Irrompible 12 #3
70%

12 #3

—¡Ve tras ella, Laurent!

Coral estuvo a punto de tocar el pomo de la puerta que comunicaba con el exterior cuando la agarraron del cabello con fuerza y la hicieron caer al suelo.

Había estado tan cerca de salir corriendo…

Apenas lo había rozado con la yema de los dedos…

la condujeron al interior y Coral vio cada vez más lejos sus posibilidades de salir de allí intacta.

—¡Suéltame!

Coral comenzó a patalear cuando el hombre la cargó sobre un hombro; impactó los puños contra la ancha espalda, sintiendo la impetuosa necesidad de luchar por su vida y huir.

Cuando volvió a encontrarse en el núcleo del taller, él la soltó con brusquedad y le dio una sonora bofetada que la lanzó contra una furgoneta.

Se golpeó la cabeza y quedó fuera de juego durante unos largos segundos. Sintió que la tiraban al suelo una vez más y le daban una patada en el estómago.

Soltó todo el aire de los pulmones.

—Jack esta fuera de juego. —El tal Hanks parecía borracho, muy borracho. La miraba fijamente.

Mareada por el golpe, intentó enfocar la vista Tenía que ponerse a salvo. No estaba segura de cuáles eran sus intenciones, pero no parecían ser nada buenas. Coral comenzó a moverse hacia debajo de uno de los coches hasta que Hanks la vio y se agachó para agarrarla del tobillo.

—¿Adónde demonios vas, puta?

—¡Suéltame!

El pánico había teñido su voz, que había sonado más parecida a un quejido de un animal cazado que al de una persona herida.

Al ver que tenía una de sus manos cerca del rostro, Coral se estiró para morderla con fuerza. Clavó sus dientes en la carne mientras lo oía gruñir. Hanks cambió a toda prisa las posiciones para quedar sentado sobre ella y darle un fuerte golpe en la sien que acabó por dejarla inconsciente.

John se bajó del coche junto a Dante y llamaron al timbre, esperando a que Patrick saliese.

Había estado llamando a Coral de camino, pero no lo había cogido.

Al ver que Patrick salía sin ella, se tensó.

Al ver el rostro de su amigo, supo que la situación era mucho peor de lo que él era capaz de imaginar.

Dante gruñó al ver el rostro de su empleado y también compañero, al que trataba como a un hijo.

—Demonios, Patrick, ¿qué te dije de mantenerte alejado de toda esa mierda?

—Yo no he hecho nada —exclamó yendo hacia ellos. Llevaba unas zapatillas deportivas desatadas.

—¿Dónde está Coral? —los interrumpió, sin poder contener el miedo que se había instalado en su pecho.

—Yo… Joder, tío, la cosa ha salido…

John agarró a Patrick por la sudadera con fuerza y lo levantó del suelo.

—¿Dónde demonios está? Dímelo antes de que descargue mi ira sobre ti.

—¿Qué tiene que ver Coral con esto? —Dante frunció el ceño—. ¿En qué la has metido?

—Ha ido al taller de Jack —soltó. Un gruñido animal brotó del pecho de John—. Tío, solo iba a hablar con él. Me acusa de haberle robado cinco mil dólares en piezas y es mentira, no he hecho nada.

—¿Por qué demonios has tenido que meter a Coral en esto, Patrick? —Le removió con fuerza—. Joder, maldición…

—¡Yo no he sido! Jack se ha puesto en contacto con ella. He estado llamándola, pero no me coge el teléfono.

—¿Hace cuánto? —Dante siguió a John hacia el coche.

—Unos quince minutos, creo, no lo sé… ¡Joder!

—Como le haya pasado algo a Coral, tú y yo hemos acabado —le dijo con firmeza a Patrick antes de arrancar el coche.

Superó el límite de velocidad y como tuvo la suerte de encontrarse los dos semáforos en verde y ámbar, en apenas unos minutos estuvo cerca del trabajo de Jack. El coche de Coral estaba allí. Dante y él se miraron antes de bajarse con rapidez y subir las escaleras que comunicaban con la entrada.

La puerta estaba abierta. Al entrar, escucharon unos golpes seguidos por una maldición de una voz conocida para él.

John siguió con rapidez a las voces, pasando una recepción y un largo túnel hasta estar en el centro de operaciones, donde se encontró con la peor escena posible.

Coral estaba tirada en el suelo, con el pelo revuelto y un hilo de sangre corriendo por su nariz.

Estaba aturdida, pero no desmayada, y tenía los jeans por las rodillas mientras Hanks intentaba bajarle la ropa interior.

Todo a su alrededor se volvió rojo y escuchó una voz en su cabeza que le ordenaba matar a Hanks y Laurent . E iba a encantarle hacerlo.

Sin esperar un segundo más, agarró a Hanks por el hombro y le dio la vuelta.

Vio la sorpresa en sus ojos claros antes de darle un puñetazo y tirarlo al suelo, donde cayó como un muñeco inerte.

Dante agarró al otro justo cuando pensaba atacar a John por la espalda, le hizo una rápida llave y lo inmovilizó.

John fue hacia Hanks y comenzó a golpearlo sin parar, una y otra vez, sintiendo sus nudillos chocar contra las estructuras óseas de su rostro, sintiendo cómo se rompían. La ira lo invadía, se regocijaba en su miedo y su rabia, que le pedían más sangre.

—¡Para, John! Lo vas a matar.

Era Coral. Esa dulce voz solo podía pertenecerle a ella.

Coral se agarró a su cuello y tiró hacia atrás con toda la fuerza que tenía.

Se dio media vuelta, la cogió en brazos y la estrechó contra él, ocultando el rostro en su cuello durante unos segundos para tranquilizarse.

A pesar de que ella había sido la que había vivido aquella pesadilla, lo estaba consolando.

—Estoy bien, cariño, no pasa nada. —Los dedos de ella, temblorosos, le acariciaban el pelo—. Solo han sido unos golpes.

—¿Estás bien, Coral? —Dante se acercó a ella con preocupación, revisándola de arriba abajo.

Asintió y se subió los pantalones sin pizca de vergüenza. Estuvo a punto de caerse cuando John la sujetó.

—Sí, no ha pasado nada. Solo… estoy mareada.

—Llamaré a la policía —dijo Dante, saliendo de allí—. Jack… está hecho una mierda. No sé si está vivo.

—Que le jodan —escupió John.

—No, él me ha intentado ayudar. —Cogió aire y se pasó el brazo por debajo de la nariz para quitarse la sangre—. No sé qué hacían aquí, pero Jack ha intentado pararlos.

—Están borrachos —habló Dante, sacando su móvil del bolsillo trasero de los pantalones.

—Me importa una mierda. —John inspeccionó el rostro de Coral, desde el chichón que tenía en la sien hasta el pómulo y el labio superior inflamados. Debían de haberla abofeteado, tenía la marca roja de su mano. Apretando los dientes, John maldijo—. Joder… Esto es culpa mía.

—No, John. Esto ha sido mala suerte, nadie tiene la culpa. No iba a acabar así.