Irrompible 12 #2
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12 #2

—No, he ido a algunos cuando vivía en Sevilla o en Brighton, pero nunca he ido a uno de la EFL . Es la mayor empresa dedicada a las MMA . Si no me equivoco, también pelea Adriana Aroa, la luchadora brasileña, ¿no?

—Sí, ella también va a por el cinturón. —Dante parecía complacido—. Pero el combate principal es el de John y Dmitry.

—Vas a ganar. —Coral lo miró, apretándole la mano—. Te he visto luchar, eres capaz de salir de cualquier situación en la que estés.

Su apoyo le llenó de calidez. Era increíble todo lo que Coral era capaz de despertar en su interior.

Lo apoyaba en todas sus decisiones, le daba su opinión para que viese los problemas fuera del campo de juego y siempre estaba a su lado cuando se equivocaba.

Ese día llevaba una camiseta de manga corta blanca y unos jeans ceñidos que le quedaban de maravilla.

—Estás preciosa.

Ella sonrió con cierta timidez, acariciándole la mandíbula.

En ese momento unos rayos de sol impactaron sobre el rostro de Coral, iluminando sus ojos.

Unos tonos verdes surgieron de estos, combinados con motas doradas y pardas.

Llevaba el cabello castaño suelto, en ondas, y los labios de color rojo. Aun así, parecía tensa.

—¿Pasa algo? ¿Va todo bien?

Como era de esperar, ella asintió varias veces.

—Claro.

—¿No vas a decirme qué te pasa? —Le dio un suave tirón en la oreja, haciéndola reír.

—Solo estoy preocupada… Dmitry se ve tan… No sé…

—Ten fe en John. —Dante llamó a la camarera con un gesto—

. El combate no está descompensado. John tiene más experiencia que Dmitry. Se sabe unos movimientos que pueden hacerlo ganar con rapidez. Aunque es un buen rival y te habrá estudiado —se dirigió a él—. Estate preparado.

John movió el cuello de un lado a otro y asintió.

—Bridget ha insistido en que llevemos una camiseta blanca, cada una con una letra de su nombre… Justin se ha negado, pero creo que acabará aceptando. —Ocean le arrancó una carcajada a Yakiv—. Yo pienso llevarla, ¿y tú, Coral?

—Por supuesto. —Ella se terminó su cerveza—. Y una foto de tu rostro, grande.

John puso los ojos en blanco.

—Eso es innecesario.

—Pues…

Coral dejó de hablar a la primera vibración de su teléfono. Él frunció el ceño cuando musitó una excusa antes de salir del bar para responder a la llamada. Los demás continuaron charlando animadamente, menos Dante, quien también parecía notar que algo no iba bien.

Coral tenía la mirada perdida y el rostro crispado por la tensión.

Se movía de un lado a otro, incapaz de estarse quieta.

Estaba claro que algo no iba bien. ¿Su familia?

¿Quizás Tatiana había tenido algún problema para coger el avión?

Se dijo que iba a esperar a que estuviesen a solas para conocer la verdad.

Unos minutos más tarde volvió, pero apenas había sacado la cartera de su bolso cuando John no pudo evitar preguntarle qué pasaba. Los demás también se quedaron en silencio, atentos a la razón de su marcha.

—¿Qué está pasando, Coral?

Ella lo miró fijamente.

—Tengo una emergencia.

—¿Es tu prima? ¿Le pasa algo?

Coral negó antes de sacar un par de billetes. Estaba desesperada por salir de allí.

—No… Ahora no puedo hablar de ello. —Parecía asustada—

. Hablamos después, ¿de acuerdo?

Suspiró y la agarró por la muñeca.

—Guarda el dinero.

—Puedo pagar mi parte —replicó.

John cogió los billetes y se los metió en el bolsillo trasero del pantalón, aprovechando para darle un apretón. Por fin, ella sonrió. Se agachó para besarlo y mirar a los demás con expresión de disculpa, centrándose en Dante. Su rostro era tan dulce que estaba tentado de besarla delante de todos.

—Chicos, lo siento mucho, pero… tengo que irme. Es una emergencia del trabajo.

—Por supuesto, espero que no sea nada grave. —Dante asintió con una amigable sonrisa.

—Te acompaño fuera. —John se levantó de la silla, pero ella se lo impidió.

—Luego hablamos, te llamo en cuanto acabe.

Coral volvió a besarlo, esa vez demorándose un poco más.

Temblaba, sentía su ajetreo. Observó cómo se alejaba e iba hacia su coche con rapidez y cómo llamaba de nuevo a alguien.

John apretó los puños contra la mesa. Quería ir hacia ella y saber qué demonios estaba pasando.

Su coche se fue alejando hasta que solo vio las luces traseras que desaparecieron al tomar una calle a la derecha.

Su móvil sonó en ese momento. Lo cogió y miró a Dante. Su entrenador parecía confuso.

—Es Patrick. Me dice que vayamos los dos, que es urgente.

—¿Los dos? ¿Qué demonios ha hecho ahora?

No tenía ni idea, pero una alarma se prendió en su cabeza al pensar que Coral pudiese estar metida en algún lío por su culpa.

—Voy a matarlo —gruñó antes de levantarse.

Coral acabó dando más vueltas de las que había pensado en un principio.

Patrick la había llamado tras recibir una alarmante visita que se había dedicado a destrozar su salón y el resto de las estancias, buscando las piezas que Jack le acusaba de haberle robado.

