Capítulo 2 #2
Coloco la caja con cuidado en el coche y me siento en una mesa de picnic con unas vistas preciosas al mar mientras devoro mi bollo de canela y sorbo mi café.
Dejo el centro para el final, lamiéndome el azúcar con canela de los dedos antes de tirar la basura al contenedor y poner rumbo a casa.
Abro el acelerador, dejando que el viento me suelte el pelo de la trenza, disfrutando de mis últimos momentos de libertad antes de tener que preocuparme por un inquilino.
Noto tres cosas en cuanto la casa aparece a la vista.
La primera es que el inquilino debe haber llegado pronto porque hay un coche en la entrada.
La segunda es el grupo de hombres fornidos parados en el porche delantero, todos mirando mi coche con la boca abierta.
La tercera cosa hace que mis neumáticos chirríen al frenar en la entrada. Los conozco.
El de las Gafas, Henry y el Señor Cascarrabias están parados frente a mi casa.
Los mismos tres tíos con los que casi consideré entretenerme el verano pasado antes de decidir que sería un lío demasiado, demasiado grande.
Abro de un golpe la puerta del coche y mis botas crujen en la grava al bajar.
Los miro, casi sin poder creer lo que veo.
—¿Isla? —pregunta Henry, con la voz quebrada y los ojos muy abiertos.
—¿Vosotros tres habéis alquilado mi casa? Si hubiera sabido que erais vosotros, no me habría pasado todo el día de ayer sacando brillo a los putos suelos. —Cojo la caja de bollos del coche y me dirijo hacia ellos.
—¿Esta es tu casa? —pregunta el Cascarrabias, incrédulo.
—Sí, esta es mi casa. —Esbozo una sonrisa burlona—. Pero no os preocupéis, la tendréis toda para vosotros. Podréis pasear desnudos y marcar músculo los unos ante los otros todo lo que queráis. Yo me quedaré en la cabaña de ahí atrás. —Señalo con la barbilla.
—He traído esto para vosotros. —Le encasqueto los bollos al Cascarrabias, ya que es el que está más cerca—. ¿Qué hacéis aquí, de todas formas? —Miro a Henry—. ¿Habéis vuelto a vuestro lugar favorito para otras vacaciones?
Henry se aclara la garganta. —No son exactamente unas vacaciones. Hemos comprado el pub. Ese en el que trabajas.
Se me drena la sangre de la cara. —¿Qué habéis hecho qué? —susurro, necesitando oírlo de nuevo.
—Hemos comprado el pub —repite el Cascarrabias, molesto.
— Yo voy a comprar el pub. —Tengo el corazón en la garganta y me cuesta respirar. Parpadeo con fuerza mientras las lágrimas empiezan a escocerme en los ojos. No voy a llorar delante de ellos.
—¿ Tú ? —El Cascarrabias se ríe.
—Sí, yo, cabrón de mierda. Hablé con el hijo del dueño. James y yo teníamos un acuerdo verbal desde hacía meses.
El de las Gafas da un paso hacia mí. —No nos dijo que tuviera otra oferta. Si lo hubiéramos sabido... —Se calla.
—No me lo creo. —El Cascarrabias saca un cruasán de la caja y le hinca el diente.
—¿Que haya trabajado en la barra sola durante las últimas dos semanas es mentira?
Quizá que esté pagando al personal de cocina de mi propio bolsillo sea mentira.
¡O QUIZÁ QUE LLEVE TRABAJANDO ALLÍ DESDE LOS DIECISÉIS AÑOS, DEJÁNDOME EL CUERPO Y EL ALMA EN ESE PUB SEA MENTIRA!
—le grito en la cara. Le arrebato el cruasán de la boca de un golpe y lo piso.
Ninguno de los tíos dice nada.
—Vendedmelo —digo finalmente, mirándolos a los tres, sosteniéndoles la mirada hasta que la apartan.
—Jamás. —El Cascarrabias se cruza de brazos sobre el pecho.
No confío en mí misma, así que le lanzo las llaves de la casa a la cabeza y vuelvo a mi coche, haciendo saltar la grava al salir disparada de la entrada.
Paso el resto del día en el tractor, preparando la tierra para mi campo anual de girasoles entre la Manor House y el castillo.
Mi madre solía plantar uno todos los años y yo lo he mantenido en su memoria.
Normalmente ya habría sembrado las semillas, pero con el caos del bar, había descuidado el resto de mi vida.
