Capítulo 43
P or mucho que me apasione conducir mi coche, no se puede negar que tiene su encanto ser una «princesa de copiloto» por un día.
Dylan me sorprende parando en la cafetería para comprar café para el camino: caliente para él, con hielo para mí.
Me conoce bien. Lo miro de reojo mientras se incorpora a la carretera principal, y mi vista se clava en cómo la luz del sol dora el vello de sus brazos.
La forma en que su mano sujeta la parte superior del volante, con las venas marcándose en el dorso y subiendo por el antebrazo.
Y, sobre todo, la forma en que su mano busca mi muslo cada vez que hay una recta.
Me deleito en el resplandor de su amor, sintiendo cómo me desprendo de capas de mi exterior espinoso para sumergirme en la ternura de ser una mujer muy querida.
Su piel está caliente bajo las puntas de mis dedos mientras recorro su mano, incapaz de soportar la idea de no tocarlo.
La Isla de hace un par de meses no reconocería a esta mujer dulce y mansa, feliz de ir en el asiento del pasajero.
—¿De qué te ríes? —pregunta Dylan, al notar la sonrisa que asoma en las comisuras de mis labios.
—De mí misma —admito, negando con la cabeza—. No estoy segura de reconocer en quién me estoy convirtiendo con vosotros tres.
—¿En qué sentido?
—Estoy perdiendo mi agresividad.
—¿Y eso es algo malo? —pregunta, mirándome de reojo.
—No lo sé —le digo con sinceridad.
—¿Te gustaría saber lo que veo yo?
Asiento con la cabeza. Me encantaría.
—Cuando te conocimos, eras como el capullo de una rosa apretado. Noventa por ciento espinas. Centrada en mantener tus partes íntimas ocultas del mundo. Ahora, has florecido hasta convertirte en la mujer más hermosa que jamás he visto.
Me llevo su mano a la cara, presiono mis labios contra su palma y giro la mejilla para descansar allí un segundo, disfrutando de su calor. Dios, no recuerdo haberme sentido así nunca. Es emocionante y aterrador al mismo tiempo.
Lo primero que hacemos después de aparcar el coche es besuquearnos como un par de adolescentes.
Me rodea la nuca con los dedos, atrayéndome mientras se inclina para encontrarse conmigo a mitad de camino, y nuestros labios chocan como si estuviéramos hambrientos del contacto del otro.
Su pulgar me acaricia la mejilla y los recuerdos de anoche acuden de golpe; la sangre me ruge por las venas y el calor se acumula entre mis piernas.
Jadeo, y él aprovecha para profundizar el beso, succionando mi labio inferior, explorando mi boca con su lengua.
—Quizá esto ha sido una idea horrible —dice, apartándose un poco y pegando su frente a la mía—. Deberíamos habernos quedado en casa. Hacer el amor hasta quedarnos dormidos hechos un desastre sudoroso y pegajoso.
—Aún podemos hacerlo después de la feria —le recuerdo, riendo entre dientes.
Me desabrocho el cinturón y él entra en acción, saltando del coche y corriendo para abrir mi puerta antes de que pueda hacerlo yo misma.
Le doy la mano, dejando que me ayude a salir.
Cierra la puerta y me empuja contra ella; su cuerpo queda pegado al mío, con su erección dura contra mi vientre.
—Tienes razón —jadeo, pasando la lengua por la comisura de sus labios—. Deberíamos habernos quedado en casa.
Se oye el portazo de un coche y nos separamos de un salto, como si nos hubieran pillado.
—Venga, Pencas, vamos a divertirnos. —Su mano hace que la mía parezca diminuta mientras me aleja del coche hacia la entrada.
Los sonidos y las luces de la feria me recuerdan a cuando era joven y venía con Jack y sus amigos del colegio.
Hay nostalgia en cada grito de emoción, en cada silbato, en cada luz parpadeante.
El peso del mundo se me resbala de los hombros al cruzar las puertas, y vuelvo a ser mi yo más joven, sin responsabilidades y con el resto de mi vida por delante.
—¿Ibas a ferias cuando eras más joven? —le pregunto a Dylan mientras nos dirigimos directos al puesto de algodón de azúcar.
—Íbamos a la feria estatal todos los años. Era muy parecido a esto. Allí guardo muchos de mis mejores recuerdos con mis padres.
