Capítulo 14
—¿ L ista para irnos, Pecas? —Dylan me mira desde el asiento del conductor; desprende oleadas de entusiasmo y sus elegantes manos se flexionan sobre el volante.
Los chicos han tomado prestado el viejo Defender de Cam y a Dylan le sienta de maravilla; resalta sus rasgos rudos y toscos, y me recuerda que no es solo un buen chico...
sino un buen chico increíblemente atractivo .
Me abrocho el cinturón, intentando no quedarme embobada mirando al camaleón que tengo al lado.
Es la tercera vez que recuerdo lo terriblemente equivocada que estaba mi primera impresión sobre él.
Hoy lleva un abrigo de lana del mismo color que sus ojos, vaqueros oscuros y botas de cuero.
—Estás muy guapo. ¿Te eliges tú mismo la ropa? —pregunto, y siento que me arden las mejillas en cuanto las palabras salen de mi boca. Qué estupidez.
—Sí —se ríe entre dientes—. Me interesa la moda sostenible desde hace unos años. Vi un vídeo sobre armarios cápsula y me lancé a ello.
Arqueo las cejas. —¿Ah, sí? Yo siempre he querido hacerme uno, pero nunca he encontrado el momento. Quizás podamos ir de compras si nos sobra tiempo y me enseñas tus trucos.
—Me encantaría, pero tú no necesitas mi ayuda en lo que a moda se refiere. Me das envidia por lo genial que te ves sin apenas esfuerzo. —Su mirada recorre mi cuerpo, provocándome un escalofrío.
—Vaya, gracias. —No puedo evitar sonreír, y Dylan me devuelve la sonrisa multiplicada por diez; sus hoyuelos me revuelven el estómago. No he conocido nunca a nadie como él. Siento que podría ir quitando capa tras capa y seguiría aprendiendo cosas nuevas.
—¿Vas a decirme a dónde vamos? —Anoche, cuando me envió un mensaje para preguntarme si me apetecía ir a echar un vistazo a algunos pubs, me dijo que él lo planearía todo, que yo solo tenía que presentarme.
—Vamos a Inverness. En principio quería quedarme en las islas, pero no creo que consigamos la inspiración necesaria sin ir a una ciudad más grande.
Asiento, de acuerdo con él. —Mientras tengas programada una parada para tomar café en este viaje, me parece perfecto.
—No te preocupes, no me he olvidado de tu adicción a la cafeína. —Entramos en la terminal del ferry, aparcamos el coche donde nos indica el operario y entonces Dylan salta del asiento y rodea el vehículo para ayudarme a abrir la puerta—. Tenemos unos veinte minutos. Si corremos, llegamos.
—¡Dylan!
—No hay tiempo para discusiones, vamos.
—¡Puedo tomarme el café en el ferry! —protesto, intentando ignorar el chispazo de deseo que me recorre el cuerpo cuando me coge de la mano.
—Los dos sabemos que eso no es lo bastante bueno.
—Me dedica una sonrisa y echamos a correr, esquivando coches y subiendo por la calle.
Me falta el aliento para cuando llegamos a la cafetería, y tomo nota mentalmente de añadir más cardio a mi rutina de gimnasio.
Dylan parece recién peinado, como si no hubiéramos hecho más que dar un paseo relajado.
—¿Cómo es que no te falta el aire? —jadeo, apoyando las manos en las rodillas mientras lucho por meter aire en los pulmones.
—Soy un atleta de élite, Isla. ¿No lo sabías?
Le devuelvo el guiño con una mirada fulminante, limpiándome el sudor del labio superior.
Él levanta las manos en señal de rendición. —Antes de mudarnos, participaba en triatlones. Tendré que volver a entrenar antes de empezar a perder la forma.
—¿Triatlones? Siempre he querido hacer uno, pero solo de pensar en el entrenamiento ya me intimida.
—No son para tanto después del primero.
—¿Cuántos has hecho?
—Mi objetivo son tres al año.
Madre mía. —¿Cuál fue el último? —Llega nuestro turno antes de que pueda responder, pero empiezo a sospechar cuando sigue sin contestar después de que nos apartamos a esperar—. ¿Estás evadiendo mi pregunta?
—No —se ríe—. Es que no quiero intimidarte. —Le sale el hoyuelo y el brillo de sus ojos hace que me tiemblen las rodillas.
—¿Intimidarme?
—Por eso estuvimos en Escocia el verano pasado.
Hago memoria y comprendo. —No me lo creo.
¿Estuviste aquí para el Ironman? —Él asiente y un leve rubor le sube por las mejillas—.
Pensaba que estabas bromeando con lo de atleta de élite.
Joder, Dylan. —Noto el alivio en sus ojos cuando el camarero dice su nombre.
Se empeña en llevarme el café de vuelta al coche y no me lo da hasta que estoy bien sentada —.
¿Qué te hizo decidirte a empezar a hacer triatlones?
—le pregunto una vez que se ha sentado a mi lado.
Reflexiona sobre la pregunta y tarda un momento en responder. —Empezaba a creerme la percepción que la gente tenía de mí... que solo era un empollón al que le gustaban los números. —Me mira—. Quería demostrar que soy algo más que mi cociente intelectual.