El sol se dirige hacia el horizonte cuando veo al Cascarrabias caminando por mis surcos recién arados. Cabrón de mierda. Apago el tractor, bajo y me apoyo en la rueda mientras veo cómo sus botas brillantes son engullidas por la tierra recién removida.
—Isla...
—No quiero hablar contigo.
—¿Quieres escucharme de una puta vez?
Suspiro, apartando los ojos de sus labios carnosos y hurgando en una piedra atascada en el neumático. —Primero, ni siquiera sé tu nombre. Segundo, ¿por qué iba a escucharte cuando has sido un gilipollas tan insoportable?
Me gruñe. —Theo. Encantado. Lo siento, ¿vale? Sé que me he portado como un imbécil ahí atrás. Al menos deja que me explique.
—¿Explicar por qué eres un gilipollas? ¿O por qué crees que puedes venir aquí con el dinero de tu papi y comprar un pedazo de mi pueblo?
—Siento que muero un poco por dentro en cuanto las palabras salen de mis labios.
¿Por qué he dicho eso cuando yo me beneficio directamente de la riqueza generacional? Joder.
—Para. —Su semblante se ensombrece—. No sabes nada de mí.
Suspiro. —Vale. Cuéntamelo todo sobre ti, Theo el Gilipollas. Pero ayúdame mientras lo haces.
Él asiente y me sigue hasta el borde del campo. Le encasqueto una bolsa de semillas en los brazos y cojo un puñado, soltándolas a unos centímetros de distancia mientras caminamos por el surco.
—En primer lugar —dice con voz áspera—, cada céntimo que tenemos mis hermanos y yo nos lo hemos ganado nosotros.
—Entendido —digo, cogiendo otro puñado de semillas.
—En segundo lugar, estamos aquí porque mis hermanos necesitan una distracción.
La última vez que se portaron como ellos mismos fue cuando estuvimos aquí en Harris.
El día que pude ver el anuncio del pub, pensé que era el destino.
Si hubiera sabido que planeabas comprarlo, no habría seguido adelante.
—Ahora ya lo sabes. Puedes vendérmelo —señalo.
—A eso iba —suelta entre dientes, manteniendo a raya su molestia—. Como he dicho, necesitamos una distracción...
—¿De qué? —lo interrumpo.
—Nuestros padres fueron asesinados hace poco menos de un año.
—Dios mío. — Dios mío. Y aquí estoy yo, portándome como una zorra integral.
—Mis hermanos empezaron a ir cuesta abajo muy rápido después de que pasara.
La empresa de construcción que dirigíamos juntos empezó a tener problemas, así que decidí hacer algo drástico para sacarnos de ese bache.
Vacié nuestros ahorros para comprar el pub.
Necesitan esto, Isla. —El sol del atardecer resalta las facciones de su rostro, volviendo sus ojos marrones oscuros de color caramelo.
—Lo entiendo. Siento haberme puesto así.
—No te disculpes. Debe de haber sido un choque bastante grande.
Me río. —Se podría decir que sí. —Cojo otro puñado de semillas y me doy la vuelta, pero él se pasa la bolsa a la cadera y me toca la muñeca. Me quedo helada.
—Tengo algo que pedirte.
Solo levanto una ceja, intentando desesperadamente ignorar cómo me hormiguea la piel donde sus yemas presionan mi carne.
—¿Nos ayudarás en el pub? —Me da un apretón antes de soltarme la mano—. Te pagaremos, por supuesto.
—Tengo una idea mejor.
—Soy todo oídos.
—Os ayudaré en el pub —gratis—, pero tú y tus hermanos tenéis que ayudarme a renovar un edificio. Los contratistas brillan por su ausencia en este momento. —Empiezo con el siguiente surco.
—¿Qué edificio?
—Te lo enseñaré mañana. Quiero terminar este surco antes de que se ponga el sol.
—Trato hecho —dice él, y sus labios se curvan en la más mínima de las sonrisas.
—¿En serio? ¿Incluso sin ver el edificio?
—No sé por qué, pero confío en ti. Incluso aunque intentaras abrirme la cara con un manojo de llaves y me arrancaras un cruasán de la boca.
—Diría que lo siento, pero no es verdad. —Me encojo de hombros, mordiéndome el labio para no devolverle la sonrisa.
—No te preocupes. —Se queda en silencio unos momentos mientras termino el surco—. ¿Qué estás plantando?
Suelto la última semilla y me incorporo, sonriendo. —Girasoles.