Isla (La Secuencia del Amor 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

—¡ P enny! ¿Dónde estás? ¡He traído café!

Millie entra de golpe en la cocina con un portavasos en una mano y un scone a medio comer en la otra. Se queda petrificada en cuanto ve a los chicos y se queda boquiabierta, totalmente ajena a las migas que caen y se pegan a su brillo de labios rosa.

—Buenos días, Millie —saludan los chicos con una sonrisa socarrona.

—Gracias, Millie. —Le quito el portavasos y paso la mano por delante de su cara, intentando que reaccione.

—¿Qué? —pestañea aturdida y, de repente, estalla—. ¿Por qué no me llamaste anoche? ¡Me he tenido que enterar por mi vecino! Se supone que soy tu mejor amiga, Penny.

—Lo sé, lo siento, Millie. —La rodeo con mis brazos, dándole un fuerte abrazo—. Eres mi mejor amiga. Era tarde y me quedé frita en cuanto llegué a casa.

—¡No! Soy yo la que debería pedir perdón. He pasado por delante del restaurante de camino aquí y he visto los daños. ¿Qué ha pasado?

—Quería picar algo.

—Querías picar algo —repite ella con torpeza, enarcando las cejas hasta casi tocarse el nacimiento del pelo.

—No sé qué pasó. Estaba usando la freidora para hacer fish and chips y, de repente, la pared estaba ardiendo.

—Madre mía. Me alegro mucho de que estés bien.

Y al menos no ha sido todo el restaurante, ¿verdad?

—Da otro mordisco a su scone y entorna los ojos mientras mira a los chicos y a mí—.

Bueno, me voy a trabajar. Me pasaré más tarde para ver en qué necesitas ayuda.

Te quiero, Penny Lou Who. —Me lanza un beso y sale disparada por la puerta, dejando tras de sí una nube de perfume dulce.

—¿Penny Lou Who? —pregunta Archer, mirándome por encima de sus gafas.

—Es una larga historia —digo restándole importancia con un gesto de la mano.

—¿Algún parentesco con Cindy Lou Who? —pregunta Sammy—. Tienes la nariz igual que la suya. —Desliza un dedo largo por mi nariz respingona.

—Dejadnos en paz a mí y a mi nariz de Villaquién —refunfuño, saliendo de la cocina a pisotones y subiendo las escaleras para ponerme la ropa de trabajo.

Estoy de pie ante las ruinas aún humeantes de la cocina y el barracón, intentando no llorar.

Dos de las paredes de la cocina han desaparecido por completo, el techo se ha hundido y no queda ni rastro del barracón.

Uno de mis vecinos ha tenido el detalle de traer un contenedor esta mañana temprano, así que nos ponemos a trabajar para llenarlo.

Después de tres horas de trabajo agotador, el hollín nos cubre a todos de pies a cabeza. Me siento en un bulto de metal que probablemente antes era la mesa de preparación, sucia y desanimada.

—Oye, nosotros nos encargamos, jefa —dice Sammy, sentándose a mi lado—.

Hagamos una cosa. Iré a la tienda ahora mismo y compraré lo necesario para preparar un almuerzo delicioso.

Te sentirás mejor después de comer lo que yo prepare.

Te lo prometo. Trae al equipo a casa en un par de horas.

—Me da unas palmaditas torpes en la cabeza y, un minuto después, oigo el rugido de la furgoneta de trabajo y lo veo salir a la carretera.

Dos horas más tarde, la cocina está libre de escombros, el contenedor está casi lleno y, de algún modo, me siento aún más desesperanzada que esta mañana. No queda nada de la cocina. Ni una sola espátula ha salido ilesa.

—Todo irá bien, cielo —dice Spencer, acercándose por detrás y apretándome los hombros con sus manos cálidas.

Al ver que no respondo, me gira hacia él y me rodea con sus brazos. Hace tanto tiempo que nadie que no sea Millie o Lach me abraza que no sé qué hacer, así que me quedo ahí, rígida como un palo entre sus brazos.

—Madre mía. Relájate. —Me empuja suavemente la parte posterior de la cabeza hasta que la apoyo en el hueco de su hombro.

Escondo la cara en su cuello, con su piel cálida contra mi frente, y me derrumbo.

Me estrecha contra él mientras los sollozos sacuden mi cuerpo, emitiendo sonidos reconfortantes para calmarme con los labios apretados contra mi pelo.

—Tenemos que ir a ver a Sammy a casa antes de que se enfríe la comida —murmuro con hipo, negándome a soltarlo.

—Iremos.

Me aparto un poco, pasándome las manos tiznadas por la cara también tiznada, y acabo más sucia que al principio. —Das buenos abrazos —digo sorbiendo por la nariz.

—Es porque soy bajito, cielo. Pero gracias de todos modos —dice con su profundo acento sureño.

—No eres bajito —protesto, estirando el cuello para mirarlo a sus ojos gris azulados.

—Quizá no para alguien que mide uno cincuenta, pero no conozco a mucha gente que considere que un metro ochenta sea ser alto. Pero lo compenso de otras formas, no te preocupes.

Me aparto de él con las mejillas ardiendo. —Yo... no estoy preocupada —tartamudeo—. ¿Por qué iba a estarlo? —Me flaquea la voz y, de repente, deseo que se abra un agujero bajo mis pies y me trague entera. Él me mira ladeando la cabeza y un destello de picardía cruza sus ojos.

