Jamás y nunca... Hasta mí
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1.Comienzos
Respiré hondo una vez.
Dos.
Tres.
—Está todo listo.
Me miré en el espejo.
—Soy Xana Alonso Cifuentes.
Me alisé la ropa.
—El límite es el cielo.
Detrás de mí, Bárbara apareció sujetando el móvil, con esa tranquilidad insultante que solo tienen las personas que organizan eventos ajenos.
—La prensa ya está fuera.
Asentí.
—Tu madre acaba de llegar.
Asentí otra vez. —Y tu padre...
Cerré los ojos.
—No sigas.
—...también.
Abrí un ojo.
—¿Siguen vivos?
—Por ahora.
Solté el aire.
—Eso ya supera mis expectativas.
Bárbara sonrió.
—Todo está preparado.
Miré una última vez mi reflejo.
Diez años cambiando turnos imposibles.
Diez años doblando jornadas.
Diez años diciendo:
"Algún día tendré mi propia clínica."
Y ese día... Era hoy.
Al salir los vi enseguida.
Mi madre a un lado.
Mi padre al otro.
Y Barb, convenientemente colocada entre ambos como una frontera diplomática.
Perfecto.
Por lo menos nadie había muerto todavía.
Pasé los dedos por el gran lazo azul de la entrada y no pude evitar sonreír.
— Gracias por estar aquí y por acompañarme en un día tan importante para mí. Papá, gracias por ayudarme con todos los detalles técnicos. Mamá, por salvarme la vida con toda la parte administrativa. Barb… no sé ni por dónde empezar contigo.
— Y gracias al equipo que empieza hoy esta aventura conmigo. Espero ser una buena jefa, pero sobre todo una buena compañera. Bienvenidos a BodyTherapy.
Me giré y desaté el gran lazo azul que Barb había colocado en la entrada.
Mis padres asintieron cuando los nombré.
Cada uno desde su lado.
Cordiales.
Correctos.
Distantes.
La tarde transcurrió entre abrazos, felicitaciones y demasiadas fotografías para justificar el dineral que acababa de gastarme en publicidad.
El último invitado se fue.
Cerré la puerta.
Silencio.
Después de todo el ruido...
Silencio.
Me quedé inmóvil.
La clínica olía a pintura nueva, a madera recién montada y a café.
Mi clínica.
Pasé despacio la mano sobre el mostrador de recepción. Entré en la primera consulta.
Alineé el rollo de papel de la camilla.
Enderecé un bote de crema que ya estaba recto.
Recoloqué una silla que no necesitaba ser recolocada.
No estaba desordenando.
Necesitaba tocarlo todo para convencerme de que era real.
Entré en el gimnasio.
La luz del atardecer atravesaba los ventanales.
Me vi reflejada en el enorme espejo.
Durante un instante volví a ver a la estudiante que compartía piso, vivía de becas y calculaba si podía permitirse pedir comida un viernes por la noche.
Sonreí.
—Lo conseguimos.
Nadie respondió.
No hacía falta.
Antes de volver a casa pasé un rato por mi lugar favorito de la ciudad.
No tenía ganas de encerrarme todavía. Llamé a Barb.
—¿Qué haces?
—Te lo dije. Hoy tengo el grupo de mujeres en casa. ¿Todo bien?
—Ah, sí. Lo de la iglesia.
Miré alrededor.
—Estoy demasiado acelerada para quedarme en casa. ¿Te apetece cenar?
—Si estás aburrida, vente. Te quedas conmigo durante el grupo y luego podemos salir a cenar con Julio.
—Vale. Pero prométeme que no hacéis cosas raras como las que salen en la tele.
Se echó a reír.
—Tú cállate y ven.
Cogí las llaves del coche y me fui a casa de Barb.
Barb seguía siendo la misma chica que no se separó de mí durante la universidad. Ella en ADE, yo en Fisioterapia y las dos convencidas de que dormir era opcional.
Pero después del cáncer, de conocer a Julio y de aquella iglesia, algo había cambiado.
Seguía siendo ella.
Solo que diferente.
Y todavía no estaba segura de que ese cambio me gustara.
Shaski salió disparado hacia mí antes de que pudiera cerrar la puerta del coche.
—¡Eh, eh! ¡No me tires!
El labrador apoyó las patas sobre mis hombros mientras movía la cola con una violencia capaz de provocar un pequeño terremoto.
