Isla (La Secuencia del Amor 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

DYLAN

E l primer cliente entra por la puerta justo cuando nos estamos metiendo en la boca los últimos bocados del pastel de carne de Theo.

No tengo ocasión de pensar en que esta es la primera vez que lo veo en la cocina desde que murieron nuestros padres.

O en que es la primera vez que se preocupa por algo más que por nuestra supervivencia desde aquel día hace nueve meses.

—¿Lista? —Isla me sonríe, con sus ojos color esmeralda chispeantes.

Sus ojos se encuentran con los míos y no consigo hablar por el nudo que tengo en la garganta. Lo máximo que puedo hacer es asentir. Ella se vuelve hacia la barra y llena una pinta de cerveza antes incluso de que el cliente se siente.

—¿Cómo va el día, Seamus? —Suelta un posavasos de cartón y planta la cerveza delante de él.

—Muy bien, Isla. Gracias por preguntar. —Le agradece la cerveza y se encarama a un taburete de la barra—. Tomaré el plato del día, por favor.

—¡Marchando! —Ella me hace una seña hacia el ordenador, me enseña cómo introducir el pedido y lo envía a la cocina.

Me inclino un poco para evitar el reflejo de la pantalla, catalogando mentalmente los pasos.

Mi mejilla roza su sien y juraría que se apoya contra mí durante una fracción de segundo.

Inspiro profundamente, con un impulso casi insoportable de rodearla con el brazo.

Ella se aparta, sonrojada. Me aclaro la garganta y me coloco bien las gafas—. ¿Y ahora qué?

—Ahora esperamos a que entre la siguiente persona. La cosa suele estar bastante tranquila hasta las cinco y media.

—¿Qué pasa después de las cinco y media?

—Es un no parar hasta el cierre.

—Suena divertido.

Ella resopla. —Mientes de pena.

Intento no quedarme embobado mirándola mientras se inclina sobre la barra para hablar con Seamus.

Lleva el pelo recogido, con algunos mechones sueltos cayéndole sobre la piel pecosa.

Me pican los dedos por hundirlos en ellos.

Sentir el calor de su cuero cabelludo. Imagino el tacto de su mejilla contra mi palma.

La forma en que su mirada bajaría hasta mis labios.

Me mira por encima del hombro, mordiéndose el labio inferior.

Se ríe de algo que dice Seamus, con los ojos todavía fijos en mí.

Se le dilatan las pupilas, vuelve la cabeza hacia Seamus y le da un golpecito en el brazo, con las mejillas encendidas.

—¿Tengo que separaros? —bromeo, acercándome. Le tiendo la mano—. Soy Dylan. Encantado de conocerte.

—Así que le has roto el corazón a mi chica, ¿eh, Dylan?

—Yo... ¿qué he hecho? —tartamudeo, mirando alternativamente a él y a Isla. Ella pone los ojos en blanco.

—Le has robado este pub en sus narices.

Se me cae el alma a los pies. —Te aseguro que esa no era mi intención.

—¿Entonces cuál es tu intención, muchacho?

—No le hagas caso —dice Isla, empujándome con firmeza hacia el otro extremo de la barra—.

Te lo advierto ya: va a haber mucho de eso.

Casi todos los que vienen por aquí me conocen desde que no levantaba un palmo del suelo.

Todos sabían que planeaba convertir esto en «The Hebridean».

—Se encoge de hombros—. Espero que no te afecten mucho las críticas.

—The Hebridean, ¿eh? Me gusta cómo suena.

—¿Ah, sí? A mí también. —Me saca la lengua.

—Mierda. Perdona. —Una pareja entra por la puerta, salvándome el culo. ¿Por qué no podré estar más de treinta minutos sin meter la pata?

El resto del día pasa en un visto y no visto.

No deja de entrar gente hasta que Isla cuelga un cartel en la puerta treinta minutos antes del cierre.

La observo reírse con los clientes que quedan en la barra mientras les sirve las últimas copas, con una sonrisa natural, como si se sintiera totalmente en su casa.

Dios. ¿Qué hemos hecho? Me duele el corazón físicamente. Maldita sea. Intento respirar, pero no consigo que me entre suficiente aire en los pulmones. Dejándome caer al suelo, agacho la cabeza entre las rodillas, concentrándome en inspirar por la boca y espirar por la nariz.

—¡Oye! —Isla se pone en cuclillas a mi lado, acunando mi mandíbula con su pequeña mano, inclinándome la cabeza para poder mirarme a la cara—. ¿Estás bien?

—Lo estaré. —Cierro los ojos, concentrándome en el calor de su mano contra mi piel antes de que se aparte.

La oigo dar las buenas noches a alguien y luego el sonido de un cerrojo al girar. Lo siguiente que sé es que está de rodillas frente a mí, con los dedos acariciándome el pelo.

—¿Qué puedo hacer para ayudarte?

Le dedico una pequeña sonrisa. —Nada. De verdad. Ya me siento mejor.

Me estudia la cara, asegurándose de que digo la verdad. —¿Qué ha sido eso?

—Eso es lo que se conoce como un buen ataque de pánico de los de toda la vida.

—¿Demasiada gente?

Niego con la cabeza. —La gente no me molesta. Lo que sí me molesta es pensar que te he arrebatado tu sueño. Te prometo que encontraré la forma de arreglar esto, Isla. —Se me quiebra la voz, pero le sostengo la mirada, esperando que pueda ver la sinceridad tras mis palabras.