—Nunca lo había pensado así. Sé que a los atletas se los suele encasillar, pero supongo que no me había dado cuenta de que también pasaba al revés.
Se encoge de hombros. —No ayuda que Henry y Theo fueran deportistas en el instituto.
Tuve una buena dosis de envidia que espoleó mi decisión.
—No puedo apartar la vista de su mano mientras mete la marcha y sigue la fila de coches hacia el ferry.
En cuanto aparcamos, me coge de la mano y corremos hacia el interior para conseguir los mejores asientos.
—Me alegro de que estemos haciendo esto —susurro, mirándole con un asomo de timidez.
—Yo también. —Me sostiene la mirada mientras da un sorbo a su café, lamiéndose la espuma del labio superior—. Ahora te toca a ti contarme tus secretos.
—La verdad es que no tengo ninguno. Lo que ves es lo que hay.
—Dudo mucho eso —dice, y sus ojos acarician cada centímetro de mi piel. No estoy segura de si se da cuenta de lo que está haciendo, pero la respuesta de mi cuerpo es instantánea—. Cuéntame algo que te apasione, entonces.
—Me encanta planear las fiestas en el castillo. —Dios, suena tan superficial. Me tapo las mejillas, ocultando mi vergüenza.
—¿Qué tipo de fiestas?
—Pronto será el baile de máscaras anual, y luego el baile de Oidhche Shamhna.
—¿El qué?
—Halloween —aclaro, riéndome ante su cara de confusión.
—Eso es gaélico, ¿verdad? Di algo más. Por favor.
—Tha thu bòidheach.
—¿Qué significa? —pregunta, tropezando con las sílabas.
—Eres guapo.
Se queda inmóvil y traga saliva. —¿Lo dices en serio?
—¿Te has visto? —Mi mirada lo recorre, apreciando la belleza de esos grandes ojos marrones, la franja oscura de sus pestañas y esos hoyuelos que ya empiezan a encantarme.
—Nadie me había dicho eso nunca.
—Me aseguraré de decírtelo más a menudo, entonces.
—Por impulso, me inclino hacia él y le rozo la mejilla con los labios.
Su aroma me golpea de lleno. —¡Dios, qué bien hueles!
—Escondo la cara en su cuello, inhalando su olor.
Cítricos especiados con un toque de almizcle.
Me rodea con el brazo y apoyo la cabeza en su hombro, disfrutando de la tranquila intimidad del momento.
El viaje en ferry y el trayecto en coche hasta Inverness pasan volando. Dylan pone una lista de reproducción que ha hecho específicamente para hoy y cantamos a pleno pulmón durante las cinco horas. Casi me he quedado sin voz para cuando aparcamos en el centro de la ciudad.
El primer pub está animado a pesar de que apenas pasa de la una de la tarde.
Optamos por un reservado para poder hablar abiertamente sin que el camarero nos oiga.
El ambiente es inmejorable y, por primera vez desde que acepté que había perdido el pub, siento nostalgia al pensar en lo que podría haber sido.
—No sé por qué pensé que esto era una buena idea —dice Dylan, leyéndome como un libro abierto.
—No pasa nada.
—No, no es que no pase nada. Te estoy pidiendo que participes en una sesión para construir un sueño que te arrancamos de las manos, Isla. No es puto justo.
—Oye. —Le cojo la mano y se la aprieto suavemente—. Te perdono. Os perdono a tus hermanos y a ti. No lo hicisteis a propósito, y eso es lo que cuenta. Es normal que uno mire atrás a lo que podría haber sido y se sienta un poco triste.
—Eres demasiado buena para nosotros, Isla. Somos básicos, complicados. El caos nos persigue allá donde vamos.
—Estás hablando mi idioma, grandullón. —Empieza a protestar, pero le pongo un dedo sobre los labios, dejándolo ahí más tiempo del necesario—.
Me hace feliz estar aquí contigo, siguiendo con el sueño de lo que el pub puede llegar a ser en el futuro.
Puede que no sea mío, pero sigue significando mucho para mí.
—Él me agarra la muñeca, me gira la mano y me besa la palma.
—Creo que nunca me acostumbraré a lo buena persona que eres —murmura, y la profundidad de sus ojos me atrae hacia él.
—Si hubieras podido oír mis pensamientos cuando aparecisteis los tres, no pensarías lo mismo —me río.
—¿Estabas lista para asesinarnos?
—A ti y a Henry solo os habría mutilado. Con Theo ya había empezado a cavar el agujero. —Doy un sorbo a mi cerveza, cerrando los ojos mientras los sabores estallan en mi lengua. Es fenomenal.
—Avísame la próxima vez. Te ayudaré.
—¡Dylan! ¡Que es tu hermano!
—Subestimas lo mucho que me molestó todo este asunto. Hacía mucho tiempo que no estaba tan enfadado con él.
—Hagamos que esta sea la última vez que hablamos del tema, ¿vale? No quiero darle más vueltas. Lo hecho, hecho está.
