Capítulo 13
THEO
¿ C ómo podré volver a ser el hombre que era antes de ella? ¿Antes de sus gemidos suaves? ¿Antes de que se quedara lánguida en mis brazos y se corriera en mis manos? Estoy absoluta y jodidamente arruinado.
—Toma —dice con las mejillas teñidas de rojo mientras abre el tapón de un bote de gel desinfectante y echa un chorro en mi palma abierta.
—No te avergüences —le doy un toquecito en la barbilla con el nudillo; el corazón me da un vuelco cuando esos luminosos ojos verdes se encuentran con los míos—. Eso ha sido jodidamente mágico.
—Gracias —susurra, y su voz ronca me provoca un tirón en los huevos.
—No. Gracias a ti .
—¿Por qué?
—Por entregarme tu cuerpo. Por dejarme pelar las capas para ver las partes que mantienes ocultas. Y joder, es magnífica —no puedo evitar saborear sus labios de nuevo, y suelto un gruñido cuando ella ladea la cabeza y me atrae más cerca. Esta vez es mi estómago el que nos interrumpe.
—Anda, Gruñón. Vamos a buscar algo de comer.
Mis labios se curvan ante el apodo, me gusta a mi pesar.
Isla me hace un gesto para que suba yo primero y luego se sube detrás de mí, pegándose a mi espalda y rodeándome la cintura con las manos.
Sigo sus indicaciones y me detengo en el arcén junto a un puesto de carretera.
Parece una casa escocesa en miniatura: tablones blancos y tejado verde.
—Funciona con un sistema de honor —explica ella, abriendo la pequeña puerta y desapareciendo en el interior.
La sigo, agachándome para pasar por el umbral.
El olor casi me hace caer de rodillas. Isla lee las etiquetas escritas a tiza con trazo tosco.
Pastel de pescado. Curry de verduras. Empanadillas de cordero.
Scones de queso. Tartas frangipane. En la esquina hay una olla enchufada con sopa de cigalas.
—¿En qué clase de paraíso acabamos de entrar?
—¿A que es maravilloso? Los padres de Greer se hicieron cargo hace años. Supongo que algún día Greer tomará el relevo. Al menos, espero que lo haga.
—¿Y dejar el pub? —la ansiedad hace que se me tensen los hombros hacia las orejas.
Me mira con curiosidad. —Conozco a un chef increíble que podría ocupar su lugar fácilmente.
—¿Quién? —saco el móvil y abro la aplicación de notas, listo para apuntar el nombre.
—Tú, tonto —sus palabras son suaves y dulces. Reverentes, incluso.
—¿Yo?
—¡Sí, tú! Eres brillante en la cocina. Creo que nunca olvidaré aquel pastel de carne. Estoy bastante segura de que ese fue el día en que yo... —se detiene de repente, cerrando la boca de golpe.
—¿Tú qué? —le ruego en silencio que termine la frase, desesperado porque admita que comparte esta necesidad insaciable dentro de mí que solo se calma cuando ella está cerca.
Ella niega con la cabeza, volviéndose hacia los estantes.
No puedo apartar los ojos de ella mientras elige una hogaza de pan y sirve sopa en un recipiente para llevar.
Se gira de nuevo hacia mí, lamiéndose los labios, con la mirada fija en mi boca.
—Theo —su voz suena estrangulada, la tensión envolviéndonos.
—No digas mi nombre así —le suplico, apretando los puños para evitar alargar la mano hacia ella. La luz de la ventana acaricia su pelo, volviéndolo rojo cereza; un rayo de sol le cruza el ojo, el verde luminiscente me mira y me roba el aliento de los pulmones.
—Theo.
—Maldita sea, Isla —le quito el pan y la sopa de las manos, los dejo con cuidado antes de empujarla contra la pared, subiéndole la sudadera y amoldando mis manos a su cintura. Joder, qué suave es—. Si seguimos haciendo esto, no podré dejarte ir. No querré compartir.
Le aparto un mechón de la cara, recorriendo las pecas de sus mejillas, intentando ignorar el pánico que florece en mi pecho.
—Ya nos preocuparemos de eso luego —murmura, con la mirada recorriendo mi rostro.
El portazo de un coche hace que nos separemos de un salto; el rostro de Isla se tiñe de carmesí.
Meto varios billetes en la caja y nos cargamos de cosas, pasando junto a una pareja que baja de su coche.
No puedo evitar la familiar punzada de celos.
Deseo eso tanto... pero una relación tradicional no parece estar en mis cartas.
Me aterra incluso pensar en otra relación poliamorosa.
La última vez lo arruiné todo. Me gustaría pensar que he aprendido, pero estos sentimientos que recorren mi cuerpo son tan jodidamente fuertes... Me asustan de muerte.
—¿En qué estás pensando? —pregunta ella en voz baja mientras guarda la comida.
¿Es demasiado pronto para decirle que me gustaría comprar una de estas casitas y esconderme con ella? ¿Que lo dejaría todo si eso significara que podría cuidar de ella el resto de su vida? Maldita sea.
—Yo también —susurra, reflejando la misma emoción abrumadora.
Le doy un abrazo apretado y luego me subo a la moto, ajustando la uve de sus muslos contra mí antes de arrancar.
Me guía hasta una pequeña zona de aparcamiento de una playa local, y caminamos con dificultad por las dunas, cargados con la comida.
Choco con ella cuando se detiene de repente, casi tirando todo en mi intento de no arrollarla.
