Capítulo 2
M e despierto con la luz del sol quemándome los párpados, abrasándome las retinas.
Gruño mientras me estiro, cobrando conciencia de dónde estoy poco a poco.
Me apoyo en el codo y bajo la vista hacia la tela retorcida bajo mi cuerpo.
¿Qué demonios? Hay toallas apiladas por encima y por debajo de mí.
Tengo la piel sucia. El recuerdo de lo ocurrido anoche regresa de golpe.
El incendio.
Las lágrimas brotan de inmediato. Me incorporo contra el cabecero, dejando caer la cabeza sobre las rodillas mientras los sollozos sacuden mi cuerpo.
Ni siquiera sé por dónde empezar. El restaurante es mi principal fuente de ingresos y, ahora que la cocina ha desaparecido, también lo han hecho mis planes para el verano.
Tendré que llamar hoy mismo a los empleados temporales y decirles que busquen otra cosa. Puta vida.
—Oye.
Archer está en el umbral de mi dormitorio, apoyado en la pared, con los pantalones de chándal caídos sobre las caderas y el pelo mojado, como si acabara de salir de la ducha. Trago saliva con dificultad, desviando la mirada.
—Buenos días —digo con voz ronca, limpiándome las mejillas y manchándome los dedos de hollín.
—¿Cómo te encuentras? —pregunta él con suavidad.
—No muy bien —admito—. No puedo creer que me desmayara de esa forma. Ni siquiera recuerdo que me traierais a casa.
—El estrés puede provocar reacciones extrañas.
Asiento con la cabeza, sorbiendo por la nariz. —¿Por qué estás aquí?
—Ayer estábamos todos tan preocupados por la cocina que a ninguno se nos ocurrió pensar en el barracón hasta que fue demasiado tarde. Lo siento, Pen.
Oh, Dios mío. El barracón. Compartía pared con la cocina. Estaba tan preocupada por salvar el comedor que ni siquiera se me pasó por la cabeza. —¿Se ha quemado entero? ¿Y vuestras pertenencias?
Niega con la cabeza, apretando los labios en una línea fina.
Maldita sea. —¿Dónde habéis dormido anoche? —¿Dónde dormirán mañana? ¿Se marcharán ahora que no tienen ningún sitio al que llamar hogar? El corazón me late con fuerza.
—Abajo —dice con timidez—. Espero que no te importe. Con el barracón destruido, no teníamos a dónde ir.
—No. Me alegro de que os hayáis quedado aquí —murmuro. Mi mirada vaga hacia el tatuaje de su pecho, siguiendo el contorno de la costa de Maine hasta llegar a su...
—No hay prisa, pero el desayuno estará listo en veinte minutos. He pensado que quizá querrías ducharte primero.
Cierro los ojos con fuerza, con las mejillas ardiendo.
Asiento, avergonzada, destrozada. La desolación me consume sin previo aviso, un tsunami de dolor que me sacude y me golpea contra las rocas.
Me hundo el rostro entre las manos, con el cuerpo temblando.
El colchón se hunde y, de repente, los brazos de Archer me rodean y me suben a su regazo.
—Todo va a ir bien, Penny. Te prometo que encontraremos una solución. —Me frota la zona lumbar con la mano, dibujando círculos pequeños para calmarme.
—No digas «encontraremos» —sollozo—. Tendréis que buscar un trabajo que incluya alojamiento. Yo no voy a ingresar nada de dinero este verano.
—Si nos quedamos y pescamos, sí lo harás —objeta.
—No será suficiente, Archer, ni de lejos. La mayor parte de lo que capturáis es para abastecer el restaurante, y es el restaurante el que paga vuestro sueldo.
—No nos vamos a ir, Penny. Los cinco ya hemos hablado. No nos moveremos de aquí.
—Pero...
—Nada de peros. Lo solucionaremos juntos en cuanto te hayas duchado y hayas comido algo.
—Se levanta y me lleva al cuarto de baño.
Mis pies tocan la baldosa fría y entonces él abre el grifo de la ducha, esperando a que el agua salga caliente antes de soltarme por completo—.
Te sentirás mejor después de la ducha. —Me besa la cabeza, y tengo el pelo tan sucio que le deja una mancha negra en los labios.
Tenía razón. Me siento mejor tras ducharme.
Me seco el pelo con una toalla y me pongo una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos antes de caminar hacia la cocina.
La escena que me recibe me deja petrificada.
Cinco hombres de cuerpos cálidos, músculos marcados y el pelo revuelto de dormir, en diversos estados de desnudez, están cocinando en mi cocina y descansando en la mesa del comedor.
No ha habido ni un solo hombre en esta casa desde que la compré, a excepción de mi hermano, así que esto es un impacto increíble para mi sistema.
El saludo de Jamie muere en sus labios mientras su mirada desciende por mi cuerpo, deteniéndose en mis pezones, que han decidido asomar bajo la tela.
Esta debe de ser la segunda o tercera vez que me ven vestida con algo que no sea un mono de trabajo, y desde luego nunca me han visto en camiseta de tirantes y pantalones cortos.
—Vuelvo... vuelvo enseguida —tartamudeo, saliendo a toda prisa por el pasillo y subiendo las escaleras.
Rebusco en los cajones hasta que encuentro mis pantalones de chándal más holgados y una de las viejas sudaderas de Lach.
