Irrompible 17
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Patrick se había pasado… demasiado, pensó John mientras aceptaba otro refresco que Dante le había alcanzado.

Prefería dejar el alcohol para otro día, sobre todo porque Dmitry le había dado bastante fuerte y ni siquiera las pastillas eran capaces de relajarlo y entumecerlo.

Estaban todos sus compañeros del gimnasio, luchadores con los que se llevaba bastante bien, su entrenador, familia y algunos de Valley’s Moon .

Habían cenado toda la comida que Patrick y su equipo habían reservado de un catering y, como había temido desde un primer momento, la música sonaba por todo el local que habían alquilado.

Las luces de colores y la decoración hacían que se sintiese en un pub .

Mirando por los alrededores, vio a todos bailando con copas y camisetas con su rostro seguido por una frase: « E l nuevo campeón ».

Distraído, siguió buscando de manera inconsciente entre toda la multitud hasta que la encontró: Coral.

Llevaba una de las camisetas con su rostro, unos vaqueros estrechos que se pegaban a sus caderas y estaban arremangados en los tobillos y unos tacones negros.

Estaba preciosa, con aquellos labios rojos y el cabello suelto, bailando sin parar con Ocean y Bridget.

Bailaba bastante bien, era la mejor de la pista.

Su cabello castaño se derramaba por sus hombros, alzaba los brazos, se reía y se pegaba a sus amigas, mostrando la copa que llevaba en una mano.

—Parece que se lo está pasando bastante bien —dijo Dante lo bastante alto como para que lo oyera.

Asintiendo, se cruzó de brazos.

—Va a acabar agotada esta noche.

Su entrenador soltó una sonora carcajada.

—Tendrás mañana y todos los demás días para celebrarlo como es debido.

Sonrió y le hizo un gesto con la cabeza.

—Tat me ha escrito felicitándome por la pelea. Y creo que es bastante temprano en España.

—Habrá seguido el combate. —Dante miraba también a todos los invitados, relajado a pesar de que la camiseta que llevaba, también con su rostro, le quedaba pequeña.

Tanto que este parecía estar deformado en su pecho.

Se había reído si no hubiera sido por el dolor tan fuerte que le atravesaba el torso.

—¿Te ha dicho algo Pilar?

—Ajá. —Movió la cabeza de arriba abajo—. Quiere hablar mañana con nosotros. Ya sabes, ahora que has ganado a Dmitry otros luchadores quieren tener su oportunidad de conseguir el cinturón. —Dante le dio un suave puñetazo en el brazo—. Les enseñaremos cuál es su sitio.

Miró a su entrenador y mejor amigo. Su vida era maravillosa, había mejorado de forma exponencial en los últimos meses y sabía que sin él no habría estado allí.

Ni siquiera sabía si habría estado vivo o lo habrían matado en una de las peleas en las que había participado detrás de los moteles y bares.

Que ambos se encontraran y compartieran camino era, de lejos, una de las mejores cosas que la vida le podía haber regalado.

—Gracias —murmuró de forma apenas audible, sintiéndose algo incómodo—. Por todo.

Dante esbozó una sonrisa tranquilizadora.

—Y gracias a ti también, amigo mío. Tú también me salvaste de una muerte segura.

Siguió contemplando desde la distancia a Coral.

Parecía tener la energía de una niña que había descubierto que bailar era una de sus grandes pasiones.

O quizás fuera por toda la tensión que había acumulado durante el combate.

Ocean estaba bastante borracha, movía el trasero de un lado a otro, salpicando a todos los que se encontraba cerca con su bebida, sin dejar de reírse.

En ese momento su abuelo Cam le dio unos golpes en el hombro. Parecía bastante incómodo, mirando a todos lados. Su copa estaba vacía.

—Me voy ya —soltó con brusquedad. John aguantó la sonrisa—. Las fiestas… no son lo mío.

—Dile a uno de los chicos que te lleve, lo harán sin problema —habló Dante—. ¿Recuerdas el número de tu habitación?

—Sí, sí, no soy tan viejo —gruñó—. Me voy de este maldito lugar. ¿Quién demonios pone la música tan fuerte? Es imposible mantener una conversación.

—Patrick no está precisamente interesado en mantener una conversación con las groupies , Cam. —Dante movió las cejas de forma sugerente. John estuvo a punto de escupir el trago que le dio a su refresco.

—Ese chico nunca aprende —respondió con reproche.

—Ven conmigo, abuelo. Le pediré a Anthony que te lleve. — John le hizo un gesto—. Ahora vuelvo.

Bajaron a la zona de pista donde encontró a uno de los de su equipo, que se ofreció sin problemas a llevar a su abuelo al hotel. Sabía que Dante lo estaba esperando… Pero Coral lo vio y, sin dejar de bailar, le hizo un gesto para que se acercara. Él enarcó una ceja y sonrió.

Ella se fue acercando poco a poco hasta acabar en sus brazos. Su olor llegó hasta él, dulce, fresco y delicioso. Sin poder contenerse depositó un beso en su cuello.

—¿Te lo estás pasando bien?

—¿Bien? ¡De lujo! Patrick se ha esforzado mucho, ¿lo sabías? —Ella se pegó a su cuerpo con suavidad, recordando sus heridas— . ¿Estás cansado?

—Un poco, pero puedo aguantar una hora más.

—Se agachó hasta tener el rostro a la altura de la oreja de ella.

Su calor lo traspasó como una intensa ola, aturdiéndolo.

La abrazó y se quedó durante unos minutos en aquella posición.

Quería hablar, expresarse, pero una vez más se dio cuenta de lo nuevo que era todo aquello para él.

Coral le acarició la espalda con suavidad, relajándolo.

—¿Qué quieres decirme, John? —Su voz era suave, como el terciopelo y cálida como el sol.

