14 #2
—Es muy simpático, él y Dante son mis favoritos.
Ocean bufó.
—Desde luego, eres lista. Mejor dicho, las dos sois listas. Os fijáis en los mejores del pueblo.
Coral se rio.
—Oh, vamos, John es mi novio. Mi prima no está interesada en ninguno. No tiene nada que ver, ¿verdad, Tat?
—Por supuesto. —Decidió que aquel momento era el mejor para cambiar de tema—. ¿Tú no estás saliendo con nadie, Ocean?
La aludida negó con la cabeza.
—No, no me ha llegado. Tampoco me quejo, estoy pasando por una racha muy tranquila.
—Es lo mejor que puedes hacer, estar sola te aclara mucho las ideas —añadió Tatiana. Luego se aclaró la garganta, sin esforzarse por mirar tras los cristales. Llovía bastante fuerte—. ¿Y John?
—Se ha ido a su casa —respondió su prima.
—¿No vas a… verlo? —Tatiana sonrió al oír la risa de Ocean.
—Acabo de verlo, Tat.
—¡Pero es tu novio! Las noches son la mejor parte —estalló, dejándose caer contra el respaldo del asiento.
—Eres mi invitada, no pienso dejarte sola.
— Créeme, prima , yo haría lo mismo contigo si tuviese un novio como John —señaló, agarrándose al asiento del conductor. Coral aguantaba la risa, mientras que Ocean se limpiaba las lágrimas por las carcajadas que salían de su pecho.
—¡Callaos ya! —Sin embargo, había un tono de humor que las dejaba continuar con el tema—. Además, no solo las noches son divertidas, Tat. —Le guiñó un ojo por el espejo retrovisor.
—¿Veis? Eso no lo sé porque nunca he estado con un tío parecido a John.
Ocean, segundos más tarde de haber controlado la risa, se giró hacia ella.
—Ni tú ni yo.
—Sois horribles, chicas. Qué combinación tan mala juntaros. Tat, ¿no estabas conociendo a uno por Internet?
—Bah, ese no sirvió para nada. —Hizo un gesto con la mano—
. Era como los conejitos esos que aparecen en los anuncios de pilas. Duraba tanto que me dolía la entrepierna.
Coral puso los ojos en blanco, luego negó con la cabeza. Ocean parecía estar demasiado interesada oyendo sus penurias para darse cuenta de que ya se habían parado enfrente de una casa, que debía de ser la de ella. Llovía con tanta fuerza que no conseguía ver más que borrones.
—No todos saben.
—Y que lo digas… ¿Nos vemos mañana para comer? — preguntó Ocean.
—Claro, ¿no, Tat?
—Me parece estupendo —dijo, asintiendo—. Ha sido un placer, Ocean. Ahora ve corriendo si no quieres acabar empapada.
Los ojos azules de ella brillaron con malicia y soltó una carcajada.
—Créeme, sería un alivio. Hace mucho, mucho tiempo que no acabo empapada.
—¡Oh, por favor! —Coral sonreía mientras Tatiana se convulsionaba por las carcajadas que recorrían su cuerpo—. Vete ya antes de que sea peor.
Ocean se despidió con rapidez y corrió hacia su casa, moviendo la mano antes de cerrar la puerta.
John: Me he quedado con las ganas de dormir contigo. ¿Se lo ha pasado bien tu prima?
Coral leyó el mensaje de John con una enorme sonrisa en la boca.
Cerró el libro que había estado leyendo y lo dejó en la mesilla de noche.
Habían llegado hacía una media hora, luego se habían puesto cómodas y se habían ido a dormir.
Tatiana estaba bastante cansada por el viaje, que, junto a la excitación de haber conocido a John y a Dante, la había dejado agotada.
Respondió con rapidez el mensaje, cruzando las piernas cuando un intenso calor apareció en su vientre, expandiéndose con dolorosa lentitud por el resto de su cuerpo.
Yo: Yo también, cariño. Has estado toda la cena murmurándome cosas al oído, lo has hecho aposta. Y sí, mi prima se lo ha pasado genial. Le ha hecho mucha ilusión al verte.
Después de enviarlo se dio cuenta de que no podía retomar la lectura. Tras cenar, John se había dedicado a darle suaves besos por el cuello, las orejas y la cara. Cada vez que pasaba cerca de sus labios, se había alejado. Sabía cómo captar su atención y despertar su cuerpo.
El móvil volvió a vibrar, Coral abrió el mensaje con rapidez.
John: ¿Y si voy a verte? ¿Qué me dices? Saldré temprano, antes de que Tatiana se levante. Di que sí, cariño.
Se mordió el labio y se dijo que Tatiana ya era lo bastante mayor como para no asustarse en caso de ver a John. Incluso era peor que ella. Y para qué mentir…, se moría de ganas de besarlo, acariciarlo, capturar su intenso olor y dejar que aliviara sus deseo.
Yo: Está bien, no llames al timbre, mándame un mensaje y te abriré.
Mandó el mensaje con rapidez y fue hacia el cuarto de baño. Tenía la cara completamente limpia, ni rastro de maquillaje, pero había algo diferente en ella. Quizás fuese el intenso furor que ardía en su mirada o el color de sus labios, coralinos.
Decidió que debía cambiarse aquel pijama y ponerse uno de esos camisones que no dejaban nada a la imaginación; después de todo, lo tenía para aquel tipo de ocasiones.
