Capítulo 42
— B uenos días, dormilona —me saluda Dylan bajo la suave luz de la cocina, besándome la sien mientras me tiende una taza de café humeante.
—Buenos días —murmuro, frotándome los ojos para quitarme el sueño.
Le miro por encima del borde de la taza mientras soplo el café; se me va la vista a los pantalones de chándal que descansan bajos en sus caderas, a los ágiles músculos de su abdomen que desaparecen bajo la cinturilla.
Tengo muchísimas, muchísimas ganas de descubrir qué hay debajo.
—¿Te apetece una cita esta noche? —pregunta Dylan, sacando dos bagels del tostador y untándoles una generosa capa de queso crema. Aspiro el aroma dulce y a levadura de los bagels recién hechos como un león que olfatea a su próxima presa.
—¿Hambre? —La comisura de su boca se eleva y sus ojos chispean mientras me da un plato. Me dejo caer en la silla, con un aspecto que seguramente recuerda a Gollum cuando encuentra el anillo. Le doy un bocado gigantesco, poniendo los ojos en blanco mientras un gemido impío escapa de mi boca.
—Por favor, no me dejes nunca —suplico con la boca llena. Necesito sus bagels cada mañana por el resto de mi vida.
—Sobre esa cita... No estaba seguro de si estarías demasiado cansada después de lo de ayer —dice Dylan, estirando el brazo para limpiarme un churrete de queso crema del labio.
—¿Qué tenías pensado?
—Hay una feria en Stromness que me ha parecido que podría ser divertida. Podríamos ir a primera hora de la tarde para no volver muy tarde.
—Me encantaría. —Me inclino y le doy un beso en la mejilla, agradecida por tener esta mañana tranquila a solas con él—. ¿Qué planes tienes para hoy?
—Estoy a punto de ir hacia el castillo con el resto de los bagels. Tenemos una reunión con Charlie en una hora para revisar algunos de los detalles más pequeños de la obra. ¿Y tú? —pregunta, dando un sorbo a su café.
—Creo que me iré contigo. Necesito hacer una lluvia de ideas y esbozar el diseño interior de la cervecería. No puedo hacer nada más hasta que tenga eso resuelto. Además, así mis pies tendrán tiempo de recuperarse del caos de la última semana.
Quince minutos después, Dylan y yo, junto con una bolsa de papel llena de bagels, caminamos por la carretera hacia el castillo, sin querer desperdiciar ni un segundo de este tiempo maravilloso.
Tras repartirlos y recibir un montón de besos de buenos días y de gestos de cariño, me zampo otro bagel mientras observo a Charlie y a los chicos debatir diferentes elementos del diseño.
Quiero escuchar —debería escuchar—, pero no puedo evitar relajarme bajo el calor del sol que entra por las ventanas.
Apoyo mi bloc de dibujo en el regazo y deslizo lentamente el lápiz sobre el papel, trazando los límites del espacio de la cervecería.
Siempre que me la imagino, pienso en la zona de elaboración abierta al resto del edificio.
Calderas de cobre brillante alineadas contra la pared del fondo, dejando claro que fabricamos nuestra propia cerveza y que estamos orgullosos de ello.
Quiero que el resto del espacio fluya sin interrupciones entre la zona de asientos interior y un jardín de cerveza.
Quizá lo más importante es que tiene que ser apto para familias.
Básicamente, todo lo contrario al pub. Tendré que preguntarles a los chicos qué les parece que ofrezca aperitivos de bar.
Obviamente, tendría que ser algo distinto a la comida que sirven en el pub.
Y, para ser sincera, ni siquiera sé cómo funcionaría eso.
No tenía pensado contratar a un chef. ¿Quizá algo sencillo como tablas de embutidos?
Garabateo la palabra «comida» en el borde del papel con un signo de interrogación. Tendré que pensarlo más adelante.
Me inclino por asientos cómodos en lugar de las tradicionales mesas y sillas de madera.
Sillones, sofás y cosas por el estilo; donde la gente pueda ponerse cómoda y quedarse un rato.
Quizá varias mesas largas para grupos más grandes y estanterías con libros y juegos de mesa.
Lo que más quiero es que la gente se sienta como en casa.
Termino de abocetar mis ideas en el papel y acabo con una vista de pájaro algo reconocible de la cervecería y el espacio exterior.
—¿Qué te parece? —le pregunto a Charlie mientras acerca una silla a mi lado y se deja caer, haciendo una pequeña mueca de dolor. Le paso el bloc y me siento en el suelo, subiendo sus pies a mi regazo.
—Eres un ángel —gruñe ella, recostándose en la silla y apoyando el boceto sobre su vientre mientras le masajeo los pies—.
¿Esta es la pared del fondo? —pregunta, asegurándose de que lo tiene en la posición correcta.
Asiento, observando su rostro en busca de pistas mientras lo estudia.
Se toma su tiempo y una sonrisa se extiende lentamente por su cara—.
Esto va a ser increíble, Isla. Estoy jodidamente orgullosa de ti.
—¿Crees que debería cambiar algo?
—Ni una sola cosa. ¿Por qué gama de colores te has decidido?
—Verde y dorado.
—Va a quedar precioso. No puedo esperar a verlo terminado. —Deja el boceto sobre mi silla y cierra los ojos. Parece agotada.
—¿Cómo te encuentras? Quedan menos de dos semanas, ¿verdad? —le pregunto, hundiendo los pulgares en las plantas de sus pies.