Él iba a hablar cuando Patrick apareció junto a algunos asistentes que conocía por haber asistido a todos sus combates.

Querían hacerse una foto. Coral sonrió y se ofreció a hacerlas, en absoluto molesta por que los hubieran interrumpido una vez más.

Cuando acabó, John la agarró de la mano para que no se la llevara Ocean, quien parecía estar pasándoselo bastante bien con su cuñada y otras.

—¿Quieres salir un momento?

Ella frunció el ceño.

—¿Va todo bien? —preguntó, borrándose todo rastro de sonrisa que hubiese podido tener segundos atrás.

—Sí —respondió, guiñándole un ojo y tirando de ella hacia la salida.

Algunos intentaron pararlo para felicitarlo o animarlo a que bailara con ellos; John los rechazó con un gesto de la cabeza hasta que por fin pudieron salir del local.

El fresco aire nocturno lo golpeó con fuerza, aturdiéndolo durante unos segundos.

Coral lo miraba fijamente, con los brazos cruzados y expresión paciente.

La brisa le movía el cabello y dejaba algunos mechones sobre su rostro.

Demonios, era preciosa.

La agarró de la mano, la abrazó y contempló aquellos bonitos ojos, perdiéndose en el espeso color. Podía verse reflejados en ellos y le gustó lo que vio. Amor, aceptación y felicidad. Podía vivir con eso.

—John, me estás asustando —murmuró con claridad, acariciándole la espalda y los brazos—. ¿Qué quieres decirme? ¿Te duelen mucho las heridas?

—No, no —se apresuró a responder, queriendo eliminar todo rastro de preocupación.

Cogiendo aire, agachó el rostro hasta poder besarla.

Apretó su boca contra la de ella, sintiendo la calidez de sus labios.

Tenían un sabor dulce, quizás por la bebida.

Separándose apenas unos centímetros, ignoró los erráticos latidos de su corazón y el espontáneo nerviosismo que recorría su cuerpo.

Tenía que decirlo. Quería decirlo—. Todo está bien.

Ella suspiró, aliviada.

—De acuerdo. Entonces, supongo que solo querías que estuviésemos a solas, ¿no?

Asintió y se recriminó que le costase tanto pronunciar unas simples palabras.

Hacerle saber lo que sentía. Era otra vez aquel niño pequeño que estaba frente a su padre, resignado y confuso, sin saber cómo satisfacer sus expectativas y ser el hijo que él habría querido que fuese.

Y lo aceptaba. Por primera vez en su vida contempló a aquel niño interior con cariño y no lo vio como alguien débil, sino poderoso pero inconsciente.

Y todo gracias a ella.

Incapaz de permanecer de pie por sus heridas, John miró a uno de los bancos que había al lado de ellos.

Separándose, se sentó y le hizo un gesto para que ocupara un sitio a su lado.

Le pasó un brazo por los hombros y la pegó a su cuerpo.

Miraron el cielo, completamente oscuro. Apenas podían ver alguna que otra estrella; todas las luces de aquella ciudad lo impedían.

—De chica me encantaba irme al patio de mi casa y mirar las estrellas —susurró Coral, despacio, relajada contra su costado—.

Me tranquilizaba. Mis padres tenían un pequeño jardín.

Siempre que me tumbaba en el suelo a contemplar el cielo, un intenso olor a dama de la noche llegaba hasta mí.

—Notó que sonreía—. Quiero tener esa planta en mi casa.

—Yo te conseguiré una —comentó John con determinación.

Ella se rio.

—Gracias, cariño, sería todo un detalle.

Suéltalo, díselo , se dijo con cierta crudeza.

—Tu prima me ha escrito un mensaje, felicitándome por el combate.

—¿En serio? Me alegro. Seguramente, a pesar del horario, lo habrá seguido. Es tu fan número uno. Bueno, la segunda. —Ella levantó un poco la cabeza, lo justo para que sus miradas se encontrasen—. La primera soy yo.

—Estoy enamorado de ti —soltó a bocajarro, sintiendo que las mismas entrañas de su ser se abrían por completo y dejaban en libertad todos sus más íntimos pensamientos.

Coral lo contempló con los ojos muy abiertos—.

Has cambiado mi vida por completo, me aceptas a pesar de que no soy capaz de mantener una conversación que dure más de quince minutos y me cueste expresar lo que siento.

—Le acarició la mejilla con la yema de los dedos, sintiendo el calor que desprendía.

Coral parecía haberse quedado sin palabras, pero poco a poco una sonrisa se fue dibujando en su rostro—.

Pero contigo no, contigo todo fluye, es fácil y…

correcto. Yo… te conozco tan bien —añadió con un deje ronco—.

Sé que te encantan los gestos que tengo contigo aunque no me los pides porque quieres que salgan de mí y también que… estoy enamorado de ti.

Coral le encerró el rostro entre las manos; podía ver con claridad las heridas de su interior, aquellas que le habían hecho siendo niño y otras, adulto. La diferencia era que se estaba curando, que aceptaba su pasado y estaba preparado para vivir el presente junto a ella.

—Yo también estoy enamorada de ti, John. No te puedes imaginar cuánto te quiero. —La voz de Coral estaba inundada de amor y orgullo—. Y el hecho de que te hayas atrevido a decírmelo hace que te ame aún más.

John la besó con pasión, pegando su boca a la de ella antes de profundizar y acariciarla con la lengua, apretándola contra él.

Su cuerpo estaba entumecido en una niebla de placer y dicha que le impedía incluso sentir las propias heridas de la pelea.

Se preguntó por qué la vida le habría puesto a una mujer como Coral en su camino.

Quizás era su luz, quizás estaba para iluminar y hacerle ver que todo era menos malo… junto a ella.