18 #2
Coral tenía varios frentes abiertos, desde contratar personal en su tienda hasta el juicio que iba a celebrarse contra los dos luchadores que habían intentado abusar de ella, además de la paliza que le habían propinado a Jack.
Le había llegado una carta semanas atrás y, aunque al principio se había asustado, John se había sentado con ella y le había apretado la mano, y le había prometido estar con ella en todo momento.
—¿Has terminado? —preguntó, sacándola de sus pensamientos—. Te noto ausente.
A veces le molestaba lo tremendamente observador que John podía llegar a ser.
Mordiéndose el labio inferior, asintió.
—Mucho trabajo. Estrés .
Se levantó de su silla y la hizo girarse para estar de rodillas frente a ella. Contuvo la sonrisa que estuvo a punto de aparecer en su rostro al ver aquel brillo. Quería seducirla. Y ella estaba más que dispuesta a dejarse llevar.
Coral le puso las manos en el cuello y dibujó círculos con los pulgares. Él cerró los ojos. Su respiración se volvió más pesada.
—Joder, qué gusto.
Coral se rio.
—¿No se supone que la que iba a ser mimada era yo?
Los ojos de John eran como dos rendijas que contenían fuego. Sostuvo su mirada, alzando en el último momento la cabeza, desafiándola.
Su siguiente movimiento fue inesperado. Se incorporó para cargarla en brazos y tenderla sobre la mesa, moviendo los platos. Ella abrió mucho los ojos. No se lo había esperado.
—Guau, me encanta —soltó.
La siguiente sonrisa que él le dirigió la dejó sin respiración.
Sin apoyar su peso sobre ella, se agachó hasta que Coral pudo capturar su boca en un tórrido beso.
Acarició su lengua con la de ella y rodeó la cintura masculina con sus piernas, sintiendo cómo poco a poco un intenso calor la consumía. Necesitaba más, mucho más.
—Quítame la ropa —dijo contra sus labios.
—No —gruñó John.
Sorprendida, notó que su puño agarraba el escote del vestido y lo bajaba con brusquedad.
La tela crujió, pero dejó salir sus pechos.
Sus gestos, rudos pero medidos, fueron un estímulo directo a su excitación.
Movió las caderas, atrayendo la atención de él.
Sin separar sus ojos de ella, bajó el rostro hasta que sus labios capturaron el tenso pezón, que desapareció en el interior de la boca masculina.
—John… —suspiró.
Su lengua, caliente y mojada, lo humedecía, dándole suaves caricias que conseguían relajar parte de la irritación que sus dientes ocasionaban.
Su mano jugaba con el otro, agarrándolo, apretándolo y estimulándolo con los dedos.
Coral abrió las piernas por completo, queriendo sentir su erección contra su húmeda vulva.
Estaba preparada y ansiosa por tenerlo. John sabía cómo despertar su cuerpo y llevarlo hasta el más puro estado de excitación.
Coral hizo un gesto para acariciarlo, pero él se lo impidió, bajando por su cuerpo hasta estar a la misma altura de su sexo.
Él se sentó en la silla en la que había estado antes y la agarró de los muslos, tirando de ella hasta que tuvo el trasero en el borde de la mesa.
Verlo tan dispuesto a devorarla volvió a desatar olas de placer y estímulos en su cuerpo.
—Voy a comerte —susurró con voz ronca.
Coral tragó saliva y se agarró al borde de la mesa, esperando con paciencia.
—Sí —graznó.
John subió las manos por sus muslos en un tortuoso movimiento hasta encontrar la pequeña pieza de ropa interior. La bajó con los pulgares, sin dejar de contemplarla. Una sonrisa juguetona apareció en su rostro.
—Tendrías que ver lo preciosa que estás, cariño. —Coral se mordió los labios—. Todo en ti me excita, desde tus pechos expuestos hasta tu sexo desnudo enfrente de mi cara.
Se agachó y ella sintió su cálido aliento en la húmeda vulva. John quería ver hasta dónde era capaz de llegar. Incapaz de aguantar durante más tiempo aquella situación, fue a quejarse cuando él acortó la distancia y dio un primer lametón desde su clítoris hasta la entrada.
Coral soltó todo el aire de sus pulmones y relajó los hombros.
Llevó las manos hasta el pelo de él y enterrando los dedos.
Su lengua jugaba con su sexo, prestando especial atención al clítoris.
Utilizaba los dedos para pasarlos una y otra vez sobre él, aumentando la intensidad a medida que ella gemía o se movía, indicándole dónde.
Continuó masturbándola durante unos minutos antes de incrementar el ritmo y la presión, sin parar, consiguiendo que una fría pero relajante corriente invadiera su cuerpo hasta llegar al ansiado clímax. Emitió un gemido antes de dejar caer las caderas, completamente laxa.
