Irrompible 18
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U n mes más tarde

Dante estudió a John con ojo crítico… Estaba en forma a pesar de haber vuelto de vacaciones el día anterior.

Tras la pelea habían regresado a Valley’s Moon y, una semana más tarde, John se tomó tres semanas de vacaciones junto a su novia.

Tenía mejor aspecto y ya apenas quedaba nada de los moratones de su enfrentamiento con Dmitry.

Yakiv estaba en otra de las esquinas del gimnasio, entrenando para el que iba a ser su próximo combate.

Su campeón iba a tener que enfrentarse a otro contrincante y defender su cinturón en tres meses. Estaba seguro de que iba a ganar; John estaba en un momento de su vida en el que lo daba todo y sabía que conservar el cinturón era uno de sus objetivos.

La fama que habían ganado por el combate se notaba a la hora de salir del gimnasio y hacer vida normal.

En cada esquina del pueblo había un periodista con ganas de sacar más jugo del pasado de John.

Nadie respondía nada, cuidaban recelosamente de él como si fuese el hijo del pueblo, sobre todo por haber llevado semejante victoria a Valley’s Moon .

Quizás conocer su oscuro pasado y saber lo difícil que había sido su vida hacía que el sentimiento de protección en torno a él aumentara de forma considerable.

Dante fue a dirigirse hacia John para cambiar al siguiente ejercicio cuando su móvil vibró… por tercera vez en la mañana.

Demonios, sabía quién era. Sintió un espeso sudor en el cuello antes de meter la mano en el bolsillo del pantalón de deporte y sacarlo.

Joder, era ella… La chica con la que había pasado la noche en la hoguera. Desde hacía unos días no había parado de mandarle mensajes.

—¡Eh, Dante! ¿Vienes? —John le hizo un gesto con el brazo.

Se guardó el teléfono con rapidez y fue hacia él sin dejar de repetirse que no debería haber bebido.

Su regla número uno era no involucrarse con mujeres, ya había recibido lo suyo tras la muerte de su mujer y de su hija.

No iba a volver a pasar por lo mismo. Se prometió llamarla aquella noche y dejarle las cosas claras.

Sí, eso iba a hacer… Iba a acabar con todo aquello y el deporte iba a volver a ser el único protagonista de su vida.

—¿Va todo bien, jefe? —le preguntó Patrick, mascando ruidosamente un chicle.

Asintió y le palmeó la espalda a John.

—Descansa cinco minutos. Luego iremos a las pesas.

El campeón hizo un gesto afirmativo, se fue a uno de los bancos y desplomó todo su peso sobre él. Al notar su mirada, enarcó una ceja. Dante se dio la vuelta.

Su teléfono volvió a vibrar. Era ella. Sintió un tic nervioso en la ceja derecha. Patrick entrecerró los ojos.

—¿Qué te pasa a ti? —preguntó, suspicaz.

Ignorándolo, se dirigió hacia su despacho con pasos pesados. Patrick era un maldito chismoso y, si no se andaba con cuidado, iba a acabar enterándose de todo.

Coral terminó de cerrar la tienda y se despidió de Diamond, quien se había convertido en su mano derecha desde que lo había contratado durante su ausencia por el combate de John.

Vio cómo giraba la calle de forma impecable, con una camiseta blanca de su tienda, pantalones por las rodillas y calcetines altos.

Gracias a él, sus clientes eran atendidos con rapidez y recibían una exquisita atención por su parte mientras ella cobraba y reponía.

Hacían un estupendo equipo, aunque no sabía durante cuánto tiempo.

Diamond no estaba seguro de quedarse allí mucho más.

Se dirigió hacia donde estaba su coche y se paró al ver a Jack apoyado en el maletero mientras fumaba, con unas gafas de sol. Estaba menos musculoso de lo que solía ser y había perdido parte de esa aura de peligro que meses atrás había llevado como un salvavidas.

Al verla, tiró el cigarrillo y se acercó, alzando las manos. ¿Qué demonios hacía allí? Preocupada, miró a todos lados, pero estaba sola. Era un poco tarde, casi todo el pueblo se encontraba almorzando en sus casas o en los bares.

—Hola, Coral.

—¿Qué haces aquí, Jack? No deberías…

—No voy a hacerte nada, será un segundo y me iré. —Debió de notar la inseguridad que sentía, pues dejó de acercarse—. Solo quiero disculparme por todo.

—No creo que tengas que ofrecerme a mí tus disculpas — murmuró, rodeando su coche para estar en el otro lado. El sol impactaba contra su rostro, impidiéndole ver con claridad. Debería cambiar de posición, se dijo mientras se llevaba una mano al pecho, donde su corazón latía de forma incontrolable.

—Lo sé, yo… —Estuvo en silencio durante unos segundos—

. Joder, ¿crees que no soy consciente de todo lo que he liado?

—Jack, me voy a ir. Te agradezco que me ayudaras con…

con lo que sucedió cuando fui a verte. Pero eso es todo, no hay nada más.

—Abrió el coche con la llave—. Adiós y suerte, Jack.

Empieza de nuevo. La gente del pueblo no olvidará todo lo que has hecho…

Menos yo. Yo te he perdonado —susurró con voz débil, deseando acabar con aquella tortuosa conversación.

