Irrompible 15
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Coral miró tanto a su prima como a Ocean, enarcando una ceja.

Las dos habían llegado muy tarde a su casa.

No la habrían despertado si no hubiese sido porque Ocean había tropezado con la alfombra y se había caído al suelo.

Unas horas más tarde, se habían despertado por la alarma del móvil.

Era un día festivo en Valley’s Moon , pero ella tenía que ir a trabajar, al menos por la mañana.

Se había planificado de forma que por la tarde trabajara en diseños.

Volvió a mirarlas. Parecían muy cansadas… y felices, como si hubiesen vivido una gran noche. El cabello de Ocean era un nido de pájaros, mientras que el de su prima estaba bastante bien.

Frunció el ceño.

—¿Adónde fuisteis anoche?

—A las hogueras —respondió su amiga, bostezando—. Lo pasamos de miedo.

—Ah, ¿sí? ¿Qué pasó? Contádmelo todo. ¡No es justo! — exclamó, echándose más café.

—Se siente. —Tat esbozó una sonrisa—. Mientras tú estabas con tu novio, nosotras disfrutábamos de la soltería.

Coral maldijo cuando se quemó al no darse cuenta y verter el cálido líquido sobre su pijama. Se quitó el pantalón y la miró con sorpresa.

—¿Te lo pasaste bien con algún chico?

—¿Chico? —repitió Tat. Soltó una carcajada—. Hombre, con un hombre. ¡Y menudo tío! Nunca he estado tan cachonda. Qué bien me lo pasé —añadió con voz ronca, cogiendo una galleta más del plato.

Ocean soltó un ruido muy cercano a ser una risa.

Coral frunció el ceño y, en bragas, se sentó en la otra silla.

Paseó la vista de una a la otra varias veces.

¿Por qué tenía que pasar lo más divertido cuando ella no estaba?

Tampoco era que se quejara, se lo había pasado genial con John.

Los azules ojos de su amiga estaban enrojecidos por la necesidad de descansar más horas.

Pero había algo que se le estaba escapando. ¿Qué podía ser?

—Vale, mi prima se ha tirado a uno de la edad de John, supongo. ¿Qué hay de ti, Ocean? ¿Qué demonios ha pasado? ¡Exijo explicaciones! ¿Y Dante, Yakiv y Patrick?

Ocean se encogió de hombros.

—Eso es cosa de ellos.

—¿Y tú? —preguntó Tatiana, mojando la galleta en el caliente líquido que contenía su taza.

—Yo me tiré a Yakiv —soltó, abriendo otra caja de galletas.

Coral dejó caer su cuchara, que golpeó la mesa ruidosamente.

Miró a su prima. Al parecer ella tampoco sabía nada.

¿Ocean y Yakiv? ¿En serio? Parpadeó un par de veces.

Quería ordenar sus pensamientos y pedirle todos los detalles, pero seguía sin creérselo.

No había visto química entre ellos en ningún momento ni miradas de complicidad más allá de las que podían tener un par de amigos.

—Cierra la boca, Coral —añadió Ocean con una sonrisa—. No es para tanto.

—Dios, me he perdido la mejor noche de cotilleos —se quejó—

. Vaya mierda. ¿Tú y Yakiv? No me lo había esperado.

—Estábamos borrachos. —Se encogió de hombros—. Si tengo suerte, ni se acordará. No me gusta acostarme con mi círculo de amigos… —Hizo un mohín con los labios—. Es superincómodo. Además, estaba tan borracha que… mejor ni recordarlo.

Tatiana se rio, aunque se arrepintió al instante y se llevó las manos a las sienes.

—Joder… Qué dolor de cabeza. ¿Te importa si me quedo esta mañana en casa, Coral? Creo que estoy demasiado cansada para acompañarte al trabajo.

—Por supuesto, quedaos las dos aquí. Cuando venga podemos pedir comida —sugirió; se levantó de su asiento y fue hacia las escaleras.

Tenía que arreglarse e ir al trabajo antes de que se convenciese de que debía tomarse aquel día libre.

De repente, se acordó de algo. Desde el pie de las escaleras, habló en voz alta—.

Por cierto, ¿con quién te fuiste, Tat? ¿Lo conocemos?

Sentía muchísima curiosidad; ¿era algún camarero joven o…?

—Oh, sí, claro. Matt, el que trabaja de seguridad que es amigo de John.

Coral dejó caer su móvil al suelo antes de ir a grandes zancadas hacia la cocina.

Ocean intentaba controlar la risa mientras su prima comía galletas sin parar, con el cabello lleno de miguitas.

Demonios, ¿de veras? No había visto interés ni por parte de Matt ni por la de ella, ¿o acaso estaba demasiado distraída con John?

Aquellos dos habían quedado alguna que otra vez, pero no había visto nada que la informara de que entre ellos habían saltado chispas.

Sin lugar a dudas, pensaba echarles un ojo la próxima vez.

Estaba claro que tenía que cuidar más… No, controlar a su prima no era la solución, se dijo mientras sus mejillas cobraban un intenso color rojo.

Era como su hermana pequeña y, a pesar de saber que era sexualmente activa, no se la imaginaba practicando sexo con un hombre que rondaba los treinta y nueve.

Tragó saliva y se asomó a la puerta.

—¿Has dicho Matt?