—John… Me encanta —consiguió decir, con los ojos cerrados.
Él no paró: pasó a los labios de su sexo. No entró en ella, se dedicó a prepararla, acariciando la apertura con la lengua y las yemas, pasando por encima de ella y mojándose por su excitación.
—Estás empapada —murmuró antes de volver a dejar un beso en su sensible clítoris.
Ella se arqueó.
—Yo… Sí.
—¿Estás lista?
—Lo estoy —Su voz sonó más desesperada de lo que a ella le habría gustado—. Lo estoy, cariño.
John palpó su vagina con un dedo antes de meterlo con suavidad, entrando y saliendo. Volvió a centrarse con la boca en su clítoris, sabiendo que gran parte del placer de ella procedía de él. Conocía su cuerpo casi tan bien como ella.
—Entra en mí —consiguió soltar, abriendo los ojos—.
Entra en mí. Quiero sentirte. —Vio la duda en su mirada.
Se debatía entre seguir dándole placer u obedecer.
Pero Coral quería sentirlo. Alargó una mano y le tocó el rostro, mirando sus carnosos labios húmedos por sus fluidos—. Cariño, quiero que entres en mí.
John se incorporó con una elegancia felina que le recordó a la forma en que lo hizo al entrar en la jaula, el día del combate.
Aquello fue otro estímulo para su más que excitado cuerpo, que vertió sobre ella otra ola de calor y humedad.
Contempló cómo llevaba las manos hasta la bragueta del pantalón y se lo bajaba hasta las rodillas, liberando su dura erección.
Estaba más que preparado, pensó al ver la oscura y rojiza cabeza apuntar hacia su sexo. John era como una estatua griega que vio en uno de sus viajes a Roma, Marforio. Grande, fuerte, detallado y definido. Había quedado hechizada por aquella estatua, sorprendida por la perfección que mostraba.
Con John era igual.
Él se llevó una mano hasta su pene, bombeando un par de veces.
Con la otra mano, la agarró por la cintura y la pegó a él.
Sintió contra su vulva la dura erección.
Su calor la quemaba, pero quería más. Necesitaba sentir su cuerpo por todas partes.
Sin poder esperar más, se incorporó con un brazo hasta quedar sentada y le rodeó el cuello con un brazo.
—Ahora me encargo yo —musitó contra sus labios. Capturó su boca en un hambriento beso para expresarle lo mucho que lo deseaba.
Bajó la mano hasta capturar su erección. Sintió una gota húmeda en su pene y la extendió con el pulgar, presionando con delicadeza. Él embistió contra su mano. Colocó la punta justo en su entrada y lo acercó más a ella.
—Quiero sentirte, John —susurró contra sus labios—. Quiero sentirte por completo.
Él acabó por entrar en ella con lentitud, sin dejar de besarla.
Sintió que la agarraba del cuello y comenzaba a apretar, pero dejándola respirar.
Sabía que a Coral le encantaban ciertos gestos durante el sexo y aquel era uno de ellos.
Comenzaron a moverse al compás, cada vez con más rapidez, y ella sintió todas y cada una de las diferentes texturas de su pene en su interior, desde las venas que rodeaban la verga hasta el suave glande.
—Sí… —John se separó para que ella cogiera aire. Sus embestidas fueron aumentando hasta alcanzar un ritmo regular.
Sus gemidos se mezclaban mientras el olor a sexo y sudor inundaba el salón.
Estaban completamente ajenos al mundo, sumidos en el de los dos, mientras se acariciaban y se miraban.
Coral se apretó a su torso, pegando los pechos cuando una nueva ola la condujo al clímax.
Se llevó una mano al clítoris y se acarició con rapidez, sintiendo en unos segundos el inminente placer.
Las paredes vaginales estrecharon el miembro de John hasta casi hacerle daño.
Él volvió a impulsarse una última vez antes de dejarse llevar y correrse en su interior, gruñendo contra ella.
Dejó caer su peso sobre Coral y ella le acarició la espalda por debajo de la camiseta.
Estaba empapado de sudor, al igual que el resto de su cuerpo.
—Me moría de ganas por volver a estar dentro de ti —dijo contra su pecho.
Ella sonrió, casi con sueño después de la increíble experiencia que habían compartido.
—Y yo. ¿Nos echamos una siesta y recogemos luego todo esto?
John asintió, se terminó de quitar los pantalones y los dejó en el suelo.
La cargó entre sus brazos y se fueron hacia el dormitorio.
Coral se pegó a su cuerpo, casi adormilada, pero lo bastante lúcida como para oírle decir que la amaba.
Qué bonito es vivir sin tener miedo, pensó.
Perdida en su soñolienta mirada, lo contempló con infinito amor, pensando lo afortunados que eran por haberse encontrado.