Se metió en el vehículo, echó el seguro y se marchó con rapidez de allí y viendo la figura de Jack en el espejo retrovisor.

La había ayudado cuando la habían atacado los dos luchadores, pero no podía olvidar el infierno que les había hecho vivir tanto a Patrick como a John, por supuesto, incluyéndola a ella en el paquete.

Valley’s Moon no iba a aceptarlo, nunca; siempre iba a tener una enorme mancha negra acompañando su nombre.

Debía irse, pensó con tristeza, irse y comenzar de nuevo.

Justo como había hecho ella al abandonar España.

Llegó a su casa cinco minutos antes de lo normal. Sabía que John la estaba esperando, así que antes de salir del coche se aseguró de respirar hondo varias veces y tranquilizarse. Ver a Jack le hacía recordar el infierno vivido cuando… cuando… Coral apretó los dientes y sacudió la cabeza.

Necesitaba tiempo. Mucho más antes de atreverse a revivirlo.

Un golpe en el cristal de su coche la asustó. Dio un pequeño salto antes de ver a John, que estaba apoyado y sonreía. Ella salió y se lanzó a sus brazos, emitiendo un pequeño gemido de placer al sentirse rodeada por sus fuertes brazos.

—Hola, cariño. —Su voz era ronca, quizás había estado durmiendo—. ¿Qué tal el día?

—Bien, Diamond es de gran ayuda. —Se puso de puntillas para besarlo—. Y ahora mucho mejor, ¿qué tal el tuyo?

John respondió al beso con ganas; llevó sus manos hasta los glúteos femeninos y los apretó. Ella aguantó la risa.

—Estoy cansado. Dante está de mal humor y lo paga con nosotros. —Se encogió de hombros. Aquello era raro. Dante siempre estaba de buen humor—. Ven, he hecho algo de comer.

—¿Dante de mal humor? Él es el hombre más amable que he conocido. Seguro que habéis hecho algo para cabrearlo —meditó, entrecerrando los ojos. Luego soltó un gemido—. ¿Has dicho que has cocinado para mí?

—Ajá…

Lo siguió, sorprendida. Aquel día estaba especialmente guapo… Mentira, siempre lo estaba. Era arrebatador, de quitarte el aire de los pulmones mientras te miraba con aquellos ojos verdes azulados. Te traspasaba. Su cuerpo respondía a él, a su olor y a su calor.

—¿De verdad? —murmuró, perdiendo el hilo de la conversación.

Él asintió antes de cerrar la puerta y guiarla hasta el salón. John lo había preparado todo. En la mesa había varios platos de comida que desprendían un intenso y delicioso olor. Sonriendo, le apretó la mano. Parecía bastante orgulloso de sí mismo.

—Me encanta, cariño. Gracias por la sorpresa.

—He cocinado yo, aunque Bridget me ha dado alguna que otra receta. —Le guiñó un ojo—. Te prometo que no lo he comprado.

Coral soltó una sonora carcajada antes de pegarse a él. John la rodeó con sus brazos.

—¿Y cómo sé si debo creerte o no? —murmuró, rozando su nariz con la de él, intentando llegar hasta su rostro.

Él esbozó una encantadora sonrisa. Sí, sin duda estaba más atractivo que otros días.

—Bridget… me ha ayudado. En verdad me he sentido obligado a aceptar su ayuda. Temía que acabaras con una mala digestión. Cree que cocino tan mal como mi hermano.

Se rio y volvió a echar un rápido vistazo a su hogar.

Su mirada se paró en aquella foto que John y ella se habían hecho en la playa.

Habían pasado unas estupendas vacaciones alejados de todo el ajetreo de la fama, de la tienda y de otros problemas relacionados con Valley’s Moon .

Habían estado juntos durante semanas, tirados en la arena hasta el anochecer para luego dar largos paseos hasta acabar cenando en restaurantes o comprando comida en los llamados food truck.

De repente, su estómago gruñó. Se llevó las manos a la zona y sonrió.

—Estoy muerta de hambre.

—No te haré esperar más. —John le retiró la silla antes de ocupar un sitio a su lado—. Si no te gusta, al menos hazme el favor de decirle a Bridget que estaba todo muy bueno.

Coral enarcó una ceja mientras inspeccionaba cada uno de los platos que había. Cogió una patata caliente mojada en salsa y se la metió en la boca. Cerró los ojos cuando una oleada de sabor cremoso y un poco picante embriagó sus papilas gustativas.

—No te preocupes, cariño. —Alcanzó su mano y entrelazó los dedos con los de él—. No pienso más que deshacerme en halagos hacia tu comida.

Devorando todo aquello que estaba a su alcance, Coral volvió a mirar aquella foto de los dos en aquel marco de madera que Cam había tallado.

Mientras, John hablaba sobre Dante y el mal humor que llevaba desde hacía unos días.

Era increíble cómo conectaban y lo bien que se conocían el uno al otro y se apoyaban en todas las decisiones que tomaban.

Él se abría por completo a ella casi con total facilidad, dejando atrás aquellos días en los que el secreto y la confusión reinaban entre ellos.