julio compartió un mensaje sobre el servicio.
Habló de una fe que no se quedaba en palabras. De servir.
De hacer algo por quien tienes al lado cuando necesita ayuda.
Miré a Barb.
Después a Julio.
Y pensé que, al menos en ellos, aquello no parecía teoría.
Julio nos propuso compartir algo por lo que estuviéramos agradecidos.
Algunos hablaron de su familia.
Otros de la fe.
Yo di gracias por todo lo que había aprendido durante aquellas semanas.
Lucas dijo:
—Por el tiempo que estoy viviendo ahora.
No sé por qué, pero levanté la mirada.
Él ya estaba sonriendo.
Después llegó el turno de Barb. —Yo doy gracias por mi familia. Por Julio...
Hizo una pausa.
Y se llevó una mano al vientre.
—...y por el nuevo miembro que viene en camino.
Durante medio segundo nadie reaccionó.
Después el jardín explotó.
Estallamos en gritos de alegría, saltamos a abrazarles y felicitarles.
Pasada la algarabía del momento…
Lucas se acercó a mí.
—Hola Xana…
—Hola Lucas…
—Se que Barb no tiene hermanos, así que vienes tu a ser como la tía oficial de ese bebe.
—Por supuesto. Ya mandé a rotular mamelucos y camisetas de la tía favorita…
—¿Quién podrá competir contra eso?
—Esa es la idea. —Acabo de darme cuenta de una cosa.
—¿Cuál?
—Nos conocemos desde hace semanas...
...y nunca nos hemos presentado como personas civilizadas.
Me tendió la mano.
—Lucas. Mucho gusto.
Le sonreí.
—Xana. Encantada.
Creo que ahora sí podemos decir que somos oficialmente conocidos.
-Lucas
No sabía cuánto había durado aquel apretón de manos.
Probablemente dos segundos.
En mi cabeza habían sido bastantes más.
—Ya sé que piensas rápido...
que eres competitiva jugando... y que lees mucho.
Sonreí.
—Pero todavía tengo curiosidad por saber qué más hay en la lista.
—¿Una lista?
—Estoy recopilando datos. Xana Alonso.
—Eso suena peligrosamente a informático.
Hizo una pausa.
—Y sabes mi apellido.
—Trabajé en el programa de gestión de BodyTherapy.
Parpadeó.
—¿Qué?
—La aplicación. El sistema de la clínica.
—¿Tú hiciste eso?
—Parte de ello.
—Ahora tiene sentido. Barb se encargó de todo eso y nunca me dijo quién estaba detrás.
— No me has contado nada de ti. —No hay mucho misterio. Me gusta hacer deporte, adoro mi trabajo y leo siempre que puedo.
Lo miró.
—¿Y a ti qué te mueve, Lucas?
—La música.
Pensé un momento.
— Trabajar con adolescentes.
Y ver cómo alguien que pensaba que Dios estaba lejísimos descubre que quizá no lo está tanto.
Sonrió.
—Eso me gusta mucho.
Una sonrisa iluminó su rostro.
Le sonreí de vuelta.
Todos empezaron a despedirse.
— Xana podrías llevar a Lucas a casa. Es que hoy nos ha ayudado con unas cosas y lo hemos buscado nosotros. Le pide Barb.
—No hace falta, pido un taxi.
—No. No hace falta. Yo te llevo. Me dice.
— No quiero que te desvíes. Tendrás cosas que hacer. —No tengo ninguna prisa, Además, no tengo planes después. dijo Xana.
Hizo una pausa.
Desbloqueó el coche y abrió la puerta.
Mientras me sentaba, una idea completamente absurda
apareció en mi cabeza.
¿Y si tiene novio?
Nunca me lo había planteado.
Hasta ese instante había dado por hecho que no.
Probablemente porque era la respuesta que más me
convenía.
Sonreí para mis adentros.
Era increíble la facilidad con la que uno podía construir
teorías... simplemente porque deseaba que fueran ciertas.
Antes de arrancar, se giró hacia mí.
—Lucas... Levanté la vista demasiado deprisa.