Dylan asiente a regañadientes y levanta su vaso. —Por el futuro.
Choco mi vaso con el suyo, con nuestras miradas fijas mientras bebemos.
—¡Maldita sea, qué buena está! —Saca el menú y desliza el dedo por él hasta llegar a la cerveza que hemos pedido—. Es una cerveza local —dice, impresionado—. ¿Hay alguna fábrica de cerveza en Harris?
—No, la más cercana está en Stornoway.
—¿Has pensado alguna vez en abrir una?
Me paso las manos por el pelo, echándomelo sobre el hombro. —Sí, la verdad es que sí. Hice un curso de verano hace un par de años.
—¿Qué pasó?
—La vida. —Me encojo de hombros. Era un sueño imposible, y lo sabía.
—¿Aún quieres hacerlo?
Desempolvo con cuidado el viejo sueño de empezar un negocio desde cero, algo que pueda sentir como mío. Imagino mis creaciones en concursos, viendo cómo se comparan con las de mis colegas, construyendo un legado para mí.
—Bueno, diría que eso es un sí —se ríe Dylan, percibiendo mis emociones.
—Estoy segura de que sería difícil de narices, pero tener algo propio siempre me ha resultado atractivo.
—¿Tienes algún sitio donde hacerlo? Podríamos ayudarte con la instalación.
—Cuando lo estaba considerando seriamente, Jack me ofreció el lado vacío del establo.
—Creo que deberíamos sentarnos todos a hablar cuando volvamos —dice, recorriendo distraídamente mi mano con la punta del dedo.
—¿Quiénes somos «todos»?
—Los chicos de Charlie y tus chicos.
—¿Mis chicos? —Arqueo una ceja hacia él.
Suena una alarma y Dylan echa un vistazo a su teléfono. —Hora de ir al siguiente pub.
—¿Has puesto una alarma? —No puedo evitar que se me escape una sonrisa.
—Varias. Si no, ¿cómo vamos a cumplir el plan y volver al ferry a tiempo?
—Dios, te quiero. —Él se queda helado y yo me bebo lo último de mi cerveza, muerta de la vergüenza. Me aparto de la mesa sin mirarlo y camino hacia la barra, sacando la tarjeta del bolsillo trasero.
Él me acorrala contra la barra, con el pecho caliente contra mi espalda. —Ni se te ocurra. Estás aquí como un favor para nosotros, no vas a gastar ni un céntimo.
No puedo evitar el escalofrío que me recorre la espalda; la anticipación me corre por las venas.
—¿Ese escalofrío ha sido por mí? —El deje ronco de su voz agita algo en lo más profundo de mi vientre.
Su mano me roza la cadera mientras se inclina hacia adelante para darle su tarjeta al camarero, y esos dedos largos y elegantes se posan en mi cintura.
Me cuesta todo mi autocontrol no darme la vuelta entre sus brazos.
Tengo que controlarme. Tomármelo con calma. Él es el último obstáculo antes de lanzarme de cabeza a una relación con los tres. Necesito estar segura al cien por cien de que eso es lo que quiero antes de dar este último paso.
Su otra mano rodea suavemente la base de mi garganta; su pulgar roza mi pulso.
Oh, Dios. Mi ritmo cardíaco se dispara, con la adrenalina a flor de piel.
Me giro y me escabullo por debajo de su brazo, murmurando algo sobre esperarlo fuera.
Cruzo la puerta de un empujón y apoyo la espalda contra la fachada del edificio, obligándome a respirar hondo.
Dylan sale de golpe por la puerta. —¿Qué pasa? —Me escanea de arriba abajo y su mirada vuelve a mi rostro cuando se convence de que no estoy herida.
—¿Estás seguro de que esto es lo que quieres? —pregunto, escudriñando su mirada, desesperada por saber la verdad.
—¿Qué es «esto», Isla?
—Verse atrapado en una relación con tus hermanos cuando la última vez os destrozó. Estar con alguien que no está dispuesta a elegir entre los tres. ¿Cómo es eso justo para ninguno de vosotros?
Me aparta las manos de la cara y entrelaza sus dedos con los míos.
—Primero, nunca he estado más seguro de nada en mi vida.
Segundo, la razón por la que sé que esto funcionará es porque no estás dispuesta a elegir entre nosotros.
—Deposita un beso en mi frente, y la intimidad de ese gesto hace que se me salten las lágrimas—.
Tercero, no quiero a nadie que no seas tú, Isla.
Llevo soñando con este momento desde aquel día en el pub hace un año.
—¿Con este momento? —pregunto, con el labio inferior tembloroso.
Asiente en silencio, me sube la mano para que le rodee el cuello y luego me acuna la cara; su pulgar me acaricia el labio inferior.
—¿Por qué este momento? —pregunto, abandonándome a su contacto.
—Porque sabía que, si alguna vez tuviera la oportunidad de besarte, sería el primer día del resto de mi vida. —Se acerca más; el sol brilla sobre él, acentuando los ángulos de su rostro, enviando una oleada de deseo ardiente por todo mi cuerpo.
—¿A qué esperas, entonces? Bésame.