Reí.
—Tú sí que te acuerdas de mí.
Le rasqué detrás de las orejas.
Levanté la vista.
La verja blanca.
Las hortensias.
La terraza iluminada.
Una hamaca.
Macetas perfectamente cuidadas. No pude evitar sonreír.
Era la definición gráfica de una postal de Pinterest.
La casa de mis pesadillas cuando tenía veinte años.
Supongo que oficialmente me había quedado sola representando al equipo del empoderamiento femenino.
—Hola, Xana. Pasa, están todas en el salón —me recibió Julio.
Apenas entré, Barb levantó la voz.
—Chicas, ella es Xana. Mi mejor amiga.
Varias mujeres se acercaron a saludarme.
Una de las más jóvenes me abrazó.
Otra me ofreció café.
Dos hablaban de matrimonio.
Una niña interrumpió a su madre y recibió una mirada de advertencia.
Todo parecía demasiado... normal.
Me acerqué al grupo que hablaba de empresas y autónomos. Aquello sí me resultaba más familiar.
—Barb nos ha hablado mucho de ti. Me giré.
Una mujer morena, de rizos oscuros, sostenía a un bebé que empezaba a removerse entre sus brazos.
—Hemos orado varias veces por ti.
¿Varias veces? ¿Qué clase de expediente había preparado Barb sobre mí?
El bebé empezó a llorar antes de que pudiera responder.
— Y este señor lleva una semana sobreviviendo a base de llantos y cólicos —dijo ella, acomodándolo contra su pecho—. Por cierto, soy Maia.
El ambiente era muy distendido, empecé a relajarme, aunque intenté mantenerme muy cerca de Barb, porque no confío en la gente que parece muy feliz
constantemente.
Sabía que había vuelto a trabajar después del cáncer, pero nunca había imaginado que entre su nueva vida de casada y religiosa también hubiera espacio para seguir siendo ella.
Me alegró descubrirlo.
Sabía de primera mano lo buena asesora que era.
—Comenzamos… Habló Barb alzando su voz por encima del murmullo de voces.
Todas se reunieron haciendo una especie de no intencionado círculo, en la disposición del sofá y las sillas.
— Gracias Dios por cada mujer que está aquí. Ayúdanos a escucharte y a cuidarnos unas a otras. Gracias especialmente por Xana y porque hoy esté con nosotras. Amén… terminó Barb.
—Amén… Repiten todas al unísono.
Supuse que yo también debía de decir algo.
Murmuré algo que esperaba que sonara suficientemente parecido a «amén».
Comenzaron a cantar mientras una de ellas tocaba la guitarra.
Era una canción hermosa que hablaba de encontrarse con alguien.
No sabía exactamente con quién.
Aunque tenía mis sospechas.
La melodía y sus voces eran preciosas.
El movimiento nervioso de mi pierna fue desapareciendo.
Cerré los ojos.
Mis hombros bajaron casi sin darme cuenta. Incluso dejé de apretar la mandíbula.
Hacía tanto tiempo que mi cabeza no guardaba silencio que agradecí cada minuto de aquella canción.
Cuando terminó, abrí los ojos.
Tuve que parpadear varias veces.
No estaba triste.
Solo acababa de darme cuenta de lo cansada que estaba.
Después, Barb habló sobre una mujer llamada Débora.
Una jueza.
Aquello me sorprendió.
Siempre había dado por hecho que la Biblia relegaba a las mujeres y ahora Barb me estaba hablando de una que dirigía a todo un pueblo.
Cuando terminamos, Maia seguía intentando calmar al bebé cuando la vi llevarse una mano a la muñeca.
—¿Te duele?
—Sí, la verdad. Desde hace unos meses.
— ¿Me permites revisarte? Soy fisioterapeuta. La revisé, le di algunas recomendaciones y aproveché la aplicación que Barb había insistido en que instalara en el móvil para buscarle un hueco esa misma semana.
Había olvidado que quería salir a cenar con Barb.
—Cenamos otro día, me dijo Barb al despedirse.
—Vale. La abracé
Aparqué frente a mi edificio. Apagué el motor.
Y no salí.
La radio seguía encendida.
Pero ya no la escuchaba.
Apoyé la frente sobre el volante. No sabía explicar qué había pasado. No pensaba volverme religiosa. Ni mucho menos.
Pero...
Si sonaban así las canciones... Quizá podía volver una vez más.