6.A segunda vista
-Xana
Lo vi hablando con Julio.
Nunca había sido de esperar a que las cosas ocurrieran.
Si quería respuestas...
iba a buscarlas.
Respiré hondo.
Me alisé la camiseta.
Y eché a andar.
Solo eran veinte metros.
Parecían dos kilómetros.
Me sudaban las manos.
Él me vio.
Lo supe porque dejó de escuchar a Julio.
Durante un segundo nos quedamos mirándonos. Entonces dio un paso hacia mí.
Bien.
Esto estaba ocurriendo.
Estuve a punto de arrepentirme.
Y entonces apareció Diego.
Con cuatro vasos.
Lucas intentó esquivarlo.
Diego hizo lo mismo.
Los dos se movieron hacia la derecha.
Se detuvieron.
Hacia la izquierda.
Otra vez al mismo lado.
—No, tú...
—Voy por...
Demasiado tarde.
Los vasos salieron despedidos.
Uno cayó al suelo. Otro sobre Lucas.
Y los otros dos prácticamente sobre Diego.
—¡QUÉ FRÍO!
Me llevé una mano a la boca para contener la risa.
Diego se quedó inmóvil.
Miró su camiseta.
Miró a Lucas.
Después me miró a mí.
Volvió a mirar a Lucas.
—Lo sabía.
Lucas cerró los ojos.
—No.
—Lucas. Por nuestra amistad. Háblale.
Señaló su ropa empapada.
—Porque el próximo accidente ya no lo cubre el seguro de la iglesia.
Entré en casa y regresé con un par de toallas.
—El baño está al fondo, a la derecha. Tomad. Les tendí una a cada uno.
—Hablaré con Julio. Seguro que tiene un par de camisetas que os sirvan.
Silencio.
Ninguno respondió.
Genial.
Había conseguido acercarme al chico que llevaba dos semanas intentando conocer y ahora estaba manteniendo un monólogo sobre toallas y camisetas.
Diego reaccionó primero.
—Ha llegado la solución a todos mis problemas.
Cogió una toalla y se marchó.
Dejándonos solos.
Le tendí la toalla.
Nuestros dedos apenas llegaron a rozarse.
Fue un contacto insignificante.
Tan breve que cualquiera habría dicho que ni siquiera ocurrió.
Sin embargo...
Retiré la mano demasiado deprisa.
Y por alguna razón...
Olvidé cómo se respiraba.
—Gracias, Xana.
Parpadeé.
—¿Te acuerdas de mi nombre?
Sonrió.
—Sí.
Esperé.
—¿Solo "sí"?
Se rascó la nuca.
—Bueno... es un nombre difícil de olvidar.
Sonreí.
—¿Por ser inolvidable?
Soltó una risa.
—Porque es muy asturiano. Abrí la boca, fingiendo indignación.
—Vaya.
—No quería decir...
—No, no. Tranquilo.
Asentí solemnemente.
—Durante tres segundos pensé que era por otra cosa.
Su sonrisa cambió.
Solo un poco.
Y de pronto fui demasiado consciente de que seguíamos allí, mirándonos.
—Voy a.. buscar a Julio.
—Sí.
—Por las camisetas.
—Claro.
Me alejé.
Y solo cuando le di la espalda me permití sonreír.
-Lucas
Cerré la puerta del baño.
Me quedé mirando mi reflejo.
El roce de sus dedos.
Su voz.
Su sonrisa cuando me preguntó si era inolvidable.
¿Por qué estaba tan nervioso?
Diego apareció detrás de mí mientras intentaba secarse la camiseta.
—Bueno.
No respondí.
—¿Nada?
—¿Qué quieres que diga?
—Podrías empezar por admitir lo evidente.
—No sé qué me pasa.
Diego me miró a través del espejo.
—Sí sabes. Negué.
—No.
—Vale. Entonces te ayudo.
Hizo una pausa.
—Te gusta.
Solté una carcajada nerviosa.
—No digas tonterías.
—No he dicho que estés enamorado.
He dicho que te gusta.
No es lo mismo.
Me apoyé contra la pared.
—Es que ni siquiera la conozco.
—Precisamente.
Por eso estás tan nervioso.
No puedes controlar algo que todavía no entiendes.
—¿Y ahora qué hago?
Diego se encogió de hombros.
—Hablar con ella. —¿Y si no quiere?
—Entonces tendrás un problema.
—¿Y si sí quiere?
—Entonces tendrás otro.
Me quedé unos segundos en silencio.
—Lucas...
—Mmm….
Me preparé mentalmente para otra de sus bromas. Pero, por primera vez desde que lo conocía, habló
completamente en serio.
—Habla con ella. Ya está. Una conversación no significa que tengas que casarte mañana.
Solté una risa.
—Gracias por la aclaración.
—Para eso están los amigos.
—Por ahora… intentemos sobrevivir a la comida.
Diego arqueó una ceja.
—¿Eso ha sido una broma? Negué con una sonrisa.
—Me empieza a gustar más este Lucas.
Pasó un brazo por encima de mis hombros mientras salíamos del baño.
—Tú solo mantente alejado de la barbacoa.
—¿Por qué?
—Porque viendo cómo va el día, eres capaz de prenderle fuego sin querer.
La comida terminó convirtiéndose en merienda.
Alguien puso música.
Los niños corrían detrás de un balón.
En una esquina, varios discutían apasionadamente sobre fútbol.
Otros sacaban guitarras.
-Xana
—He pensado en traerte algo.
Miré el vaso.
Después lo miré a él. —¿Estás seguro?
Frunció el ceño.
—¿Por qué no iba a estarlo?
Señalé el vaso.
—Por vuestro historial juntos.
Tardó un segundo.
Después se echó a reír.
—Prometo mantenerlo en posición vertical.
—Entonces acepto.
Cogí el vaso con las dos manos.
—Gracias.
—De nada.
Silencio.
Lucas señaló la silla vacía a mi lado.
—¿Puedo?
—Depende.
Se detuvo. —¿De qué?
—¿Traes más líquidos?
Miró sus manos.
—Estoy limpio.
—Entonces sí.
Se sentó a mi lado.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Curiosamente, esta vez no me resultó incómodo.
—Así que eres informático.
Giró la cabeza hacia mí.
—¿Has estado investigando?
Casi me atraganté.
—¿Qué?
Sonrió.
—Barb.
—Ah.
Respiré aliviada. —Sí. Algo me ha contado.
—Espero que solo cosas buenas.
Bebí un sorbo.
—Todavía estoy decidiendo.
—Vaya.
—Tienes derecho a defenderte.
—¿Eso es una entrevista?
—Podría ser.
—¿Y hay posibilidades de conseguir el puesto?
Lo miré.
Él pareció darse cuenta de lo que acababa de decir.
—Quería decir...
Me eché a reír.
—Tranquilo. Te estaba entendiendo.
Sonrió.
Y esta vez ninguno apartó la mirada inmediatamente.