3.Fuera de compás
Nunca había entrado a destiempo.
Nunca.
No después de quince años tocando.
No después de cientos de reuniones.
Sin embargo...
Aquella mañana entré tarde.
—Otra vez.
Diego me miró desde el piano.
Levantó una ceja.
—¿Qué haces?
Yo tampoco lo sabía.
Porque seguía mirando hacia la tercera fila.
No podía apartar la mirada de la chica castaña sentada junto a Barb.
Reflejos rubios en el cabello.
Los ojos muy abiertos. Una expresión de sorpresa tan genuina que parecía estar descubriendo aquel lugar por primera vez.
— Lucas.
Silencio.
—Lucas.
Nada.
—Lucas, o vuelves al compás o te muteo. Parpadeé.
—¿Qué?
Diego soltó una carcajada mientras seguía tocando.
Yo solo quería desaparecer.
Me obligué a apartar la mirada. Y oré. “Padre... por favor.
No ahora.
Ayúdame a concentrarme.
Y si esto viene de Ti, dame paciencia. Si no viene de Ti.… quítamelo”.
— ¿Qué te ha pasado? —Nada.
—Lucas.
—Nada.
—Llevamos siendo amigos desde que teníamos doce años. Suspiré.
—He visto una chica.
Silencio.
Diego dejó de guardar los cables.
Me miró.
Volvió a mirarme.
—¿Perdón?
La vi a lo lejos hablando con Barb.
La seguí unos segundos con la mirada antes de obligarme a volver a los cables.
Me coloqué de espaldas a los asientos.
Mucho mejor.
Respiré.
Oré.
Incluso empecé a cantar mentalmente cualquier cosa que me obligara a pensar en otra cosa.
-Xana—Barb, necesitamos hablar... En privado —le dije.
—Vale. Al salir podemos comer juntas. Julio va con los chicos de alabanza y algunos más.
Dudé.
—Mmm... ¿Y si comemos con ellos?
Barb me miró.
—Xana, ¿de verdad quieres venir con nosotros?
—Sí. Tengo muchísima hambre.
Intenté encontrarlo con la mirada, pero había desaparecido.
De camino al restaurante. En mi coche.
De camino al restaurante intenté sacar el tema con toda la naturalidad de la que fui capaz.
—Barb, ¿conoces a muchos de los chicos de alabanza?
—Sí. A todos, prácticamente. Quedamos bastante. Algunos también van al grupo de hombres de Julio.
— Ah... Asentí, como si aquella información me resultara completamente irrelevante.
—¿Y qué día se reúne el grupo de Julio?
Barb giró la cabeza hacia mí.
—Los jueves.
—Qué bien.
Silencio.
No podía más.
—Barb, necesito preguntarte algo o voy a explotar.
—¿Quién es el chico de la guitarra?
—¿Cuál?
—El de la guitarra.
—Había cuatro.
—Barb...
—¿La acústica?
La miré.
—¿El bajo? Seguía mirándola.
—¿El batería?
—¡La batería no es una guitarra!
—Solo quería comprobar si seguías nerviosa.
—¿Es en serio Barb?
—Ah...
—Ya sé.
Hizo una pausa dramática.
—Bosco.
—Sesenta años, casado, tres nietos, muy espiritual.
—Barb.
—Le encanta el senderismo.
— Barb.
—Creo que usa dentadura postiza. —¡BARB!
—Lo siento. Tendrías que verte la cara. —No tiene gracia.
—Muchísima.
Esperó todavía unos segundos, disfrutando demasiado de mi sufrimiento.
—Se llama Lucas.
Esperé. Nada más. —¿Y?
—¿Y qué? —Pues sigue.
—¿Qué quieres saber? —No sé... Intenté parecer indiferente.
—¿Está casado? Barb sonrió.
—No. —¿Novia?
—No. —¿Exnovia?
— Que yo sepa tampoco. —Fruncí el ceño. —Eso es raro.
—¿Qué hace? —Informático. —¿Solo?
—También canta. —Eso ya lo he visto.
— Da clases a los adolescentes. —¿Algo más? Barb levanta la ceja.
—Xana. —¿Qué?
—¿Quieres también el grupo sanguíneo? —No seas exagerada.
— Llevas exactamente dos minutos interrogándome. —Solo te voy a decir una cosa. —¿Cuál?
— Si algún día te acercas a él... no juegues. La miré extrañada.
—¿Perdón? —Lucas no es de esos que coquetean porque sí.
— ¿A qué te refieres con eso? —Muchas chicas se le acercan y nunca se aprovecha de eso. Torcí el gesto.
—¿Muchas? —Alguna que otra.
—Entonces descartado. —¿Tan rápido?
Me encogí de hombros. —Ya me conoces.
—Sí. Precisamente por eso.
—Si todas corren detrás del mismo...
—¿Tú qué?
—Yo corro en dirección contraria.
Barb sonrió.
—Ya.
—Jamás y nunca voy a ir detrás de él.
Su sonrisa se ensanchó de una manera que no entendí. —Eso está por verse.