Jamás y nunca... Hasta mí 5.Amarillo
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5.Amarillo

-Xana

Me fui de compras y lo vi.

Un mono amarillo.

Perfecto para el verano. Largo, con un hombro al descubierto y una manga abullonada en el otro.

Llamativo.

Elegante.

De esas prendas que parecen hablar antes de que tú abras la boca.

Y entonces un pensamiento completamente superficial asaltó mi mente.

Si el guitarrista/cantante volvía a mirarme...

prefería que me viera con aquel mono amarillo.

Lo compré.

Por supuesto que lo compré.

Elegí un moño alto, algo suelto, y al llegar a la iglesia supe que había acertado.

Algunas miradas se detenían en mí un segundo más de lo socialmente prudente.

Hombres.

Mujeres.

Bien.

Ahora solo faltaba una.

Lo encontré tomando café.

Podría haber llegado hasta Maia por otro camino.

No lo hice.

Pasé junto a su mesa con toda la naturalidad que fui capaz de fingir.

No miré atrás.

No hacía falta.

Unos segundos después se formó un pequeño revuelo.

Al parecer alguien había derramado el café.

Sonreí.

Solo un poco.

Aunque también miré de reojo para asegurarme de que nadie se hubiera quemado.

-Lucas

Amarillo.

¿Tenía que ser amarillo?

La vi pasar junto a nuestra mesa y durante

aproximadamente tres segundos olvidé que tenía una taza en la mano.

Tres segundos fueron suficientes.

Volqué el café.

Encima de la mesa.

Y, para mejorar la situación, sobre Diego.

Cerré los ojos.

—Perdón.

Diego miró su manga.

Después me miró a mí.

Después miró en la dirección en la que Xana acababa de marcharse.

—Tío... —No.

—Con todo el cariño del mundo.

—Diego.

—Conócela de una vez. Porque a este paso vas a provocar un accidente laboral en la iglesia.

Cogí varias servilletas.

—Tengo que irme.

—¿A buscar ayuda profesional?

—A prepararme para tocar.

—También sirve.

Entré en backstage y cerré la puerta.

Por fin, silencio.

Me senté.

Apoyé los antebrazos sobre las rodillas y respiré.

—Padre...

No sé qué está pasando.

Solo sé que empieza a asustarme un poco. Llevo muchos años creyendo que sabía esperar.

Y ahora...

no sé ni cómo mirarla.

Haz que siga siendo un caballero.

Y si ella forma parte de Tu historia...

enséñame a no correr delante de Ti.

-Xana

—Hola Barb, ¿Dónde está Julio?

— Buenos días, Julio canta hoy, estaremos solitas hoy en la reunión.

Estas muy guapa hoy.

La música volvió a parecerme preciosa.

Pero hubo algo diferente aquella mañana.

Lucas no me miraba.

O, al menos, hacía un esfuerzo extraordinario por no hacerlo.

Y no sabía por qué aquello me molestaba tanto.

Había comprado el mono para que me mirara.

Vale. Admitirlo mentalmente resultaba bastante humillante.

—Voy a improvisar una comida en casa —dijo Barb—. Invitaré a algunos de la iglesia.

Y me guiñó un ojo.

—Ni se te ocurra.

—¿Qué?

—Hacer de celestina.

—¿Yo?

—No vayas diciendo por ahí que tu amiga soltera está disponible.

—Jamás.

La miré con desconfianza.

—Soltera, sí. Disponible, nunca.

Hizo una pausa.

—Salvo quizá para alguien de metro ochenta, pelo negro, ojos verdes y ciertas habilidades musicales.

Sentí cómo me ardían las mejillas.

—Barb, voy a morir de vergüenza. Me recorrió con la mirada.

—Vergüenza ninguna. Te has presentado aquí vestida de amarillo fosforito.

—¡No es fosforito!

—Ah, perdona. Amarillo «no estoy intentando llamar la atención de nadie».

—Eres insoportable.

—¿Te lo has puesto por él?

Abrí la boca.

La cerré.

—Un poco.

La sonrisa de Barb fue insoportablemente victoriosa.

—Lo sabía.

-Lucas

— Barb y Julio nos han invitado a comer —comentó Diego—. Te estuvo buscando para decírtelo, pero tenía que marcharse.

— Me apunto si tú vas. Necesitaré apoyo. —Será una buena oportunidad para hacer amigos nuevos.

La sonrisa de Diego dejaba bastante claro a qué clase de «amigos» se refería.

—No me hace gracia.

Al llegar saludamos a todos. Me acerqué a Julio y lo abracé.

—Gracias por invitarme.

—Sabes que nos encanta tenerte por aquí.

—Mira, quiero presentarte a alguien.

Se me secó la boca.

No.

No podía ser tan fácil.

Julio se giró.

—Él es Samuel, mi compañero de trabajo.

...

Claro.

Samuel.

Por supuesto. —Encantado.

— Acaban de mudarse a Asturias —continuó Julio—. Tiene un niño de seis años y estaban buscando una academia de música.

Respiré.

Aliviado.

Y, para mi absoluta vergüenza...

un poco decepcionado.

— Apunta mi número. Hablamos el lunes y vemos cómo podemos ubicarlo, en la iglesia y tal vez con Diego en la academia.

Y entonces la vi.

Ya no llevaba el mono amarillo.

Vaqueros cortos.

Una camiseta sencilla.

El cabello recogido en una coleta alta.

Sin todo aquello que aquella mañana había conseguido descolocarme.

Y aun así... me pareció todavía más guapa.

Quizá ese era precisamente el problema.

No era el amarillo.

Era ella.

Levantó la mirada.

Me encontró.

Y empezó a caminar hacia mí.

Mi corazón dio un golpe.

Esta vez no tenía café en las manos. Gracias a Dios.