15 #4
Pero John la conocía lo suficiente como para saber que tramaba algo.
—¿Piensas masturbarte? Demonios, quiero quedarme.
—¡No! Vete con Dante. Te ha mandado un mensaje hace una hora, porque quiere que vayas con Patrick y Yakiv.
Yo… me quedaré un rato y luego os buscaré.
—Le guiñó un ojo mientras se acercaba a su bolsa de viaje y sacaba una pequeña caja rosa que mostraba el dibujo un pomelo abierto.
Sentía sus ojos sobre ella, hambrientos y curiosos—. Vamos, vístete y vete.
—¿Qué tienes ahí? —graznó.
—Nada que sea de tu… ¡Mierda! —Sus manos fallaron de manera estrepitosa al agarrar el pequeño cacharro, que salió despedido de la caja y cayó sobre la cama.
Coral se tiró sobre el colchón para agarrar el aparato, pero John lo capturó antes, le apartó la mano y pulsó el botón negro que tenía en uno de los extremos.
Un sonido de vibración llenó la habitación, seguido por los desbocados latidos de Coral que, sonrojada, contemplaba la sonrisa triunfal de su pareja.
—¿Una bala?
—Oh, eh… sí, una minibala. Es mi… mi…
—¿La usas? —preguntó; la agarró de la muñeca y la arrastró por el colchón hasta tenerla bajo él, sintiendo la dura presión de su erección contra la cara interna de su muslo. Estaba claro que llevar una falda no había sido buena idea.
John volvió a besarla, moviendo la mano para llevar la bala hasta su vulva, cubierta por la ropa interior. Ver esa mano entre sus piernas la puso a mil y abrió las piernas de manera inconsciente para que pudiera tocarla con total libertad.
—Puede que no deba practicar sexo…, pero eso no se aplica a ti —murmuró contra su boca.
Su aliento daba contra el de ella, aturdiéndola.
—John… Vamos…
—¿Sueles correrte con ella? —preguntó; colocó la bala en uno de sus muslos y la acercó cada vez más a sus ingles.
Estaba muy mojada y sentía la tela de la ropa interior empapada contra su entrada, la imperiosa necesidad de disfrutar de sus caricias, de tocarlo, olerlo y saborearlo. Su cuerpo le pedía placer a gritos. Y que Dante la perdonara, pero pensaba rendirse y aceptar de buen grado…
Unos golpes en la puerta la sacaron de su nube de gozo, devolviéndola a la realidad.
—¿John? ¿Coral? Nos espera la presidenta de la EFL junto a su equipo para que cenemos con ellos, bajad en cinco minutos.
Coral escuchó sus pasos alejándose de la habitación… que le sirvieron para empujar a John del pecho y arrebatarle el juguete sexual. Contuvo la risa al ver su decepción.
—Vístete, tenemos que bajar. —Se aclaró la garganta. Él enarcó una ceja—. Podremos usarla… después de la pelea.
Seguía excitada, pero lo bastante despierta como para buscar sus zapatos y tirarle unos vaqueros a John, que los capturó en el aire.
—¿Me enseñarás cómo lo usas? —Su voz, ronca, mandó una descarga de placer a sus pechos.
Tocándose la zona, de espaldas, se volvió al no escuchar cómo se vestía; John la agarró de las caderas, pegando su verga contra el trasero de ella—.
¿Me enseñarás cómo te masturbas mientras te contemplo?
¿Qué te parece, cariño? Me muero de ganas por…
—Vale, está bien —soltó en un quejido, imaginándose cómo iba a ser—. Ahora vístete, yo… voy al baño.
Coral se dirigió hacia la puerta cuando escuchó un silbido a sus espaldas. Al volverse atrapó algo en el aire. Al mirar con más atención, sus mejillas cogieron un intenso color rojo. Era ropa interior. Sí, necesitaba desesperadamente cambiarse y recobrar el control sobre sí misma.
—¿Estás nerviosa? Todo saldrá bien, Coral.
Además, mañana mismo nos tendrás a todos allí.
—La voz de Ocean llegó hasta ella desde su móvil mientras contemplaba a John en el restaurante junto a Dante, Patrick, Yakiv y otros que formaban parte de su equipo y cuyos nombres ella aún no había conseguido recordar.
Estaba nerviosa, incluso su barriga gruñía y la hacía ir varias veces al baño.
Tenía tanto calor que acababa yendo a echarse agua y refrescarse, aunque aquella vez había salido a tomar el aire.
Había hablado con sus padres y con su prima Tatiana, pero ninguno había conseguido que soltara parte de la tensión que cargaba desde que habían llegado a Las Vegas.
John la estudió desde la mesa, con preocupación. Al ver que se iba a levantar, ella le sonrió, alzando el pulgar.
—John se huele que estoy cagada de miedo, Ocean. Me mira como si fuese a darme un infarto —murmuró, dándole la espalda; se encontró la redonda y enorme luna sobre el oscuro cielo, casi tapada por la enorme altura de los edificios.
—No está lejos de la realidad, jadeas cada vez que hablas. Cierra los ojos, coge aire y llena tu vientre, impulsándolo hasta tus pulmones. Luego, sostenlo unos segundos y luego lo sueltas con lentitud.
—Oh, venga, Ocean… —se quejó.