¿Con bragas o sin bragas? Se encogió de hombros y se las quitó.
Apenas se había puesto la suave prenda de un color azul turquesa cuando su móvil volvió a vibrar. El corazón le dio un vuelco.
John: Estoy aquí. Ábreme antes de que eche la puerta abajo.
Guau, qué rápido. Sonriendo, abrió la puerta de su habitación y bajó las escaleras con rapidez. La casa estaba sumida en una intensa oscuridad que no dejaba ver nada, al menos con nitidez. Con rapidez, pero silenciosa, fue hacia la puerta y la abrió.
Un relámpago iluminó en ese momento a John, que esperaba en la puerta.
Su rostro estaba húmedo por la lluvia, al igual que su ropa, que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, marcando sus músculos y su silueta.
Coral le echó los brazos a su cuello, él le rodeó la cintura con un brazo, la levantó del suelo y cerró con la mano libre.
John tomó su boca en un intenso beso, recorriendo todos los recovecos mientras acariciaba su cuerpo, manteniéndola pegada a él.
Coral gimió con suavidad; el calor de su cuerpo había aumentado, sentía que flotaba en una nube suave y húmeda.
Respondió a sus besos con ganas, separándose para quitarle la empapada camisa y tirarla al suelo.
—Joder, cómo he echado de menos tu cuerpo —murmuró él; la acarició sobre el camisón y subió hasta sus pechos—. Puedo verte de todo. Me estás poniendo muy cachondo con ese camisón.
—Me alegra saber que no soy la única. —Coral le pasó las manos por los hombros y los brazos, notando la fuerza y resistencia de estos; bajó por su torso con las uñas, hipnotizada. Dejó que su boca siguiese el sendero que sus manos marcaban hasta acabar agachada.
Le quitó el cinturón y le bajó los pantalones. Pudo ver que no llevaba ropa interior, lo que dejaba su erección libre, delante de su rostro.
—Maldición… Métetela en la boca, cariño.
—John la agarró con suavidad de la cabeza y la empujó con delicadeza.
Ella abrió la boca, dejando que el inflamado glande entrara en ella; luego cerró los labios sobre él y chupó.
John gruñó y, como si no pudiese estarse quieto, se agachó lo suficiente como para bajarle el camisón hasta por debajo de los pechos, dejándola parcialmente desnuda— . Oh, joder, sigue…
Coral dejó que entrara en su boca, acariciando el tronco restante con las manos en forma circular, rápida y causando una gran fricción. Sintió que su pene se inflamaba y aumentaba de grosor. Se iba a correr; John parecía tener tantas ganas como ella de llegar al ansiado clímax.
Sin embargo, retrocedió un paso y la levantó por las axilas.
Volvió a pegarla a su cuerpo como si el simple hecho de dejar unos centímetros entre ellos fuese impensable.
Capturó su boca, besándola con ganas y pasión, acariciando su lengua mientras sus manos terminaban de bajarle el camisón para dejarla desnuda por completo.
—Mírate, cariño —gruñó contra sus labios. La respiración de ambos era agitada, sus pechos se movían de forma frenética—. Quiero hacerte tantas cosas que no sé por dónde empezar.
—Solo… no dejes de tocarme —murmuró, llevando sus manos de arriba abajo sobre su torso, notando el relieve de los músculos.
Cerró los ojos cuando sintió su lengua sobre el arco del cuello; la lamió y dejó suaves mordisquitos. Capturó el lóbulo de su oreja, retrocediendo con ella hasta llegar a la cocina, o eso pensó Coral inmersa en un mar de sensaciones. Los labios de John fueron bajando hasta sus pechos.
John los acarició con las palmas, presionando.
—A estas sí que las he echado de menos —masculló antes de meterse un pezón en la boca.
Ella fue a responderle, pero perdió al instante el hilo de la conversación.
Sus dientes mordisqueaban su erecto pezón con cierta brusquedad para luego calmarlo con una caricia de su húmeda lengua.
Sabía cómo tocarla, cómo llevarla al clímax con las yemas de los dedos con una lentitud casi tortuosa pero placentera.
Se separó para ocuparse del otro pecho, pero se le acabó la paciencia.
La giró con rapidez. Coral apoyó las manos sobre la encimera, a oscuras.
Solo entraba la escasa luz de la calle por la rendija de la ventana, lo suficiente para poder ver sombras y potenciar sus otros sentidos, como el gusto y el oído.
El olor de John la rodeaba. Madera, humo y especias.
Era más… animal, más corporal. Él le abrió las piernas con un muslo, agarrándola por las caderas.
Coral sintió su miembro duro contra la entrada de su sexo, empujando, pero sin entrar.
Comenzó a restregarse despacio y ella echó el trasero hacia atrás, queriendo más contacto.
—John… —suspiró, apoyando la cabeza sobre los brazos.
—Maldición, siento toda tu humedad sobre mi polla. ¿Estás lista? —Las manos masculinas acariciaban sus costados, su cintura y sus caderas. La piel se le puso de gallina—. Creo que no.
—¡Sí! —murmuró con expectación—. Lo estoy, estoy preparada.
Extrañada, fue a darse la vuelta cuando él aumentó la presión de sus manos. Oh, por Dios, estaba de rodillas, con el trasero delante de su cara. Aquello le habría dado cierta vergüenza si no fuese por la oscuridad.
—Ahora sí que vas a estarlo —susurró con voz ronca.