15 #3
Todavía con cierta rigidez, tras hacerse la foto con todos los niños, cogió todas las bolsas excepto dos livianas que dejó para ella, ya que insistió, y se dirigieron hacia el coche.
Sabía que estaba tenso por la forma en la que apretaba los dedos sobre el volante, que no respondía con nada más que con gruñidos cuando ella le preguntaba. Coral lo estudiaba con la mirada, como si quisiera entender qué había pasado y repasara lo ocurrido una y otra vez en su cabeza.
Aquel torbellino de emociones no le permitía pensar con claridad ni darle nombre a los sentimientos que lo invadían.
Se sentía abrumado e incapaz de formular palabra alguna.
Llegaron a su casa en completo silencio.
Al bajarse, Coral fue corriendo hacia él, intentando igualar sus enormes zancadas.
Cuando consiguió agarrarlo de la mano, en la misma puerta de la casa, lo obligó a darse la vuelta.
John contempló sus bonitos ojos verdes y dorados, que estaban llenos de incertidumbre y duda.
—John, ¿qué pasa?
Él se agachó y acortó la distancia entre ellos para besarla.
—Nada.
—Mentira. ¿En qué pensabas? —murmuró contra su boca, acariciándole el pelo corto con las manos. Le dio un suave tirón— . Exprésate. No pasa nada, cariño. ¿Estás bien?
—Feliz —murmuró con la boca pequeña, casi con vergüenza.
Ella suspiró, aliviada, y sonrió antes de abrazarlo y acariciar su ancha espalda. Lo estaba calmando, como si fuera capaz de ver la tormenta que en ese mismo instante se desataba dentro de él.
—Eso es estupendo. Yo también estoy muy feliz.
John no se había atrevido a abrirse por completo, pero sí había avanzado lo suficiente como para expresarle que tenerla en su vida lo hacía sentirse feliz, más ligero y liviano, como si todos los malos recuerdos desaparecieran gracias a ella… o al menos, dejaran de atormentarlo.
Los días fueron pasando con bastante rapidez.
Habían hecho una cena de despedida en su casa a la que habían asistido Ocean, Dante, Yakiv, Patrick, Justin con Bridget y Matt.
Todo parecía estar como siempre entre ellos; se lo habían pasado bastante bien y cuando Tat le había soltado que iba a ir a tirar la basura, acompañada por Matt, les dejó la suficiente intimidad para que se despidieran…
Aunque eso sí, se había estado asomando todo el tiempo por la ventana, hasta que Ocean la había llevado con suavidad de vuelta al salón.
Su prima se había ido radiante de felicidad, haciéndole prometer que volvería a invitarla.
Aquella misma noche, cuando Tat regresó a Sevilla, sus padres la llamaron para preguntarle qué tal había ido todo y, por supuesto, sacarle algo más de información sobre John.
Su padre y madre le habían pedido reiteradas veces que le deseara fuerza y mucha suerte para el combate.
Y de repente, sin que ella se hubiese dado cuenta, apenas quedaban tres días para la pelea que iba a llevarse a cabo en Las Vegas.
Se habían ido allí para que John no notara tanto el cambio, entrenando en uno de los gimnasios de un compañero de Dante.
Coral había contratado al primo de Jack, Diamond —suponía que él prefería que lo llamaran así, pues en su carné de identidad aparecía «Robert»—, junto a Ocean, que se pasaba para asegurarse de que todo iba sobre ruedas y le mandaba mensajes.
Al parecer, Diamond pensaba quedarse más tiempo para tener bajo control a su primo. A ella le había venido de maravilla.
Coral se encontraba en el hotel de cinco estrellas, en la suite que le habían dado a John. Escuchó que la puerta del baño se abría y vio salir su novio con una toalla envuelta alrededor de la cintura. Se pasó una mano por el pelo, salpicándola con el resto de agua que tenía.
Ella se rio.
—¡Oh, vamos! ¡Para!
Él sonrió y la pegó a su cuerpo. Su nariz recorrió la longitud de su cuello, haciéndole cosquillas.
—Mmm… Me gusta este olor.
Coral cogió aire con cierta dificultad y le acarició la desnuda espalda.
Supo que él sentía su nerviosismo. No solo le temblaban las manos y su respiración era irregular, también aquellos últimos días había estado más callada que de costumbre.
Y le costaba conciliar el sueño… Había estado viendo combates del actual campeón, Dmitry, junto a Dante y John, quienes estudiaban al milímetro cómo se movía y golpeaba.
Dmitry era mucho más peligroso y listo de lo que ella había supuesto en un primer momento…
y estaba aterrada. Temía que pudiesen hacerle daño a John, que algo saliese mal y acabase en un tremendo accidente.
Sabía que Dante no iba a permitirlo, ni tampoco los árbitros, pero aun así…
le espantaba ser espectadora de alguna tragedia, sobre todo si su novio era el protagonista de ella.
Los labios de John sobre su frente la sacaron de sus pensamientos.
—Tranquila —murmuró.
—Lo siento… Yo… no quiero que te pase nada. —Subió las manos hasta su pelo y se lo acarició—. Tengo fe en ti, sé que puedes ganar, pero después de haber visto todos sus combates…
Las palabras se ahogaron en su garganta, sintiendo una inesperada quemazón en los ojos. No, no iba a llorar.
