Isla (La Secuencia del Amor 2) Capítulo 15
17%

Capítulo 15

E l momento justo antes de un primer beso es una de mis partes favoritas de la experiencia humana.

Corazones acelerados. Respiración contenida.

Mejillas encendidas. La anticipación vibrando en el aire como la electricidad.

Dylan alarga el momento en una exquisita forma de tortura.

Sus dedos se deslizan por el cabello en la base de mi nuca y tiran con suavidad.

Su nariz roza mi mandíbula. El soplo de aire contra el pabellón de mi oreja.

Una palma temblorosa acariciando mi mejilla.

Su pulgar recorre mi pómulo, mi ceja, mis labios.

Se inclina hacia delante, presionando sus caderas contra mí y contra la pared.

—Dylan, por favor.

—Déjame disfrutar de mi último primer beso, Isla.

Quiero protestar, insistir en que es imposible que sepa que soy la última, pero el fuego que arde por mí en sus ojos me mantiene cautiva, con las llamas recorriendo mi cuerpo, marcándome. Me ladea la cara, rozando la comisura de mi boca con sus labios.

—¿Lo sientes? —Apoya su frente contra la mía.

—¿Como si el destino estuviera conteniendo el aliento, esperando? —susurro con voz temblorosa.

—Tendríais que ir terminando —dice una voz profunda, devolviéndonos a la realidad. Dylan da un paso atrás y se gira para mirar al oficial de policía. El calor sube como un tsunami, poniéndome las mejillas carmesí. El policía me guiña un ojo y se toca la gorra antes de seguir su camino.

—Dios mío. Qué vergüenza. —Me tapo las mejillas con las manos, absolutamente mortificada.

—Tendremos una buena historia que contarles a nuestros hijos algún día —se ríe él, pasándose las manos por el pelo.

—¡Dylan!

—Te estoy tomando el pelo, Pecas. —Sus ojos bailan, el sol los vuelve color ámbar—. Vamos, solo nos quedan un par de horas.

Se me encoge el estómago. Un par de horas no son suficientes ni de lejos. —¿Por qué no nos quedamos en la ciudad esta noche? Con tal de que nos vayamos temprano, estaré de vuelta a tiempo para abrir mañana.

—¿Estás segura?

Lo estudio, notando la vacilación en su voz. —¿Intentas librarte de mí tan rápido? —bromeo.

—No quiero ponerte en una situación en la que sientas que se espera algo más de ti.

—Eres el más dulce, Dylan. Gracias. —Él sonríe, envolviendo mi mano con la suya mientras nos dirigimos al siguiente pub.

The World’s End es antiguo y oscuro. El calendario colgado justo al entrar está abarrotado de eventos: desde música en directo hasta karaoke o noches de juegos de mesa. Nos sentamos en un reservado privado desde el que se ve perfectamente el escenario, donde un DJ está ocupado montando sus equipos.

—¿Conoces alguno de los hoteles de por aquí? —pregunta Dylan, tendiéndome el menú.

—Mi amiga es la dueña del Dores Inn, que está justo a orillas del Lago Ness. Alquilan un par de habitaciones en el lateral. Puedo escribirle un mensaje y ver si tiene alguna libre.

—¿Una?

Oh, Dios. Ahora soy yo la que le está haciendo sentir que espero algo de él. —¿Si… si te parece bien? —tartamudeo.

—¿Compartir habitación de hotel con la chica de mis sueños? ¿Cómo lograré sobrevivir? —Pone los ojos en blanco con una sonrisa burlona en los labios.

La buena cerveza y una conversación aún mejor fluyen durante horas hasta que terminamos la noche en el escenario cantando «Islands in the Stream» a pleno pulmón. Es perfecto.

La habitación de la posada es minúscula, pero perfecta para una noche. Mientras yo me aseo, Dylan se prepara un sitio en el suelo a los pies de la cama.

—No tienes por qué dormir en el suelo —protesto, haciéndome una trenza floja en el pelo.

—No puedo controlarme mientras duermo, Isla. No me arriesgaré a que nos despertemos en una posición comprometida sin quererlo.

Lo juro, me enamoro un poco más cada vez que abre la boca. Apago la lámpara y me quedo en bragas y sujetador, tiritando mientras me deslizo entre las sábanas frescas. La única luz en la habitación es un hilo de luna que atraviesa los antiguos tablones del suelo.

—¿Cómo funciona exactamente? —pregunto, envalentonada por la oscuridad.

—¿Cómo funciona el qué?

—Compartir a una mujer. ¿Os turnáis? —Contengo el aliento mientras espero su respuesta.

—Eso depende de la mujer y de lo que ella quiera.

—Ah. —Esperaba más detalles.

—¿Qué es lo que quieres tú , Isla?

—¿Cuáles son mis opciones? —Miro al techo, con el corazón latiendo como un bombo.

—Podrías organizarnos por turnos. Cada uno de nosotros tendría una noche distinta.

—Eso suena fatal. —Creo oírle suspirar de alivio, pero no puedo estar segura.

—La otra opción es que compartamos cama.

—Pero ¿cómo funciona, exactamente? Los tres sois hermanos, lo cual es muy diferente de la relación que comparten Charlie y los chicos.

—Solo significa que toda nuestra atención está centrada en ti todo el tiempo.

La idea de seis manos y tres lenguas centradas en mí hace que un calor delicioso me inunde el cuerpo, instalándose entre mis piernas.

