14 #5
—Este descampado está habilitado para hacer hogueras, ya que se encuentra en una zona de tierra sin vegetación cerca. —Ocean se bajó y se retocó la oscura melena, sonriendo—. Compraremos algo de comer en los kioscos y te presentaré más gente de Valley’s Moon .
Tat asintió y fueron hacia la furgoneta de Dante, donde las esperaban.
Anduvieron hasta estar en una zona donde había varias hogueras.
Muchísima gente se apilaba a su alrededor, charlando, cantando y bromeando alegremente mientras bebían o comían perritos calientes.
A su prima le habría gustado estar allí, pensó con una sonrisa…
o no. Debía de estar pasándolo mucho mejor con John.
Tatiana se paró en una enorme cola frente a uno de los kioscos y paseó la vista por todas las personas que se encontraban allí, pero no reconoció a nadie.
Cogió aire cuando una suave brisa le revolvió el oscuro cabello.
Selo echó en uno de los hombros y pilló a Patrick mirándola fijamente.
Se sonrojó y se dio la vuelta, metiéndose las manos en los bolsillos de los pantalones.
Ocean le dio un codazo.
—Lo tienes loco.
Tatiana se encogió de hombros. Avanzaron un poco más en la cola. Yakiv cogió un mechón del cabello de Ocean y le dio un tirón.
—Es una noche perfecta para buscar pelea, ¿tú qué dices?
—¡Y una mierda! —respondió con una sonrisa—. Conseguiste liar a Coral; conmigo no va a funcionar.
Dante negó con la cabeza, muy tranquilo y relajado mientras alzaba la cabeza hacia el oscuro cielo.
Era un hombre bastante atractivo, afroamericano y de enorme envergadura.
A pesar de su espectacular y, en cierta forma, aterrador físico, era todo lo contrario.
El tiempo que llevaba allí no lo había visto perder el control ni la compostura.
¿Cómo era posible que un hombre como él no estuviese casado o en pareja?
Se dijo que iba a preguntárselo a Coral al día siguiente; paseó la vista por todo el descampado y captó un sin fin de olores deliciosos.
Estaba hambrienta.
Cuando por fin les tocó pedir, eligieron cervezas y perritos calientes.
Antes de que se diese cuenta, Tatiana ya llevaba cuatro botellines y dos perritos calientes.
No era el sabor de la comida, pues los había comido mejores, sino la compañía y el ambiente los que hacían de aquella velada un enorme recuerdo.
La música salía de los altavoces de unos coches que tenían el maletero abierto, mezclándose con las voces de los demás.
Con una nueva cerveza en la mano, vio a Ocean bailar con Yakiv.
Movía las caderas de un lado a otro, saltaba, daba vueltas…
El luchador ucraniano hacía lo mismo, sacándole estruendosas carcajadas que capturaban la atención de varias personas.
Una canción de country, que parecían haber estado esperando con ansias, llegó hasta sus oídos.
Dante hablaba con varios hombres y mujeres que lo felicitaban por su habilidad para preparar a los luchadores.
Estaba en la cola del kiosco, quizás un poco más ebrio de lo que había supuesto.
Alguna intentaba soltar un coqueteo, pero él, con elegancia y experiencia conseguía, deshacerse de ellas. Guau, era algo digno de ver.
Tatiana le dio otro buche a su cerveza cuando sus ojos se clavaron sobre una esbelta figura que estaba al otro lado de la hoguera.
Oh… Era Matt.
El increíble y atractivo Matt, cuyos rasgos irregulares por los golpes lo hacían verse magníficamente masculino.
Sin lugar a dudas, era uno de esos hombres que se habría tirado.
Y lo habría disfrutado. Matt tenía pinta de ser de esos que se tomaban muy en serio que la mujer disfrutara durante el sexo.
Estaba guapísimo, con una chaqueta de cuero en el brazo, una camiseta negra de manga corta y unos vaqueros.
Tatiana se humedeció los labios al sentirlos secos.
Sí, lo deseaba.
La oscura mirada de él encontró la suya. Una sonrisa torcida apareció en su rostro.
Iba hacia ella.
Oh, sí. Que corriera, pensó con cierta ansiedad. Tat se echó el cabello a un lado, preguntándose si el escaso maquillaje que llevaba seguía en su sitio. Sus pensamientos se esfumaron al verlo caminar de forma felina, sin dejar de contemplarla.
Su corazón dio un brinco. Y no, no estaba nerviosa. Tenía la situación bajo control… o eso esperaba. Había bebido demasiado.
Al tenerlo al lado, el olor masculino llegó hasta su nariz. Inspiró hondo, empapándose de él. Esbozando una seductora y feliz sonrisa, para qué mentir, ladeó la cabeza y lo observó. Seguía llevando aquella corta barba que le daba un toque roquero.
—Vaya, vaya… ¿Dónde está tu prima para cuidarte? —la picó, acercándose más de lo moralmente apropiado.
Al cuerno, pensó, ¿desde cuándo hacía ella algo moral? Avanzando otro paso, entornó los ojos.
—Lejos, perdida con John… Además, mi prima no me cuida. Te cuida a ti —remarcó, chocando su botellín casi vacío con el de él. ¿Cuándo había bebido tanto?
Matt frunció el ceño, pero sin dejar de controlar todos y cada uno de sus movimientos.
—¿A mí?
—Ajá —ronroneó, disfrutando de tenerlo en su campo de juego.
—¿Y puede saberse de qué me va a cuidar Coral?
—De ser devorado por mí. Y lo digo de forma literal — murmuró; acabó el botellín, se lo dio y fue hacia el kiosco.
Supo que él la seguía, ya que escuchó su ronca risa a sus espaldas. Tat curvó las comisuras de la boca antes de sentir que la agarraba de la muñeca. Cuando se dio la vuelta apenas había diez centímetros entre los dos. Transmitían un húmedo calor que entumecía y a la vez llameaba su cuerpo.
—¿Adónde vas?
—A por otra cerveza.
—Ya llevas unas cuentas —señaló de forma amigable.
Su voz ronca tenía un deje… oscuro, seductor.
Intentaba ligar con ella, pero dejaba el camino libre para que se fuera.
No intentaba acosarla ni asegurarse un polvo, como solían hacer los chicos de su edad.
Aquella era una de las muchas ventajas de salir con hombres mayores.
—Lo sé, y las que me quedan.
—Tengo varias en mi coche. —Él sonrió al verla reír—. ¿Qué me dices?
Tatiana se llevó una mano a la barbilla, pensándoselo…, aunque con la respuesta muy clara. Sabía lo que iba a pasar. Y se moría de ganas. Había esperado tener un tiempo a solas con él y había sido imposible. El Destino le estaba dando la oportunidad… y pensaba aprovecharla.
—¿Tienes bastantes? No voy a conformarme con una — murmuró, colocando una mano justo en su torso.
Sintió los fuertes músculos contraerse y el calor traspasando la camiseta.
Mirando hacia arriba, quiso saber si él también había sentido aquella descarga de energía que la había recorrido de pies a cabeza.
Supo que había sido así al ver su mirada aún más oscurecida.
—Bastantes.
—Entonces, llévame hasta tu coche.
Tatiana se alejó de las hogueras hasta el amanecer; cuando regresó y, para su propia sorpresa, Ocean todavía seguía allí. Y Dante, Patrick y Yakiv. Todos parecían haber vivido una noche loca.