—Era broma. Siento si te he hecho sentir incómoda —dice con voz ronca, bajando la mirada hacia mis labios.

—¿O sea que no lo compensas de otras formas?

—pregunto, con la boca funcionando más rápido que el cerebro.

Joder. Inclino la cabeza hacia el cielo y cierro los ojos.

Respira, Penelope. Respira de una puta vez.

—¿Puedes reunir a los chicos para que volvamos a casa a comer?

—le pido, sin atreverme a mirarlo a la cara.

—Claro que sí, cielo, pero que conste que no mentía.

La casa huele de maravilla. —¿Qué estás cocinando? —pregunto mientras entramos en la cocina, intentando no devorar con la mirada a un Sammy sin camiseta que remueve algo en una olla al fuego.

—Estofado de rabo de toro. —Se gira hacia mí y sus labios carnosos dibujan una sonrisa—. Te va a encantar.

—Seguro que sí. Huele increíble. —Aprieto los puños para evitar hacer alguna tontería como estirar el brazo y acariciarle la piel. Parece tan suave. Y cálida. Me aclaro la garganta para recobrar el control—. No sabía que supieras cocinar.

Él se encoge de hombros. —No me ha hecho falta desde que trabajo para ti, pero me alegra tener la oportunidad ahora. No quiero olvidar todo lo que me enseñó mi madre.

—Mi estómago también se alegra de que tengas la oportunidad —río.

Suena el temporizador del horno y saca una bandeja de panecillos recién horneados que huelen a levadura.

—Estos no los he hecho yo, eran congelados —dice a modo de disculpa.

—Creo que sobreviviremos —bromeo, cogiendo lo necesario para poner la mesa.

Jamie entra en la cocina y mira por encima del hombro de Sammy para ver qué está preparando.

—Dios, eso huele de muerte. —Desliza la mano por el brazo de Sammy, apretándole el bíceps suavemente antes de sentarse a la mesa.

Me quedo mirando el lugar del brazo de Sammy durante un segundo de más, intentando descifrar lo que acabo de ver.

Sammy me tiende un salvamanteles para que lo ponga en la mesa, interrumpiendo mis pensamientos.

Los seis nos esquivamos y sorteamos unos a otros mientras cogemos las bebidas y luego nos sentamos todos, hablando unos sobre otros mientras nos servimos.

La mesa queda rápidamente en silencio cuando empezamos a comer, todos apreciando una comida increíble después de horas de duro trabajo.

Al terminar, me recuesto, observando cómo los chicos limpian sus platos. El silencio pronto se convierte en puyas entre ellos y luego en anécdotas compartidas, llenando el pequeño espacio de risas.

Esto me gusta, y mucho. No me había dado cuenta de lo sola que me sentía viviendo aquí.

—Tenemos que hablar de las comidas —dice Archer, dando unos golpecitos con los nudillos en la mesa para captar la atención de todos—.

Supongo que todos sabemos preparar al menos un plato.

—Todos asentimos—. Perfecto, ¿qué os parece si nos turnamos para hacer las cenas?

Los almuerzos pueden ser sobras o cosas fáciles de picar sobre la marcha.

Sándwiches, queso con galletas, cosas así.

—Yo me encargo del día extra cada semana —me ofrezco, gustándome la idea de poder cocinar para ellos.

—Perfecto. ¿Queda así, entonces? ¿Algo más que debamos discutir antes de volver al trabajo?

—¿Cómo vamos a organizar la compra? —Me encantaría poder decir que puedo encargarme yo sola, pero solo de pensarlo me entra ansiedad.

—Podemos hacer una lista semanal e ir a comprar juntos cada domingo —sugiere Spencer, reclinándose en su silla y entrelazando las manos tras la cabeza.

—Deberíamos poder sacar la mayor parte de los productos frescos del huerto del restaurante. —Me levanto y me acerco al hervidor para hacerme otra taza de té—. Me acabo de dar cuenta de que ahora es mi responsabilidad, ya que el personal de cocina no estará para cuidarlo.

—No —dice Liam—. Es nuestra responsabilidad. Si todos comemos de ahí, todos podemos ayudar a cuidarlo.

—Avisadme si a alguien se le ocurre algo más que debamos discutir. ¿Echamos a suertes quién cocina esta noche? —pregunta Archer, mirándonos a todos.

—Empecemos mañana por la noche. Quiero invitaros al pub como agradecimiento. —Me paso la mano por el pelo, recogiéndolo tras la oreja.

—¿Gracias por qué, Pen? Solo hacemos nuestro trabajo —dice Jamie, dándome una palmadita en la espalda.

—Arreglar mis meteduras de pata no es vuestro trabajo, Jamie —digo en voz baja.

Sé que solo intenta que me sienta mejor con todo, pero esas son las últimas palabras que quiero oír.

¿Solo soy un trabajo para ellos? ¿Su jefa?

¿Se quedan porque siguen cobrando, tienen dónde dormir y el estómago lleno?

¿O se quedan porque les importo y quieren ayudar?

Soy demasiado cobarde para preguntar así que, como de costumbre, supongo que me pasaré los próximos dos meses dándole vueltas al asunto. Joder.

—No hagas eso —dice Archer, levantándome la barbilla con un nudillo para que lo mire a los ojos—. No nos vamos a ninguna parte, Pen, y no es porque nos pagues. Es porque tú has estado ahí para todos nosotros estos últimos años, y ahora nos toca a nosotros estar ahí para ti.