Intercambiamos historias mientras me da trozos de algodón de azúcar de su mano, rememorando nuestros días de dedos pegajosos y flechazos infantiles.
Solía pensar que daría casi cualquier cosa por poder retroceder en el tiempo a los días en que mi familia estaba unida, con mis padres vivos.
A los días en que no conocía ese dolor en el pecho que nunca parece desaparecer del todo.
Pero mientras caminamos de la mano, me doy cuenta de que he superado esa forma de pensar.
Como una mariposa que emerge de su capullo, los chicos me han dado una nueva forma de apreciar la vida. Un nuevo propósito.
—Elige el peluche que quieras —dice Dylan, sacándome de mis pensamientos.
Estamos al principio de una larga avenida flanqueada por casetas, con todos los feriantes gritando para que la gente juegue por una oportunidad de ganar.
En cuanto veo la vaca de las tierras altas, grande y peluda, sé que tiene que ser mía.
—Esa —digo, señalándola, incapaz de contener una sonrisa de oreja a oreja.
—Hecho. —Me aprieta la mano antes de soltarla para acercarse al mostrador.
En ese momento me doy cuenta de en qué puesto estamos.
Es uno de esos que tienen la escalera colgada en diagonal.
Para ganar, solo hay que llegar a la cima.
Pero he jugado a este juego todos los años de mi infancia, segura de que podría lograrlo. Nunca lo hice.
—Este es uno de esos que tienen truco —susurro, tirando de la camiseta de Dylan para llamar su atención.
—Puedo hacerlo —me asegura, besándome la sien.
—Nunca he visto ganar a nadie, Dylan. Es tirar el dinero.
—Ganar esa vaca para ti no es tirar el dinero.
—Me guiña un ojo antes de volverse hacia el feriante y entregarle varios billetes.
El hombre suelta su discurso y entonces Dylan se descalza, mete los calcetines dentro de los zapatos y se acerca a la escalera descalzo.
Llega a las tres cuartas partes del camino en su primer intento antes de caer a la colchoneta, y luego vuelve corriendo al inicio, decidido a ganar.
Empiezo a corear su nombre y la gente se agolpa para mirar, uniéndose a mí.
Casi irradio orgullo mientras lo vitoreamos y, de repente, está en la cima, alzando un puño en señal de victoria antes de dejarse caer con agilidad al suelo.
Cuando el feriante le entrega el peluche gigante, él lo levanta al aire para celebrarlo, hincando una rodilla en tierra para presentármelo.
—Tu vaca, milady. —Sus ojos brillan, sus pecas destacan bajo las luces de neón y me invade un sentimiento de amor tan fuerte que ni siquiera cojo la vaca antes de rodearle el cuello con los brazos y besarlo profundamente.
—Has hecho que parezca fácil —le susurro contra los labios.
Él sonríe, con la boca curvada contra la mía, pero no me suelta hasta que me separo para respirar, con las mejillas encendidas.
Apenas rompemos el contacto visual mientras se vuelve a poner los calcetines y se ata los zapatos; la tensión entre nosotros es densa y pesada.
Dylan lleva la vaca bajo un brazo y con el otro me rodea la cintura mientras paseamos por el recinto, con rayas rosas y naranjas decorando el cielo sobre nosotros.
La noria nos atrae como un imán, prometiendo cierta privacidad por encima del mundo.
Con la vaca bien acomodada en un lado de la cabina, Dylan y yo nos sentamos en el otro, pegados, con su mano masajeándome el muslo mientras nos elevamos en el aire.
En cuanto estamos por encima del nivel de los ojos, Dylan me agarra la pierna más alejada de él y me la coloca alrededor de su cadera, de modo que quedo a horcajadas sobre él.
Sus labios se encajan con los míos de una manera que me indica que esto es lo único en lo que ha estado pensando.
Apoya sus manos sobre mi trasero, atrayéndome hasta que su dureza se acomoda en el calor entre mis piernas.
Luego me rodea con los brazos, profundizando el beso, gimiendo dentro de mi boca mientras balanceo mis caderas contra él.
Apenas notamos que la noria se pone en marcha y se detiene; el mundo exterior desaparece mientras colgamos a quince metros de altura, perdidos el uno en los brazos del otro.