Capítulo 2
E l silencio es sofocante mientras me encaramo a un taburete de la barra vacía.
Ayer cerré el pub en honor a James, pero esta noche abrimos como de costumbre y necesito estar a la altura.
Sé que es lo que él querría. Jugueteo con el móvil, intentando reunir el valor necesario para llamar al hijo de James.
Nunca dejo que los tíos me intimiden, pero esto es diferente.
Pensé que pasaría toda mi vida en este pub.
Es mi hogar. Ahora que todo pende de un hilo, no puedo dejar de pensar en qué pasará si no acepta mi oferta.
Golpeo la barra con el puño. A la mierda. Marco su número y me llevo el teléfono a la oreja. Respiro hondo y cuento hasta diez antes de soltar el aire.
—Gracias por llamar al bufete de abogados Andersen. ¿Con quién desea hablar? —pregunta una voz dulce al otro lado de la línea.
—Con el señor Andersen, por favor.
—¿De parte de quién?
—Isla MacLeod.
—No cuelgue, señorita MacLeod.
El corazón se me acelera un poco más mientras la música de espera casi me revienta el tímpano. Respira de una puta vez, Isla.
—Andersen.
Doy un respingo ante su voz cortante, pero me recupero rápido y me recompongo. —Señor Andersen, soy Isla MacLeod. Antes de empezar, quería darle mi pésame por la muerte de su padre. Era un gran hombre.
Él emite un gruñido.
Me aclaro la garganta y sigo adelante con mi discurso.
—He trabajado para su padre durante años.
Teníamos un acuerdo verbal según el cual yo me haría cargo del pub.
No estoy segura de si habló con usted sobre el tema.
O sobre mí. —Sé de sobra que no lo hizo.
Nunca cogía el teléfono cuando James lo llamaba.
—No lo hizo.
—Me gustaría hacerle una oferta.
—¿De cuánto?
Joder, este tipo no se anda con chiquitas. —He mirado negocios similares en los pueblos de alrededor y setenta y cinco mil libras me parece más que justo.
Vuelve a gruñir. —Haré que un abogado inmobiliario lo estudie y ya le diré algo.
—Estoy abierta a negociar —digo, sin querer arriesgarme a que se lo venda a otra persona. Me ignora.
—¿El pub está cerrado ahora mismo?
—Tenía pensado abrirlo hoy y mantenerlo abierto durante la venta, si le parece bien.
—Siempre y cuando sea consciente de que no puede quedarse con el dinero solo porque esté dirigiendo el pub mientras tanto. Todos los beneficios se transferirán a la herencia de mi padre.
—Me parece perfecto, siempre que acordemos que me dará una respuesta sobre mi oferta.
—Bien. ¿Algo más?
—¿Cuándo tiene pensado celebrar el funeral de su padre? Somos muchos aquí a los que nos gustaría asistir y presentar nuestros respetos.
—Voy a trasladar el cuerpo a Londres en avión. El entierro será aquí.
—Ah. —Se me parte el corazón. James odiaría eso.
—Si no hay nada más, tengo que colgar.
—Eso es todo, gracias. —Cuelga antes de que pueda darle mis datos, así que vuelvo a llamar y se los doy a su secretaria.
Maldita sea. Debería haber volado a Londres para hablar con él cara a cara, donde pudiera ver su lenguaje corporal y conseguir que aceptara la venta en persona.
Suspiro, pasándome las manos por los enredos del pelo.
No hay tiempo para lamentaciones cuando tengo tanto trabajo por delante.
Con James muerto, soy la única que queda aquí aparte del personal de cocina, a quienes ahora pago de mi propio bolsillo.
Lo que significa que soy la única que trabaja de cara al público. Es una auténtica pesadilla.
Los días pasan como un borrón. Me desplomo en la cama a la una de la madrugada cada noche y vuelvo al trabajo a las diez para preparar el pub para el almuerzo.
En cuanto reciba noticias sobre la venta, contrataré ayuda, pero hasta que no tenga el contrato firmado en mis manos, no voy a gastar ni un céntimo más de lo necesario.
Así que, por ahora, solo estoy yo. Y yo estoy jodidamente agotada.
Sigo sin tener noticias del hijo de James tras dos semanas en este infierno.
He llamado y dejado mensajes a su secretaria tres veces, pero aparte de ir yo misma a Londres, no sé qué más puedo hacer.
Si no he sabido nada de él en dos días más, cerraré el pub y haré el viaje en coche. Me estoy desesperando.
Una notificación me despierta de un salto a las cuatro de la mañana siguiente, avisándome de que acaban de alquilar la casa para los próximos tres meses.
Es un puto dolor de cabeza, pero no hay forma de que pueda resistirme a la entrada de ese dinero tan necesario.
Recibo una asignación mensual de un fondo fiduciario que mis padres crearon antes de morir, pero lo estoy estirando al máximo para pagar al personal de cocina.
Ahora tengo que pasar todo mi domingo —mi único día libre— limpiando una casa gigantesca para un extraño.
Lejos del día de descanso con el que había estado soñando toda la semana.