—Cariño, no pasa nada, llevo haciendo esto casi toda mi vida. —Él intentaba animarla con suaves palabras y caricias, transmitiéndole seguridad—. Créeme, no estoy nada nervioso. No creo que vaya a ser nada fuera de lo normal. He entrenado con Dante y Yakiv, son mucho más grandes que él.
—Lo sé. —Soltó todo el aire de sus pulmones, apretándose contra él. Colocó su cabeza justo donde latía su corazón y se relajó—. Solo… Ten cuidado, ¿vale? Sé que Dante no permitirá que pase nada, pero prométeme que no te vas a arriesgar más de lo necesario.
Coral soltó un gemido cuando él se agachó y la cogió en brazos y se le cayó la toalla que tenía envuelta alrededor de las caderas. La colocó sobre la cama y él se apoyó contra el cabecero; ella estaba entre sus piernas, rodeada por sus brazos y puso las manos sobre ellos.
—¿Sabes? Al principio me llevaba muy mal con mi hermano.
—Su voz apenas era audible, pero Coral se esforzó por entender lo que decía—.
Mi padre lo prefería a él, creo que era porque yo me parecía más a mi madre, y ella lo había dejado por el vecino, aunque tampoco fue una buena elección.
Todas las cicatrices que tengo… —Le dio la vuelta con facilidad y Coral quedó de rodillas, aún entre sus piernas.
John le cogió la mano y la puso justo debajo del pezón derecho, donde estaba una de sus cicatrices.
Ella ya se las sabía de memoria—. Me las hizo mi padre, y esta…
—Subió hasta la sien, que bajaba hasta el mismo pómulo.
Aquella también era blanca y en relieve .
Coral sintió una fuerte presión en la garganta que no la dejaba respirar.
Que él se mostrara tan abierto ante ella, era todo un esfuerzo de su parte—.
Me fui con mi abuelo después de que mi padre intentara romperme una botella de cristal.
Estuve más de diez años sin hablar con mi hermano, hasta que volví de la Marina.
El resto ya lo conoces. Mi madre murió, mi padre también…
Justin era todo lo que tenía. Todo habría seguido igual si no hubiese sido por Dante.
Me salvó de matarme en una de las muchas peleas clandestinas en las que me metía, detrás de hoteles y bares repletos de borrachos.
Ella asintió, incapaz de retirar su mano de la cicatriz de la cara.
—No tienes culpa de nada, John —enfatizó, queriendo captar su atención.
Él la miró, intentando ocultar todo el sufrimiento que se veía en sus ojos—.
Lo hiciste lo mejor que pudiste en ese momento, todo fue como tenía que ser.
Anclarnos en el pasado y pensar en cómo habrían sido las cosas si las hubiésemos hecho de otra manera no sirve para nada más que para provocarnos dolor y perder el tiempo.
Todo ha acabado. Tu nueva vida ya ha empezado.
Él la miró fijamente, como si estuviese buscando algo… y pareció encontrarlo, ya que asintió y la abrazó.
—Mi abuelo no viene hasta el día de la pelea.
—Tengo ganas de conocerlo —admitió—. Debe ser un hombre muy interesante.
—Lo es. —John cogió uno de sus mechones castaños—. ¿Tus padres saben lo del combate?
—Por supuesto, te desean suerte. —Coral cogió aire, captando su fresco olor tras su ducha—. Aunque creen que no la necesitas.
—¿Estás segura de que quieres ir al combate? Sé que te gustan las MMA , pero… no sé si estarás preparada para verme a mí luchando, y menos ahora que estamos juntos.
Coral abrió la boca, sorprendida. Luego le golpeó en el torso con fuerza; él le capturó la mano con la suya y la apretó contra él.
Sintió la calidez que desprendía su cuerpo…
y cómo el de ella respondía, volviéndose húmedo y caliente; sintió una suave corriente de aire en su nuca. Pegó su frente contra la de él y gimió.
—Para, John. No podemos, hasta que pelees no.
—Venga, nena… —Le estaba levantando la camiseta marrón chocolate que llevaba, exponiendo su abdomen—. Yo no le diré nada a Dante.
—No, John, para. —Agarró como pudo sus manos y le dedicó una expresión seria—.
Sé muy bien que no se debe practicar sexo días antes de la pelea porque, entre otras cosas, te desconcentra y te debilita las piernas.
—Hizo que se agachara para darle un beso y se retiró con una risa cuando quiso volver a capturarla—. Cuando termines la pelea, lo haremos.
Coral se bajó de la cama y lo contempló en toda su desnudez, con las fuertes piernas abiertas, el pene erecto descansando sobre la cara interna de uno de los muslos junto a los pesados testículos, el abdomen marcado, sus fornidos brazos…
y su parte favorita, su rostro. John poseía sin lugar a dudas el rostro más perfecto, atractivo y masculino que ella hubiese visto, sobre todo con sus carnosa boca.
Ella se mordió los labios y gimió.
—¡Joder! Yo también te deseo… ¿Sabes? Deberías irte con Dante y dejarme sola —dijo con un tono bastante informal, desinteresado.