—Hazlo, quiero oírte respirando de forma profunda. Venga, cuento, ¿preparada?
Unos minutos más tarde, Coral comprobó que, de hecho, estaba mucho más relajada. Los miembros de su cuerpo caían perezosamente a ambos lados y su garganta se había expandido, cuando minutos atrás había estado tensa y eso le provocaba un intenso dolor que le dificultaba respirar.
Debía relajarse. John podía distraerse en la pelea sabiendo lo preocupada que estaba.
Tenía que ser fuerte, dejar de tener miedo y aceptar que las cosas iban a pasar de la forma en que debían ser.
Confiaba en la vida y sabía que todo lo que sucedía en ella era para su aprendizaje, y era mejor que superara todas aquellas barreras que le impedían disfrutar plenamente del momento.
Sí, era capaz de hacerlo.
—Me siento mucho mejor, Ocean —murmuró, feliz de haberse desprendido de todos aquellos sentimientos negativos—. Gracias por todo.
—No te preocupes. Ahora vete y disfruta de la cena. Mañana nos vemos.
—De acuerdo, hasta mañana.
Coral colgó y regresó al restaurante, donde John la siguió en todo momento con la vista, evaluándola.
Tras disculparse, volvió a centrarse en su plato, esa vez con más apetito, dejándose llevar por el sentido del humor de Yakiv.
Respondió a las preguntas que le hizo la presidenta de la EFL , Pilar Robbie.
Al parecer, era mitad mexicana y mitad norteamericana, y había heredado la EFL de su padre, quien había sido años atrás un completo aficionado a las MMA y había invertido todo su dinero en aquella empresa.
A lo largo de la velada, Coral acabó relajada por completo y se despidió de todos con un cálido abrazo antes de dirigirse hacia el hotel junto a John. Se encontraron a varios fanáticos, incluso fuera del restaurante los esperaban unos cuantos, con pósteres y caretas con el rostro de John.
Cuando por fin consiguieron llegar a la habitación, Coral se quitó los pendientes de plata que llevaba y los dejó sobre su mesilla de noche. Dio un pequeño respingo cuando John se acercó por detrás y la besó en la nuca. Luego se apartó y le alcanzó su pijama.
—Gracias, cariño —murmuró, desvistiéndose.
—¿Todo bien? —preguntó, quedándose en bóxer. La imagen de su cuerpo cubierto de heridas y sangre cruzó con rapidez a través de su mente y la alejó con la mayor brevedad posible.
—Sí, todo bien —respondió, esbozando una sonrisa. Ella se sentó en el borde de la cama y estudió su rostro desmaquillado en el pequeño espejo que había en su mesilla—. Mañana vienen todos, Ocean, tu abuelo, Justin, Bridget… Creo que va a ser bastante emocionante.
Se levantó, se puso el pijama y se sentó en su lado de la cama, aceptando de muy buen grado estar entre los brazos de John.
Él la rodeó y la besó en la coronilla, soltando un profundo suspiro.
La calidez de su cuerpo la embriagaba, pero aquella noche era diferente.
La tranquilizaba, era como estar en un hogar seguro.
Gracias a él, ella había sido capaz de volver a construir su autoestima, a aceptarse tal como era y a poner sus límites.
—Mañana va a ir todo bien —murmuró, sintiendo de verdad aquel pensamiento.
—Lo sé.
La seguridad y la vanidad en su voz le hicieron darse la vuelta y mirar su rostro. Sonreía, con los ojos cerrados. Abrió uno y enarcó una ceja. Ella se rio.
—Espero que no dejes que te dé muchos golpes. No me obligues a entrar en la jaula.
John se llevó una mano al pecho.
—Lo prometo.
Sonriendo, asintió y se incorporó para besarlo. Acortó la distancia hasta que pudo besarlo en los labios, sintiendo su calidez. Su cuerpo reaccionó al momento, enviándole pequeñas descargas que despertaron su deseo. Sin embargo, se separó y cogió aire, observándolo con detenimiento.
—Deberíamos irnos a dormir, mañana te espera un gran día.
—Podemos quedarnos un rato más despiertos. —Le acarició el cabello—. No me importa. De todas formas, veo que no vas a poder dormir mucho esta noche.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Tienes los ojos muy abiertos. Así de grandes. —Con sus manos, formó dos enormes círculos a la altura de sus propios ojos.
Ella soltó una carcajada.
—¡No es verdad!
En verdad sí lo era, pero prefería no admitirlo en voz alta.
Se separó, fingió un bostezo y volvió a su zona del colchón y se tapó con la sábana.
El gran día de John estaba a punto de llegar y no quería que estuviese en vela por sus miedos e inseguridades que, sin ninguna duda, solo podían ser derrotados una vez que la pelea finalizase y él estuviese bien.
Fingiendo la mejor de sus sonrisas, le hizo un gesto.
—Quiero dormir, ¿sabes? Si no te preparas, voy a apagar la luz.
Él sonrió y negó con la cabeza, pegándose a ella antes de estirar el brazo y apagarla, tirando del pequeño cable de la lámpara.
Sintió que le daba un beso cerca de la boca antes de murmurar un «Buenas noches».
Coral se dedicó a contemplar la pared en blanco y, en un desesperado intento, a contar ovejas.