Intento volver a entrar en la cocina sin llamar la atención, pero todos me miran en cuanto mi pie toca la baldosa.
Sammy se aparta de los fogones, enarcando una ceja como diciendo: «Ya hemos visto lo que hay ahí debajo, y no lo vamos a olvidar pronto».
—Buenos días —murmuro, retorciendo la manga de la sudadera entre mis manos.
Recibo una respuesta inmediata de los cinco, cada uno usando un apodo distinto. —He estado pensando y necesitamos...
—Todavía no. Hablaremos después de comer —dice Sammy con su elegante acento inglés, poniéndome un bol grande de huevos revueltos en las manos y haciéndome un gesto para que lo lleve a la mesa.
Dejo el bol sobre la mesa y Spencer se acerca por detrás de mí, apartando una silla y presionándome suavemente los hombros hasta que me siento. Me acerca a la mesa y Liam coloca una taza de té humeante frente a mí.
—Podría acostumbrarme a esto —murmuro, rodeando la taza con las manos.
—Puede que tengas que hacerlo —dice Liam soltando una risita mientras se sienta a mi lado.
¿Significa eso lo que creo? ¿Han hablado de la posibilidad de quedarse aquí ? ¿En mi casita de dos dormitorios y un baño?
¿Me parecería bien siquiera?
Pregunta estúpida. Me parece bien prácticamente cualquier cosa que tenga que ver con ellos.
Llevo tiempo alimentando unos sentimientos muy profundos que no han hecho más que empeorar en los últimos dos años.
He intentado controlarlo, pero mi corazón se niega a cooperar con mi cabeza.
Así que, hasta hoy, les he estado dando espacio.
Manteniéndome al margen. Intentando poner distancia entre nosotros para tener tiempo de olvidarlos.
Pero vivir en un pequeño pueblo isleño en la costa oeste de Escocia no ayuda precisamente a conocer a nadie que pueda ayudarme a superar tales sentimientos.
Jamie se sienta al otro lado y me llena el plato de comida antes de servirse él.
Tras dos minutos de silencio, no puedo aguantar más. —Es evidente que ya habéis hablado. Veamos qué planes habéis tramado.
—Preferiríamos escuchar tus ideas primero —dice Archer, subiéndose las gafas por el puente de la nariz, mientras esos ojos marrones tan serios me clavan en el sitio.
—Ahora mismo no tengo otra idea que el pánico, así que, por favor, adelante.
Sammy se aclara la garganta cuando ve que nadie empieza a hablar, sacrificándose por el equipo. —Sabemos que vas a decirnos que nos marchemos, pero no vamos a hacerlo, que quede claro desde el principio.
Doy un bocado a los huevos, intentando ocultar el temblor de mi barbilla.
—Creemos que deberías aprovechar el verano para hacer lo que llevas dos años diciendo que quieres hacer.
Reformar el restaurante. Ahora que la cocina ya no está, y con nuestra ayuda, podemos empezar de cero y construir una cocina profesional de última generación.
Podemos desmantelar el comedor y renovarlo también.
De todas formas, la mayor parte habrá que tirarla por el humo.
—¿Pero qué pasa con el dinero? —pregunto con la voz quebrada, sintiendo cómo la desesperanza intenta abrirse paso en mi corazón.
—Nos turnaremos para salir a pescar y usaremos ese dinero para el restaurante. Andaremos cortos de presupuesto, pero ya estamos acostumbrados.
—No, vosotros estáis acostumbrados a camas blandas y a dos comidas de restaurante al día —protesto, frunciendo los labios.
—Teníamos vida antes de venir aquí, bombón. Podemos con ello —me recuerda Spencer. He oído sus historias sobre cómo creció en el sur de los Apalaches, así que sé que dice la verdad.
—Eso sigue sin resolver dónde vais a dormir los cinco. Con el barracón destruido, nos faltan cinco camas.
—Hemos tomado medidas y caben dos literas en tu habitación de invitados —dice Liam echándose hacia atrás en la silla, con el aro dorado de su oreja captando el sol de la mañana.
—¿Y el quinto?
—¿No tienes una cama de matrimonio enorme? —pregunta Sammy con una sonrisa.
Me atraganto con la comida. —No podéis...
—¡Es broma, jefa! Nos turnaremos para dormir en el sofá.
Maldita sea. Así que mis opciones son despedirlos, quedarme sin ingresos y sin nadie que me ayude a arreglar el restaurante...
o dejar que vivan en mi casa y me ayuden a reconstruirlo.
Sé que Lach me ayudaría sin dudarlo, pero soy demasiado orgullosa para mi propio bien.
No quiero aceptar su dinero cuando sé que puedo hacerlo yo misma.
Bueno, yo misma con la ayuda de cinco hombres fornidos.
—Está bien —susurro, masajeándome la frente para intentar aliviar el dolor entre los ojos.
—¿Está bien a qué parte? —pregunta Jamie, con sus suaves ojos marrones chispeando de esperanza.
—Podéis quedaros y ayudarme. —Levanto la mano para evitar que hablen—. Gracias por estar aquí para apoyarme y por ofrecer vuestra ayuda. Os lo agradezco más de lo que podéis imaginar.
—Gracias a ti por permitir que nos quedemos en tu casa, Penelope —dice Spencer con ese profundo acento sureño que me pone la piel de gallina.
—Bueno, ¿por dónde empezamos?