—Mira.
Sigo su mirada hacia la amplia extensión de playa, con el agua turquesa extendiéndose hacia las montañas oscuras a lo lejos.
—Me quita el aliento cada vez —susurra, mirándome.
No sé cómo lo hace, pero me hace sentir que me está contando un secreto que nunca le ha dicho a nadie más.
Como si fuera un lugar sagrado destinado solo para nosotros.
Como si yo fuera su fin y su principio. Y que Dios me ayude, porque eso es exactamente lo que quiero.
—No sé cómo compartirte, Girasol —las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas. Ella me sostiene la mirada, viendo la verdad en mis ojos.
—Yo tampoco querría compartirte —dice simplemente, con los ojos nublándose.
La sigo duna abajo hasta la playa, mientras el viento azota mechones de fuego alrededor de su cara.
Nunca debería haberla tocado. Nunca debería haberme rendido a esta necesidad devoradora que acecha cada uno de mis pensamientos.
Preferiría tenerla como amiga que no tenerla en absoluto, pero ya no hay vuelta atrás.
Nunca habrá un día en el que no anhele la suavidad de su piel bajo mis yemas, ese acento ronco y burlón.
—Entonces, ¿en qué punto nos deja esto? —pregunta, sorprendiéndome con su franqueza. Mi mandíbula trabaja mientras ella se sienta en una roca, quitando con cuidado la tapa de la sopa.
—Joder, si lo sé yo... —me quedo mirando el horizonte, dándome cuenta de que el impulso de caminar hacia el agua y escapar de mi vida no parece tan fuerte con ella a mi lado.
—¿Tenemos que analizar lo que es esto? ¿Podemos dejar que las cosas fluyan? ¿Esperar que todo se solucione por sí solo? —pregunta, apartándose el pelo de la cara.
—¿Y si no es así?
—No elegiré a solo uno de vosotros, Theo. Nunca me interpondría entre vosotros tres de esa manera. Entiendo que no quieras compartir, pero eso significa no tener una relación con ninguno de vosotros.
—¿Entonces ya tienes una relación con los otros dos?
Ella niega con la cabeza. —Dylan y yo no hemos tenido mucho tiempo a solas.
Joder. Hace un segundo no quería compartir, pero ahora me preocupa qué pasará si ella y Dylan no conectan. ¿Me vería obligado a renunciar a ella? —¿Por qué no vais mañana los dos a ver esos pubs de los que hablabais?
—¿Mañana?
—Henry y yo podemos quedarnos al frente del negocio.
—¿Estás seguro de que estás listo para eso?
—Seguro —la observo mientras sumerge una cuchara en la sopa y sopla con cuidado antes de rodear el utensilio con los labios, echando los ojos hacia atrás.
Joder. Desvío la mirada, pensando en cualquier cosa menos en cómo se vería con otra cosa en la boca.
Su gemido hace que mi polla pegue un tirón incómodo.
—Tienes que probar esto —coge otra cucharada y la dirige con cuidado hacia mi boca. El momento es increíblemente íntimo; el rubor de sus mejillas delata exactamente en qué está pensando. El sabor estalla en mi lengua.
—La segunda mejor cosa que he probado en mi vida.
—¿Cuál es la primera? —pregunta, arrancando un trozo de pan, mojándolo en la sopa y acercándolo a mi boca. Se lo quito, lamiéndole las yemas de los dedos.
—Tú.
—Cielo santo. Qué galán eres —sus ojos brillan mientras da un bocado al pan.
—Si fuera un galán, habría puesto música para crear ambiente hace mucho tiempo —saco el móvil y le doy al play a la canción comercial que he estado escuchando sin parar porque me recuerda a ella.
Los tonos dulces de "Sweet and Dark" flotan a nuestro alrededor, añadiendo aún más tensión a la atmósfera.
—Nunca ha sido así anteriormente —susurra ella, con los ojos siguiendo las olas mientras rompen en la orilla.
—¿Así cómo? —necesito oírselo decir.
—Como si tú fueras un manantial de montaña y yo no hubiera bebido un sorbo de agua en años —sin juegos.
Sin el gato y el ratón. Simplemente está diciendo las cosas como son, y es tan jodidamente refrescante—.
¿Es porque no tengo experiencia o esto es normal?
—pregunta, mirándome con los ojos muy abiertos.
—No hay ni una sola cosa normal en esto, Isla —raspo, con la voz quebrada.
Me pongo en pie, me alejo unos pasos y me paso las manos por el pelo, preguntándome en qué clase de infierno me he metido.
Me doy la vuelta y ella se abalanza contra mí; sus manos delicadas me agarran por el cuello, inclinando mi rostro hacia el suyo, obligándome a mirarla a los ojos.
—No te cierres ante mí. Creo que no podría soportarlo.
—No me cerraré ante ti, Isla.
—Prométeme que, pase lo que pase, siempre me dirás cómo te sientes —me mira con tanta seriedad, con tanta esperanza, que casi duele—. Prométeme que solucionaremos esto.
No puedo prometérselo, así que en su lugar la atraigo hacia arriba hasta que se pone de puntillas y deslizo mi lengua por su labio inferior.
Me besa con fuerza y luego se aparta, girando con los brazos abiertos, su pelo fluyendo a su alrededor como un incendio descontrolado.
Me prometí hace mucho tiempo que nunca volvería a enamorarme de la misma chica que mis hermanos, pero no la vi venir.