Sabía que tarde o temprano iba a tener que contárselo a John.

Era un tema relacionado con su contexto más íntimo y le habría molestado enterarse por boca de otros.

Se prometió que, después de hablar con Jack, iba a contárselo.

Pasara lo que pasase, no podía ir a peor.

Acabó aparcando cerca de donde Jack tenía su taller.

Estaba cerrado, pero había dos furgonetas relucientes enfrente.

Debía de tener visita; bajó y echó a andar con rapidez.

Mejor; no creía que fuera a hacer algo delante de otra gente.

Era un taller bastante grande de dos plantas, con carteles por todos lados donde ofrecían ofertas, compraventa de coches, reparaciones…

Cogió aire y llamó al timbre tras subir unas pequeñas escaleras.

Cruzándose de brazos, intentó calmar su corazón.

Inspiró hondo un par de veces más antes de escuchar que abrían la puerta.

Jack llevaba el uniforme manchado, al igual que las manos. Sus oscuros ojos se clavaron en ella. Luego miró a su alrededor, asintiendo con satisfacción al ver que estaba sola. Se hizo a un lado esbozando una mueca.

—Qué pronto.

—¿Tenía otra alternativa? —gruñó, siguiéndolo por la recepción—. Patrick me ha dicho que has ido a verlo.

—Por supuesto, quería…

—Has dicho que ibas a esperar a que yo hablara con él y te contara lo que me había dicho.

Pasaron un largo pasillo y Jack abrió una puerta que los condujo hasta el núcleo del taller, donde debían de arreglar los coches, pensó al ver varios vehículos dentro.

Tenía las puertas cerradas y el local estaba iluminado por las luces que colgaban de la pared.

Todo estaba limpio, reluciente, a excepción de Jack, que desprendía un olor a aceite.

Había estantes repletos de piezas, mangueras que colgaban de las paredes y altavoces que debían de encender cada vez que comenzaban una jornada.

—Jack, no puedes entrar en la casa de…

—Puedo hacer lo que me salga de la polla —gruñó, cruzándose de brazos—. Me debe cinco mil dólares.

—Él no ha sido. —Coral levantó las manos, intentando calmarlo.

Estaba tenso, con los hombros echados hacia atrás y la cabeza levantada.

Al instante cayó en que no había sido buena idea entrar hasta el fondo del taller.

Debía haberse quedado en la recepción—. He ido a hablar con él. Patrick no te ha robado nada.

—Eso es mentira, y si no me devuelve las piezas o el dinero, voy a acabar con él.

Coral se estremeció, aterrada por la amenaza. Debía marcharse de allí. Cogió aire y tragó saliva ruidosamente.

—Está bien —asintió, retrocediendo—. ¿Sabes? Esto no me incumbe y…

La puerta se abrió a sus espaldas y aparecieron dos hombres que estaba segura de haber visto antes.

Se apartó con cierta torpeza y brusquedad, apretándose el bolso contra el estómago.

Debía marcharse de allí de inmediato. Una vez más, su inocencia le había jugado una mala pasada.

No todos jugaban tan limpio como ella. Uno de los recién llegados tenía los ojos claros y el pelo decolorado…

Recordó que era uno de los luchadores del gimnasio de Dante.

—Vaya, vaya…, pero si es la novia de John, ¿qué hace aquí?

Coral miró a Jack, que parecía nervioso.

—Nada, estábamos hablando de unos asuntos. Ya hemos terminado, te puedes marchar, Coral. Estaremos en contacto.

¿Por qué estaba tan asustado? ¿Acaso Patrick los había enviado por si necesitaba ayuda? Aquello podía cuadrar. Asintió débilmente e intentó pasar por la puerta, pero ninguno de los dos se movió. Sin entender qué estaba pasando, alzó la cabeza para mirarlos.

—¿Me dejáis pasar?

El que no llevaba el pelo decolorado le puso una mano en el hombro, la empujó con fuerza y la tiró al suelo.

Cayó sobre el costado y se golpeó la cadera; ignoró el dolor y se incorporó con rapidez, aturdida. No, ellos no habían ido allí para ayudarla. Patrick no los había enviado. Sintió que sus manos perdían calor a toda prisa y que su corazón se aceleraba.

—Dejadla en paz, Hanks. —Jack fue hacia ellos y empujó al de los ojos claros.

—Que tú tengas miedo a John no significa que nosotros sí, gilipollas.

Coral se llevó una mano a la boca al ver cómo un rápido puñetazo tiraba a Jack al suelo.

El tal Hanks se agachó y comenzó a golpear su rostro con los puños mientras el otro le daba patadas.

El sonido de los huesos al romperse por los impactos contra la carne le ocasionó arcadas mientras intentaba pensar con claridad en la mejor forma de salir de allí.

Jack la miró un segundo. Tenía la nariz chorreando sangre, al igual que el labio.

—¡Vete! —gritó—. ¡Corre!

Se dijo que lo mejor que podía hacer era irse y buscar ayuda, que allí no podía ayudarlo de ninguna forma y que ella podía correr peor suerte.

Tuvo que pasar junto a ellos, abrió la puerta y echó a correr con todas sus fuerzas, sintiendo cómo el calor de su cuerpo se incrementaba, al igual que su miedo y el sudor.

Algunos mechones de pelo le atizaron el rostro, pero ella los ignoró.