—¿Qué va dónde? —grazno, deslizando mi mano sobre mi pecho y apretando, desesperada por aliviar el dolor. —No soy una mojigata, pero nunca he… —Me callo, sin saber cómo decir lo que quiero decir.

—¿Follado con tres tíos a la vez? —termina Dylan, con voz ronca, y esa aspereza tira del hilo del deseo que nos mantiene unidos.

—Sí, eso —susurro.

—Depende…

—¿De qué?

—Dios, Isla, vas a acabar conmigo.

Oigo su cremallera y las mariposas de mi estómago se vuelven locas. Me obligo a quedarme quieta en lugar de gatear hasta el final de la cama para ver qué está haciendo. En su lugar, deslizo la mano por mi vientre, pasando los dedos ligeramente por mi hendidura sobre la ropa interior.

Dylan se aclara la garganta. —Depende de si te gusta que te follen por el culo —dice con voz estrangulada.

—Eso siguen siendo solo dos agujeros. —Reprimo un gemido mientras presiono mis dedos a cada lado del clítoris, balanceando las caderas.

—Uno de ellos se ensancha, Isla.

Aparato mi ropa interior a un lado, hundiendo dos dedos dentro de mí, preguntándome cómo se sentiría estar llena así.

Que los tres usaran mi cuerpo para desahogarse.

Cierro los ojos con fuerza, demasiado excitada para que me importe el gemido que escapa de mis labios o el crujido del somier mientras clavo los talones en el colchón.

—Isla. —Dylan susurra mi nombre con la voz quebrada. Abro los ojos para ver su sombra de pie al final de la cama.

—¡Dylan! —grito, retirando la mano y cerrando las piernas de golpe.

Mi mirada baja hacia el movimiento de su brazo.

Me estiro y enciendo la lámpara, sintiendo que podría morir si no puedo verlo todo.

Se me corta la respiración mientras lo observo deslizar la mano arriba y abajo por su polla, con el líquido preseminal brillando en la punta, suplicando que lo pruebe.

Su mirada me clava en el sitio, obligándome a elegir.

Parar esto o llegar hasta el final. Mantengo el contacto visual mientras me quito las bragas, casi sin poder respirar.

Me apoyo contra el cabecero, con las piernas pegadas.

—Ábrelas, Isla. Enséñame qué es lo que te gusta.

Dios mío. ¿De verdad está pasando esto? Observo su mano retorciéndose sobre su miembro, su pulgar recorriendo el glande y luego bajando para presionar donde se unen el tronco y la cabeza. Mis rodillas se abren.

—Joder, eres perfecta —gruñe, con los músculos del abdomen tensos—. Enséñame cómo te tocas.

Mi aliento sale tembloroso mientras deslizo la punta del dedo por mi hendidura y luego vuelvo a subir, rodeando mi clítoris. Empujo dos dedos al interior, rozando con ellos mi punto G, mientras la vista se me nubla.

—Buena chica —dice con voz ronca, apretando la mandíbula y ensanchando las fosas nasales.

Le tiendo la mano, desafiándolo a que se acerque.

—Es una mala idea, Isla —jadea él, con la mirada fija en el flujo que gotea de mis dedos.

—Es la mejor idea —prometo. Me llevo la mano hacia la boca, pero él me agarra la muñeca primero.

—Es mío —gruñe, metiéndose mis dedos en la boca, pasando su lengua por encima y entre ellos hasta consumir la última gota.

No hay nada como ver cómo los ojos de tu hombre se ponen en blanco cuando te saborea por primera vez; esa reacción visceral sin fingimientos.

Sus músculos ondean, con el control fracturándose.

—Isla. —Cae de rodillas al lado de la cama, mirándome, con solo una franja de su iris a la vista.

—Ni siquiera nos hemos besado todavía —susurro, y mi cuerpo se mueve sin mi permiso hasta que mi culo queda al borde de la cama, sin que haya ni medio metro entre su cara y el nacimiento de mis muslos.

—Este será el mejor primer beso de tu vida.

Pero primero necesito tu permiso. —Me abre las rodillas, y su gemido aumenta la tensión—.

Eres tan jodidamente hermosa. —Su mejilla roza la parte interna de mi muslo mientras me sube las piernas a sus hombros, con un aliento tembloroso soplando contra mi sexo—. Tú decides, Isla.

—Sí. Sí, Dylan. Bésame. —Él no pierde ni un segundo, empujando mis rodillas hacia mi pecho y lamiéndome desde el ano hasta el clítoris de una larga y aterciopelada pasada.

—¡Joder! —Me muerdo la base del pulgar, arqueando la espalda—. ¿Qué os pasa a vosotros con mi culo? —jadeo, casi derritiéndome sobre la cama mientras él pasa su lengua por la piel arrugada.

—Al ser tres, cada agujero recibe el mismo trato.

—Sus labios vibran contra mi piel, volviéndome loca.

Hundo los dedos en su pelo, presionando mis caderas contra la cama hasta que su lengua se centra en mi clítoris.

Manteniendo el agarre firme en su cabello, balanceo mis caderas contra su boca.

Dos dedos empujan en mi coño, abriéndose camino lentamente hacia dentro.

El primer roce de sus dedos contra mi punto G hace que me sacuda en sus brazos.

Presiona con más fuerza, curvando los dedos contra mi pared interna.

—¡Dylan, para! Eso siempre me hace sentir que me voy a hacer pis.

Se detiene de inmediato. —Acabas de hacer pis, ¿te acuerdas?

—¿Entonces por qué se siente así?