8.Acogedor
-Xana
El domingo siguiente llegué antes de lo habitual. Jamás y nunca me había imaginado como una chica de iglesia.
Pasé toda la semana esperando que llegara el domingo, me apetecía disfrutarlo sin prisas. Entré en la cafetería de la iglesia.
Con un café en una mano y un cruasán recién hecho en la otra, fui a sentarme.
Barb y Julio ya estaban sentados en una de las mesas del fondo.
—¡Milagro! —dijo Julio al verme acercarme—. Pensábamos que ibas a llegar con el sermón empezado.
—Hay cosas que están cambiando —respondí mientras dejaba la taza sobre la mesa.
Charlábamos de cualquier cosa cuando, casi sin querer, mi mirada recorrió la cafetería.
Y entonces lo vi.
No estaba con los músicos.
Ni con Diego. Ni siquiera con los chicos de su edad.
Estaba sentado en el suelo, rodeado por media docena de niños.
Uno le tiraba de la manga.
Otro intentaba quitarle la gorra.
Una niña de rizos le enseñaba muy seria un dibujo lleno de garabatos.
Él escuchaba como si fuera la obra de arte más importante del mundo.
Reía.
Preguntaba.
Se dejaba interrumpir.
Y, por alguna razón, parecía exactamente donde quería estar.
No pude evitar sonreír.
—¿Qué? —preguntó Barb.
Me di cuenta de que llevaba varios segundos mirando en la misma dirección.
—Nada... Mentí fatal.
—Solo...
No terminé la frase.
Había algo increíblemente bonito en ver a un hombre adulto olvidarse de quién lo observaba para dedicar toda su atención a unos niños.
Entonces levantó la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron.
Sonrió.
De esa forma tranquila que ya empezaba a reconocer.
Y levantó la mano para saludarme desde el otro lado de la cafetería.
Le devolví el gesto, intentando que pareciera el saludo más casual del mundo.
No creo que lo consiguiera.
Me volví hacia Barb.
Me estaba observando por encima de la taza de café, intentando esconder una sonrisa que ya conocía demasiado bien.
—No digas nada... Levantó una mano en señal de rendición.
—Ni me atrevería.
Julio nos miró alternativamente.
—¿Me estoy perdiendo algo?
Barb le dio un beso rápido en la mejilla.
—Nada, cariño.
Absolutamente nada.
Pero la sonrisa seguía diciendo lo contrario.
Poco después comenzó la reunión.
Cantamos durante un rato.
Y después llegó la predicación.
Aquel domingo hablaron de la cruz.
Del amor de un Dios que decidió entregar a su Hijo por personas que nunca podrían ganarse ese regalo.
Al principio escuché como cualquier otro domingo.
Pero hubo una frase que atravesó todas mis defensas.
Jesús no esperó a que fueras suficiente para amarte. Te amó primero.
Sentí un nudo en la garganta.
Intenté contener las lágrimas.
No pude.
Unas tras otra comenzaron a caer sobre mis mejillas.
No eran lágrimas de tristeza.
Eran lágrimas de alguien que empezaba a comprender algo que llevaba demasiado tiempo buscando.
Si aquello era cierto...
entonces Dios no amaba solamente a personas como Barb.
A quienes parecían tener la vida en orden.
A quienes habían crecido sabiendo todas aquellas cosas.
También me amaba a mí.
A Xana.
Con mis dudas.
Con mis heridas.
Con mis errores.
Con mi historia. Me llevé una mano al rostro intentando secarme.
Fue inútil.
Las lágrimas seguían cayendo.
Entonces el predicador habló con una serenidad que hizo que el auditorio entero guardara silencio.
—Si hoy quieres entregar tu vida a Jesús...
...si hoy quieres empezar una nueva historia con Él...
...puedes pasar al frente.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Podía quedarme sentada.
Nadie me estaba mirando.
Nadie me obligaba a hacer nada.
Y, aun así, supe que quería levantarme.
No porque entendiera todo aquello.
No lo entendía.
Pero quería conocer al Dios del que llevaban semanas hablándome.
Me puse en pie. El pastor comenzó a guiarnos en una oración sencilla.
No tenía palabras bonitas.
Ni complicadas.
Solo sinceras.
Las repetí entre lágrimas.
Una mujer se acercó despacio.
Apoyó una mano sobre mi hombro.
Y comenzó a orar por mí.
No entendía todo lo que decía.
Pero sí entendía lo que estaba ocurriendo dentro de mí.
Por primera vez en mucho tiempo...
no estaba luchando contra nada.
Ni contra mi pasado.
Ni contra mis decisiones.
Ni siquiera contra mí misma.
Solo sentía paz.
Cuando levanté la vista para regresar a mi asiento, mis ojos buscaron instintivamente el camino.
Y entonces lo vi.
Lucas.
Estaba unas filas más adelante.
Con una mano levantada hacia el cielo.
Los ojos cerrados.
Y lágrimas resbalando también por su rostro.
No me estaba mirando.
No sabía que yo lo observaba.
Simplemente adoraba.
Y, de alguna manera, aquella imagen quedó grabada para siempre en mi memoria.
Volví a mi sitio.
Barb no dijo una sola palabra.
Solo me abrazó.
Y empezó a llorar conmigo.
Curiosamente, nadie lloraba de tristeza.
Aquellas lágrimas tenían el extraño sabor de la esperanza. Y, por primera vez en mi vida...
sentí que había llegado a casa.
-Lucas
El mensaje de la cruz siempre encontraba la manera de llegar a mi corazón.
Lo había escuchado decenas de veces.
Quizá cientos.
Y, aun así, nunca dejaba de recordarme quién era Dios... y quién era yo sin Él.
Aquella mañana, sin embargo, había sido diferente.
Durante días había luchado contra mis propios pensamientos.
Contra la culpa.
Contra el miedo de estar poniendo mis sentimientos por encima de mi relación con Dios.
Pero, mientras escuchaba hablar del sacrificio de Jesús, comprendí algo que llevaba demasiado tiempo olvidando.
Su amor por mí no dependía de hacerlo todo bien.
Ni de entenderlo todo. Ni siquiera de no equivocarme.
Dependía únicamente de Él.
Y eso era suficiente.
Aquella noche, ya en mi habitación, me arrodillé junto a la cama.
—Padre...
Guardé silencio unos segundos.
—Gracias.
No sabía muy bien por dónde seguir.
Había ido a orar para pedir respuestas.
Y terminé encontrando descanso.
Respiré hondo.
—No sé qué hacer con todo esto.
No sé por qué has permitido que ella aparezca en mi vida.
No sé qué hay en Tu corazón.
Y, por primera vez en días...
me di cuenta de que estaba bien no saberlo. Sonreí.
El silencio de la habitación ya no pesaba.
No porque tuviera todas las respuestas.
Sino porque había dejado de sentir que debía encontrarlas esa misma noche.
La culpa desapareció.
El miedo también.
Solo quedó una certeza.
Pasara lo que pasara con Xana...
yo seguía siendo profundamente amado por Dios.
Y, de repente... eso era suficiente.