El móvil se me escapó de las manos y fue a parar al suelo del coche.
—¡Ay!
—¿Estás bien? —preguntó conteniendo una sonrisa.
—Sí... sí.
Me agaché a recogerlo.
—Perdón. ¿Qué decías?
Se quedó jugueteando unos segundos con las llaves entre los dedos.
—Sabrás que soy nueva en todo esto.
Tragué saliva.
—¿En.… qué exactamente?
Ella hizo un pequeño gesto con la mano.
—En esto. En la iglesia. En la fe. En.… todo.
Solté el aire sin darme cuenta.
Ah. —Bueno... nadie espera que lo sepas todo de golpe. Ni siquiera nosotros dejamos de aprender.
Hubo un pequeño silencio.
Parecía querer decir algo más.
—Es que...
Se mordió el labio inferior.
—No sé cómo pedirte esto.
De repente, el coche parecía haberse quedado sin aire.
Me empezaron a sudar las manos.
Bajé un poco la ventanilla, fingiendo que tenía calor.
—Dime.
Si puedo ayudarte, estaré encantado.
Se sonrojó ligeramente.
—Me gustaría tener una lista de las canciones que cantáis en la iglesia.
Parpadeé.
Eso era todo.
No pude evitar reír por dentro. No sabía exactamente qué había esperado escuchar.
Pero, evidentemente, necesitaba tranquilizarme.
—Ah...
Eso tiene fácil solución.
Saqué el teléfono otra vez.
—Te paso mi lista de reproducción.
Dame tu número.
Ella sonrió mientras desbloqueaba su móvil.
—Y, si no te importa...
¿puedo ponerla ya?
Así me vas diciendo cuáles son tus favoritas.
—Me parece un trato justo.
Los primeros kilómetros estuvieron llenos de música.
Le hablé de algunos grupos de alabanza.
Ella me preguntó por las historias que había detrás de ciertas canciones.
Y, casi sin darnos cuenta, dejamos de hablar solo de música.
Hablamos de películas.
De libros.
De viajes.
De los sitios a los que soñábamos ir algún día.
Era sorprendentemente fácil conversar con ella.
Como si las pausas no fueran incómodas.
Como si ninguno necesitara impresionar al otro.
Solo conocerse.
—A ver...
Tengo una importante.
La miré divertido.
—¿Marvel o DC?
Ella fingió pensarlo.
—¿Hay que elegir?
—Obligatoriamente.
—Marvel.
Sonreí satisfecho. —Buena respuesta.
Ella soltó una carcajada.
—¿Y si hubiera dicho DC?
—Habría sido una decepción enorme.
Negó con la cabeza.
—Qué dramático eres.
—Todavía no me conoces lo suficiente.
Continué con el interrogatorio.
—Jane Austen o las hermanas Brontë.
Me miró de reojo.
—¿Qué te hace pensar que leo novela romántica?
—No he dicho eso.
—Lo has insinuado.
—He dicho que quien disfruta leyendo suele tener un género favorito...
aunque luego termine leyendo de todo.
Ella sonrió. —Touché.
—Entonces...
—Jane Austen.
—Sabía que dirías eso.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Todavía no lo sé.
Pero voy construyendo una teoría.
—¿Sobre mí?
—Sobre ti.
Y todavía me faltan muchos datos.
Cuando levanté la vista, el navegador marcaba que habíamos llegado.
Miré el reloj.
Veinte minutos.
Ella apagó el motor.
Pero ninguno hizo el menor intento por bajarse.
La conversación siguió.
Saltando de un tema a otro. Como si el tiempo hubiera decidido dejarnos un pequeño regalo.
Diez minutos después seguíamos allí.
Ella apoyó un brazo sobre el volante.
Yo ya había olvidado por completo que estaba delante de mí portal.
No quería que terminara aquella conversación.
Respiré hondo.
—Xana...
La miré un instante antes de continuar.
—¿Te invito a cenar?
Frunció ligeramente el ceño, sorprendida.
Y durante un segundo me arrepentí de haber abierto la boca.