The Manor House es técnicamente la casa del guardés del castillo de Amhuinnsuidh.
Jack se hizo cargo del mantenimiento del castillo cuando murieron nuestros padres.
Viví con él hasta que cumplí los dieciocho, cuando me di cuenta de que no quería que me vigilara de cerca cada vez que traía a un chico a casa.
Lachlan se unió a mí en la casa señorial un año después, cuando regresó para ayudar a Jack con la finca.
Era agradable tenerlo cerca, especialmente por su cocina.
Me arrepiento seriamente de mi decisión de alquilar la casa para cuando termino de fregar el quinto y último baño.
Son casi las nueve cuando saco lo último de mis bártulos en una maleta vieja y destartalada.
Me abro paso por el traicionero sendero hacia la cabaña con la única luz de la luna para guiarme.
Para cuando llego a la puerta, siento como si me hubieran arrancado el hombro de su sitio.
Tiro del picaporte y clavo la cadera contra los tablones de madera, resoplando de frustración.
Por muchas veces que haya intentado arreglarla, la puerta se empeña en ser una cabezona de mierda.
Tengo que arremeter con todo el cuerpo contra ella antes de que finalmente se abra.
Dejo la maleta en la entrada, pongo la alarma de camino al dormitorio y me tiro sobre la cama, quedándome frita en el segundo en que mi cabeza toca la almohada.
Me despierto sobresaltada con la alarma atronando bajo mi oreja; mi mejilla se desliza sobre un charco de baba fría mientras tanteo la cama intentando encontrar el móvil.
—Ya estoy despierta, joder —mascullo, aporreando el botón de apagado.
El aire frío de la mañana me recorre la espalda con un escalofrío mientras saco las piernas por el borde de la cama y me incorporo.
Hace siglos que no me despierto tan temprano un lunes.
El único consuelo es que voy a la cafetería a comprar unos bollos para el nuevo inquilino.
También voy a pillar el café más grande que tengan.
O puede que dos. Camino a tropezones hasta el baño y me meto en una ducha de agua hirviendo.
Después de frotarme de pies a cabeza, me seco y entro en el dormitorio, haciendo una mueca ante el estado de la ropa que rebosa de los cajones de la diminuta cómoda.
Saco la camiseta de tirantes menos arrugada y unos vaqueros.
Una chaqueta de cuero por encima oculta la mayoría de las arrugas, y mis botas completan ese rollo de «déjame en paz, soy una tía dura» que llevo.
Paso por el baño una vez más para darme un poco de rímel en las pestañas e intentar domar mi pelo en una trenza.
Cojo las llaves de la mesa junto a la puerta y subo por el sendero hacia el garaje.
Tengo las puntas de los dedos congeladas mientras tecleo el código en la puerta del garaje y veo aparecer mi orgullo y alegría.
Hace años, Jack importó una moto. Yo aproveché la oportunidad y pedí un contenedor de transporte para importar la gemela de la moto de Jack y el coche que quería desde el instituto.
Sus líneas elegantes me ponen la piel de gallina cada vez que lo veo.
Nada se compara con el GT500 del 67, mi propia Eleanor.
Me hundo en el asiento y lo arranco; el sonido del motor me ruge por las venas.
Abro el acelerador todo lo que puedo durante los tres kilómetros hasta la cafetería.
Entro en el aparcamiento despacio, intentando por todos los medios no molestar a ninguno de los clientes.
A mí me encanta cómo suena el coche, pero eso no significa que todo el mundo quiera oírlo a las siete de la mañana.
Esta cafetería es mi lugar favorito del mundo entero. Está al borde de un acantilado, con una playa preciosa de aguas azul turquesa a lo lejos. Aparte del paisaje, su comida es fantástica. Vengo casi a diario, principalmente porque apenas sé cocinar un huevo, y mucho menos una comida completa.
—Te has levantado temprano, Isla —dice Jan, saludándome con las mejillas sonrosadas y una enorme sonrisa.
—¿A que sí? Es un milagro —me río—. Alguien ha alquilado la Manor House y quería unos bollos para dárselos. ¿Te importa prepararme una caja?
—¡Claro! ¿Quieres algo de comer para ti?
—¿Pero qué clase de pregunta es esa?
—¿Lo de siempre, entonces? ¿Un bollo de canela y un café con hielo extragrande para llevar?
—Sí, por favor. —Paso mi tarjeta y le doy las gracias mientras me entrega una caja, una bolsa y mi café.
—Cuéntamelo todo en cuanto puedas, ¿vale? —susurra con aire conspirador.
—¡Hecho! —le susurro yo, guiñándole un ojo antes de empujar la puerta y salir al aire fresco.
Jan también está soltera. Pero, a diferencia de mí, su reloj biológico está haciendo tictac.
Muy fuerte. Ha sido triste verla esperar al hombre adecuado año tras año.
No me extrañaría que tomara cartas en el asunto pronto.
Sabe Dios que tiene a suficiente gente en la comunidad dispuesta a ayudarla a cuidar de un bebé.