—Sí, ese mismo —respondió con tranquilidad. Ocean se mordía los labios—. Está buenísimo. ¿No tienes que irte a trabajar, prima?

Coral soltó un gemido.

—No quiero irme, quiero cotillear toda la mañana con vosotras —admitió.

—Nosotras nos vamos a dormir ahora —habló Tatiana echándose hacia atrás en la silla, saciada con las galletas—. Cuando vuelvas podemos contarte todos los detalles.

Ocean asintió, apoyando la idea.

—¿Prometido? ¡Muy bien! Voy a arreglarme, entonces… ¡Haced memoria, porque no pienso daros de almorzar si no me dais todos los detalles!

Coral terminó de cobrar a la última mujer cuando, antes de cerrar la tienda, se dio cuenta de que había un chico de unos veinticinco años mirando unas faldas.

Tenía el pelo negro brillante, unos labios muy carnosos con un suave gloss y llevaba puesta la ropa de forma impecable.

Al notar su presencia, se giró. Batió sus espesas pestañas azabache.

—¡Vienes en el mejor momento! Estaba pensando cuál de estas faldas me podría sentar mejor.

Ella sonrió y estudió sus proporciones con rapidez antes de coger una de las tallas más pequeñas. Aquel hombre era incluso más delgado que ella.

—Pues creo que esta. —Coral se mordió el labio, pensativa—.

Es la misma que tengo yo…, pero no las hay más pequeñas, a no ser que la encargues.

¿Te la quieres probar? —Levantó la falda de gasa larga, sosteniéndola ante él, que negó con la cabeza y se acomodó el espeso flequillo negro hacia atrás, con los dedos.

—No, me la llevaré. Vendré otro día antes de marcharme de Valley’s Moon en caso de que me quede mal —respondió, yendo hacia donde se encontraba la caja registradora.

—No eres de aquí, ¿verdad? —preguntó Coral mientras le quitaba la pinza de seguridad y la doblaba con cuidado. Estudió sus oscuros ojos—. No me suenas.

—No, he venido a ver a mi primo Jack, parece que tuvo… una pequeña pelea. No se habla con sus padres, así que soy el único que se ha dignado a visitarlo —bufó, ajeno al rostro petrificado de Coral.

—Jack… ¿El del taller? —musitó; aceptó el dinero y le tendió la bolsa. ¿Había dejado su corazón de latir?, se preguntó Coral, llevándose una mano al pecho y alerta a sus próximas palabras.

—Sí, ese mismo. —Puso los ojos en blanco—. Salió a los pocos días de ingresar… ¡Qué te voy a contar que no sepas! Seguro que lo conoces. Estoy deseando verlo e irme. Echo de menos Nueva York.

—Sí, lo conozco, pero no he vuelto a verlo por los pub s — respondió, queriendo obtener más información, cosa que no resultaba muy complicada. Aquel hombre parecía estar deseando airear la vida de su primo.

—Creo que todos esos golpes que se llevó le han servido para sentar la cabeza y dejar de comportarse como un adolescente.

Se dedica a trabajar y poco más. —Hizo un gesto con la mano—.

Mi pareja se ha negado a venir a acompañarme, los cosmopolitas somos así, excepto que esto era un asunto familiar y no he tenido más remedio.

¿Sabes, cariño? Tu falda es lo único bonito que me llevo de aquí. —Movió sus dedos—. Hasta luego.

—Hasta luego, gracias —murmuró, sorprendida de la enorme diferencia que había entre Jack y su primo.

Cerró la tienda y miró a través del cristal la calle, absorta en sus pensamientos y vio al primo de Jack doblar una esquina y desaparecer.

Aquel día estaba resultando ser… diferente.

No solo su prima se acostaba con un hombre que casi le doblaba la edad y Ocean había pasado la noche con Yakiv, sino que también aquel hombre, menudo, pero con más curvas que ella y muy a la moda, resultaba ser el primo de Jack.

Si hubiese vivido en Valley’s Moon , lo habría contratado.

Necesitaba una cerveza con urgencia, se dijo antes de dirigirse a los almacenes para recoger sus cosas.

John salió con rapidez de los vestuarios, cargando al hombro su bolsa de gimnasio con la ropa sucia.

Ni la rigidez de sus músculos por el intenso entrenamiento ni el ruido de los demás luchadores lo distrajeron hasta que encontró a Coral hablando animadamente con Dante cerca de la recepción del gimnasio.

Como siempre que la veía, sintió una corriente caliente y chispeante recorrer los entumecidos miembros de su cuerpo.

Estaba preciosa. Llevaba el pelo castaño suelto en suaves ondas, los labios brillaban en un tono melocotón que captó su atención.

Se moría de ganas por volver a morderlos y lamerlos.

Un saludable rubor cubría sus pómulos, haciendo contraste con el color de sus ojos, en los que aparecían unos intensos destellos verdes y mieles.

Dante parecía relajado, aunque había estado bastante tenso y distante en el entrenamiento, como si sus pensamientos estuviesen a kilómetros de allí. Algo por completo inusual en él. Sabía que se habían ido la anterior noche a las hogueras, pero no había soltado mucho más.

Coral le había mandado un mensaje comentándole que le apetecía hacer una cena especial para la despedida de su prima y, por lo tanto, quería que la acompañara a comprar todo lo que necesitaba.