Jamás y nunca... Hasta mí 2.Lazos de amor
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2.Lazos de amor

— ¡Eh!

—¿Qué haces? —preguntó Bárbara.

—Pensando en invitarte a cenar.

—Llegas tarde.

—¿Ya has quedado?

—Contigo.

Fruncí el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Grupo de mujeres.

Me golpeé la frente con la palma de la mano. —¡Es verdad!

—Empiezo a pensar que solo me llamas los miércoles. —Casualidad.

—Claro.

Silencio.

Sonrió. Lo noté, aunque no podía verla.

—¿Vienes?

Intenté responder con indiferencia.

—Bueno... si no os importa.

—Xana.

—¿Sí?

—La semana pasada media reunión preguntó por ti. Me quedé callada.

—Además...

Escuché cómo rebuscaba algo.

—Necesito un favor.

—Ahora sí me interesa.

Camino a la confitería que me envió Barb.

Una anciana luchaba con una caja enorme.

—¿Te ayudo?

—La verdad si, iba a avisar a mi marido que esta afuera esperando en el coche.

—Te la acerco yo, tu solo guíame.

— “Gracies neña”. Que tengas buen día. Me dice la anciana con su marcado acento asturiano.

Recogí el pedido de Barb, me encaminé a su casa.

Una chica desafinó.

Todas empezaron a reír.

La guitarrista levantó las manos. —¡Desde el principio!

—No.

—Sí.

—No pienso volver a hacer el puente.

Las demás estallaron en carcajadas.

Yo también.

Era extraño.

Nadie parecía preocupado por hacerlo perfecto. Simplemente...

Disfrutaban estando juntas.

Barb habló de Ester.

Una reina que había arriesgado su posición para salvar a su pueblo.

Al principio pensé que entendía perfectamente el mensaje. Usar lo que tienes.

Aprovechar las oportunidades.

Ser valiente.

Muy de mi estilo.

Pero Barb insistía en otra cosa.

Ester no había confiado solo en su posición. Había confiado en Dios.

Y esa parte...

todavía me costaba más entenderla. Aunque empezaba a parecerme bonita la idea de no tener que enfrentarse a todo sola.

Celebramos el cumpleaños de Abigail. Y luego despedidas alegres.

—Tienes que venir el domingo, te va a encantar. Me dice Abigail.

—Nos vemos el domingo se despide Maia con dos besos.

Y esta vez ya no tuve que inventarme ninguna excusa. Quería volver.

— Quédate a cenar me dice Barb. —Me quedo.

Julio dejó la fuente sobre la mesa. —Advertencia.

Miré el plato.

—¿Qué?

—Si no os gusta, fingid.

—¿Tan malo cocinas?

Se llevó una mano al pecho. —Xana...

Barb negó con la cabeza.

—No le hagas caso. Lleva dos días viendo vídeos de chefs franceses.

—La cocina también necesita excelencia.

—Ayer quemaste arroz.

—Era arroz experimental.

Nos sentamos a la mesa los tres, y él realiza una oración por los alimentos.

Al final, para desgracia de Barb, la cena estaba realmente buena.

—¿Qué te han parecido las reuniones, Xana? —preguntó Julio.

—La verdad, bien. Son divertidas. Me gusta cómo me siento cuando vengo.

— Puedes venir todos los miércoles. Ni siquiera tienes que avisar. Apareces y ya está —dijo Barb—. Eres más que bienvenida.

—Lo tendré en cuenta —respondí, intentando que no se notara demasiado que la idea me gustaba.

—El domingo tienes que venir —dijo Julio.

—¿A otra reunión?

—Esta te va a gustar. Han preparado música especial.

—¿Cuánto dura?

—Hora y media.

Lo miré.

—Eso es una película.

—Sin créditos finales.

—No ayuda.

Barb se rio.

—Te pasamos la ubicación.

Suspiré.

—Vale.

Llegó el domingo…

El aparcamiento estaba lleno. Demasiado lleno.

Apagué el motor.

No bajé.

Miré el edificio.

Volví a mirar el móvil.

Quizá podía escribirle a Barb.

"Me ha surgido algo."

No.

"Estoy enferma."

Tampoco.

Justo entonces alguien llamó al cristal. Di un pequeño bote.

Era una señora de unos sesenta años. Sonreía.

Muchísimo.

Bajé apenas dos centímetros la ventanilla. —¿Primera vez?

La miré.

¿Tan evidente era?

Había imaginado una iglesia.

Bancos de madera.

Silencio. Un órgano.

Alguna imagen religiosa.

Encontré pasillos llenos de gente, una cafetería, familias haciéndose fotos.

Definitivamente no era lo que esperaba.

Llamé a Barb.

—¿Dónde estás?

—En la cafetería. ¿Sigues en la entrada?

—Sí. Ven a buscarme.

—Xana...

—Barb, como otra «hermana» demasiado sonriente me pregunte si es mi primera vez, vuelvo al coche. Se rio.

—No te muevas.

Empecé a reconocer caras. Maia. Abigail. Algunas de las chicas del miércoles me saludaron al pasar.

Cuando apareció Barb, por fin dejé de sentirme completamente fuera de lugar.

— Xana, ven. Vamos a coger sitio.

—¿Esto es una iglesia?

—Sí, mujer. Relájate. Nadie muerde. Parece que llevas un palo en la espalda.

Tomamos asiento en una de las primeras filas.

Miré el escenario.

Butacas.

Una batería.

Bajo.

Guitarras eléctricas.

Vale.

Aquello se alejaba bastante de cualquier iglesia que hubiera imaginado.

—Prepárate Xana, para escuchar nuestro grupo de alabanza, son buenísimos...nada que ver con cierto músico que conocimos.

—Julio, preferiría que no utilizaras mis errores sentimentales como referencia musical.

Germán.

Hacía cuatro años y todavía su nombre conseguía dejarme un sabor desagradable.

No.

Definitivamente no iba a pensar en él aquel día.

Las luces se apagaron.

Un foco iluminó el escenario.

Primero salió una chica a la batería. Después el pianista.

Un bajista afinando.

Otra chica con una guitarra eléctrica. Y entonces apareció él.

Una guitarra colgada del hombro. Vaqueros.

Camisa remangada.

Sonreía mientras decía algo al batería. No era especialmente guapo.

O quizá sí.

Todavía no lo había decidido.

Lo que sí tenía era una tranquilidad extraña.

Como alguien que sabía exactamente dónde quería estar. Se colocó el micrófono.

Cerró un instante los ojos.

Respiró hondo.

Y empezó a tocar.

La canción arrancó con fuerza.

Las letras aparecieron proyectadas sobre la pantalla y, antes de darme cuenta, estaba cantando con todos.

El chico también cantaba.

Tenía una voz cálida, limpia.

A mi alrededor algunas personas aplaudían.

Otras levantaban las manos.

Nadie parecía pendiente de quién miraba.

Había algo allí difícil de explicar.

Algo parecido a sentirse libre.

Durante un instante levantó la cabeza. Parecía mirar hacia nuestra fila.

Sentí un vuelco absurdo en el estómago.

Ridículo.

Era imposible que me estuviera mirando a mí.

Con aquellas luces probablemente ni siquiera distinguía las caras.

Aun así... Tardé demasiado en apartar la vista.