—Tengo muchísimas ganas de que nazca ya este bebé. Me duele todo el cuerpo. No puedo dormir. Tengo que ir a mear cada diez minutos.
—¿Hay algo que pueda hacer para ayudar?
—Absolutamente nada. Los hombres ya me tienen entre algodones. De hecho, me sorprende que me hayan dejado venir hoy. Se portan como si fuera de cristal y pudiera explotar espontáneamente en cualquier momento.
—Madre mía. Yo también estaría deseando dar a luz —digo, haciendo una mueca.
—Sé que actúo como si fuera molesto, pero se han portado de maravilla. Aunque no hace falta que te lo diga a ti.
—Me alegro mucho por los cuatro, Charlie. No veo la hora de que empecéis este nuevo capítulo de vuestra vida.
—Así que dime —susurra ella, abriendo los ojos—, ¿cómo va la cosa entre vosotros cuatro? —Charlie mira a su alrededor para asegurarse de que los chicos no están escuchando.
—Bien. Muy bien. Tan bien que me da miedo gafarlo si hablo del tema.
—Dios, me acuerdo de aquellos días. Estoy aquí si alguna vez necesitas hablar. Ahora vete —dice, ahuyentándome con la mano—. Dylan está esperando para dejarte sin aliento. —Miro hacia arriba y veo a Dylan a un lado, observándonos con una suave sonrisa en el rostro.
—¿Qué pasa? —pregunto, riendo mientras me levanto y me sacudo la parte trasera de los vaqueros.
Dylan sonríe, negando ligeramente con la cabeza. —El vínculo que tenéis las dos es muy especial.
—Exacto, así que si le haces daño, yo... —Charlie se pasa el pulgar por la garganta, guiñándome un ojo antes de levantarse y alejarse con andares pesados.
—Vaya.
—Ya la has oído —me río mientras la veo subir los escalones de la terraza y desaparecer en el interior antes de volverme hacia Dylan—. ¿Listos para irnos?
—Sí, Henry y Theo han dicho que pueden terminar el trabajo de hoy sin mí, así que si quieres que nos vayamos ya, podemos.
—Me parece perfecto. Tengo que coger unas cosas de casa antes de irnos.
—Yo también —dice él, bajando el tono de voz una octava, cargándola de insinuación.
El corazón me da un vuelco ante el ardor de su mirada y salgo disparada hacia la casa, dándome cuenta a los pocos pasos de que no tengo ninguna oportunidad contra alguien que compite en triatlones.
Finge dejarme ganar hasta que doy el primer paso dentro de la casa, y entonces aparece tras de mí, cerrando la puerta de golpe y empujándome contra ella, con sus labios recorriendo mi mejilla, mi mandíbula, mi cuello.
—Podría pasarme la eternidad con mis labios sobre tu piel y aun así no sería suficiente —murmura, atrapando mi boca con la suya.
Me abro para él, invitándole a entrar, nuestras lenguas enredándose y los dientes chocando mientras la necesidad nos empuja a estar cada vez más cerca.
Busco la parte delantera de sus pantalones, cerrando mi mano sobre su dureza; mis labios se curvan contra los suyos al notar su rápida toma de aire, su gruñido de dolor.
Desciende besando mi garganta hasta el esternón, deteniéndose para pasar los dientes por mis dos pezones antes de caer de rodillas y bajarme los pantalones.
Los callos de las yemas de sus dedos se enganchan en mis bragas mientras desliza su dedo por la humedad de mi hendidura.
Emite un tarareo de aprobación, un sonido que viene desde lo profundo de su pecho, haciendo que mi piel se erice de deseo.
Enganchando el dedo en el trozo de encaje entre mis piernas, lo aparta a un lado, explorándome con la lengua, lamiendo mi clítoris.
—Vayamos al dormitorio —digo con voz ronca, enredando mis dedos en su pelo oscuro.
Sacude ligeramente la cabeza y, de repente, me penetra con dos dedos.
Muevo las caderas, atrayéndolo hacia mí, restregándome contra su boca mientras mi orgasmo se avecina.
Justo cuando estoy a punto de correrme, se retira, respirando con dificultad, con los labios brillantes.
—Todavía no —jadea, reacomodándose la polla en los pantalones, con expresión de dolor.
—¿Por qué no? —gimo mientras él se levanta y me vuelve a subir los pantalones.
—Porque cuanto más esperemos, mejor será.
—Pero ahora será bueno —protesto, con el latido del corazón pulsando entre mis piernas, exigiendo más.
—Confía en mí —gruñe, apretándome de nuevo contra la puerta, con sus labios cubriendo los míos, nuestros sabores mezclándose en nuestras lenguas.
Hago todo lo posible por atraerlo al lado oscuro con mi boca, pero su control es infalible—.
Coge lo que necesites y nos iremos a la feria —dice, rompiendo el beso.
Miro un instante la determinación en sus ojos y salgo corriendo hacia mi habitación para coger una goma de pelo, protector labial y mi cartera.
Por mucho que desee acostarme con él ahora mismo, me encanta que me mande.
Después de haber tenido el control toda mi vida, es un alivio entregarlo en el dormitorio a veces.
Me permite conectar con mi lado más femenino y dejar que me cuiden.
Experimentar el lado más suave de la vida. Nadie me había dado esa opción antes.
Me reúno con Dylan junto a la puerta del garaje y le lanzo las llaves del Mustang, lista para el viaje de mi vida.