—Dios, Dylan. Estaré bien. Más vale que no se lo digas a Theo, pero creo que esto me ha venido bien. Llevaba años estancada. Es emocionante no tenerlo todo planeado por una vez.

—¿De verdad? ¿No lo dices por decir? —pregunto, con la mirada clavada en la peca que tiene a la derecha del labio superior y que me entran ganas de...

—De verdad de la buena. —Se levanta, tendiéndome las manos para ayudarme a subir.

El puro instinto hace que la atraiga hacia mis brazos.

Tiro de ella con suavidad, dándole la oportunidad de retroceder.

No lo hace. Se funde conmigo, con las rodillas en el suelo entre mis piernas y los brazos rodeándome el cuello.

—Gracias por preocuparte —le susurro al cuello, con los labios moviéndose contra su piel.

Ella se echa un poco hacia atrás para poder mirarme. —Gracias a ti por preocuparte. Significa más de lo que crees.

—Cuando quieras, Pecas —susurro, perdiéndome en sus profundos ojos esmeralda.

—Me estás empezando a caer bien, Dylan Walker. —Se levanta, y esta vez dejo que me ayude a incorporarme—. ¿Y yo? —pregunta, ordenando detrás de la barra.

—¿Y tú qué? —Cojo un trapo y empiezo a limpiar el mostrador.

—¿Te estoy empezando a caer bien yo? —Me guiña un ojo, burlona, pero no soy tan tonto como para no ver que su pregunta es genuina.

—No —digo, intentando mantener el rostro serio.

—Dios, eres peor que Theo. —Me lanza una rodaja de lima, riendo.

—Me gustaste desde el momento en que te conocí, Isla. No me hiciste falta para que me cayeras bien.

Se queda paralizada una fracción de segundo y luego sigue con su trabajo. —No tenías por qué decir eso. —Mantiene los ojos bajos.

—Isla. —Espero a que me mire—. Siempre seré sincero contigo. No, no tenía que decirlo. No estaba simplemente devolviéndote un cumplido. Lo he dicho porque es la verdad.

—¿Se lo dices a todas las chicas?

—Isla.

—¡Lo siento! —Levanta las manos—. No estoy acostumbrada a los tíos majos. No sé cómo actuar, y definitivamente no sé aceptar un cumplido.

Vamos a tener que trabajar en eso. —Si te sirve de consuelo, no hemos salido con nadie en un par de años.

Ella se gira hacia mí. —¿Hemos?

Mierda. MIERDA. El corazón me martillea en el pecho. Asiento, sin saber qué decir para que deje de hacer preguntas.

—¿Tú, Henry y Theo no habéis salido con nadie en dos años? ¿Los tres?

Asiento con torpeza.

Tiene una expresión de lo más extraña y, por un segundo, me aterrorizo. Me aterra que descubra la verdad y que nunca vuelva a mirarme —a mirarnos— de la misma manera.

—¿Cómo fue esa última relación? —pregunta, apagando las luces. La sigo por la puerta principal, esperando a que cierre con llave antes de decir nada.

—Se llamaba Katie. Acabó mal.

Me mira con expectación, esperando el resto de la historia.

—La versión corta es que nos separó a los tres. Apenas nos hablábamos hasta hace nueve meses.

—¿Cuando murieron vuestros padres?

Asiento. —No volveremos a dejar que ocurra.

—Debía de ser alguien muy especial.

—Lo era. Al principio.

—¿Puedo preguntarte algo? Es un poco personal. Posiblemente ofensivo.

—Adelante.

Antes de que pueda preguntar, oigo el crujir de la grava detrás de mí. —¿Os habéis olvidado de mí, pringados?

—¡Oh, dios mío, Theo! ¡Pensaba que te habías ido hace siglos! —Isla se vuelve hacia él, llevándose la mano a la boca.

—Lo siento, tío. —Le doy un golpe afectuoso en el hombro—. ¿Quieres que te lleve?

Él mira el Mustang. —Qué va, dormiré en el pub —dice con tono inexpresivo.

Isla pone los ojos en blanco. —¿Y nos llamas pringados a nosotros ?

—Aún no se lo has dicho, ¿verdad? —Le doy un codazo a Theo justo en las costillas.

—¿Decirme el qué?

—Que no me da miedo ir rápido; lo que me da miedo es cómo conduces tú —le dice Theo, mirándome con el ceño fruncido por encima de la cabeza de ella.

—A veces eres un borde —dice ella resoplando—. Excepto cuando me haces pastel de carne.

—Corre carreras. De coches. De motos. De casi cualquier cosa con motor —explico yo, aireando sus secretos.

Isla se vuelve hacia Theo. —¿En serio? ¿También los reparas?

Theo levanta una ceja. —¿Le pasa algo a tu coche?

—No, a mi moto. No he tenido tiempo de llevarla a que la miren —dice ella, pillando a Theo por sorpresa.

Isla empieza a contarle cosas, moviendo las manos a mil por hora.

Para cuando termina de hablar, Theo bien podría ser ese lobo de dibujos animados con corazones saliéndole de los ojos.

Es en ese momento cuando me doy cuenta de que, por muy gruñón que se comporte, está tan prendado como Henry y yo.

Este verano va a ser un viaje alucinante.