Irrompible 11 #2
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11 #2

Pasó por varios largos pasillos sin pensar, absorto en sus pensamientos.

Acabó llegando a una de las lápidas de mármol pulcramente limpia con una foto de su madre.

Sus ojos, que habían sido verdes, casi transparentes, brillaban.

Llevaba el pelo oscuro corto y recogido en un peinado de la época.

Se agachó y acarició el rostro de la imagen con la yema de los dedos.

La vida de su madre siempre había estado marcada por la tristeza, desde los dos primeros abortos que sufrió antes de tenerlo, uno de ellos en estado muy avanzado, hasta casarse con un respetado veterano que iba a acabar siendo un borracho agresivo.

Sin contar su muerte, arrollada por un autobús escolar.

John se había sentido desolado, nómada. La única persona a la que se sentía unido también lo había abandonado.

Depositó las flores apoyadas en la lápida y cerró los ojos, liberando las sombras de su interior.

Como cada vez que la visitaba, se sintió algo más libre.

Menos roto. Sentía su presencia, acariciándole el hombro.

El canto de un pájaro llegó hasta él. Había sido una fantástica madre que había aguantado hasta el último momento con una enorme sonrisa pintada en el rostro.

Dolors Bernthale, una mujer fuerte y decidida que solo había cometido un error: conocer a quien sería su futuro marido y padre de sus hijos.

—¿Vienes a Valley’s Moon ?

—¡Sí! ¿No es genial?

La enérgica voz de Tatiana hizo que se separase el teléfono de la oreja con una sonrisa. Había olvidado lo entusiasta que podía llegar a ser.

—¡Claro que es una magnífica noticia! ¿Cuánto tiempo te quedarás?

—Dos semanas. He hablado con mi madre y no le parece mal. ¿Te parece entonces bien? ¿Puedo comprar el billete?

—Por supuesto, avísame qué día de la semana vienes e iré a por ti al aeropuerto a recogerte.

—¡Gracias! Me muero de ganas por cambiar de aires y visitar Estados Unidos, ¡te aviso mañana qué día voy!

—Estupendo, cariño, un beso.

—¡Un beso!

Le colgó a su prima y miró el reloj de pulsera.

Eran las siete de la tarde y seguía sin haber rastro de John.

Sabía que había ido a visitar a su abuelo junto a Justin y Yakiv, pero eso había sido por la mañana.

No quería llamarlo, así que le había mandado un mensaje y esperaba su respuesta…

, aunque eso no quería decir que se fuese a quedar allí cruzada de brazos. Era domingo y estaba aburrida.

Su móvil vibró en ese mismo momento. Era un mensaje de Bridget.

Bridget: ¿Te apetece venirte con Justin y conmigo a cenar al pub irlandés? Ocean, Jane, Brendan y otros se apuntan.

Sin pensárselo dos veces, respondió afirmativamente.

Tras recibir otro mensaje en el que le confirmaban que debían verse allí en una hora, se puso en contacto con Ocean por si quería que la recogiera.

Y diez minutos más tarde, salía de su casa camino a la de su amiga, sin poder dejar de darle vueltas a que John llevase tanto tiempo incomunicado.

Se repitió una vez más que iba a esperar hasta que él la llamara.

Vio a Ocean en la acera, vestida con una camisa blanca y una falda oscura. Sonriendo, se montó con rapidez en el coche y le dio un cálido abrazo que la reconfortó.

—Menos mal que tenemos plan. ¿Dónde está John? Pensaba que vendría contigo.

—Buena pregunta —respondió con cierta amargura—. No tengo ni idea.

—¿En serio?

—Sí, se ha ido con su hermano y Yakiv a visitar a su abuelo. Todos han vuelto menos él.

—¿Has probado a llamarlo?

Asintió y tomó la dirección que Ocean le señalaba.

—Sí, no responde. Me temo que tendré que esperar hasta que dé señales de vida.

—No creo que haya sido nada. Quizás… se ha encontrado con otros luchadores o algo.

«O alguien» . La imagen de Anastasia apareció de forma fugaz en su mente. Sacudiendo la cabeza, cogió aire.

—Cambiemos de tema. Mi prima Tatiana viene a visitarme.

Su amiga no puso peros; solo pareció contenta por la nueva noticia, ya que esbozó una enorme sonrisa.

—¿Es esa de la que tanto me hablas? ¿La de la fotografía del otro día?

—Ésa misma. —Se paró ante un semáforo en rojo, sonriente—

. Te caerá genial. Tiene veintiuno, es… justo lo contrario a mí. Hace todo lo que le da la gana sin importarle las consecuencias. Digamos que está en esa loca edad de querer exprimir la vida al máximo.

—¿Tan diferentes sois?

—Mmm… Sí, pero nos complementamos. Digamos que ella me da energía y yo se la quito para que no explote.

Ocean soltó una sonora carcajada.

—Bien, tengo ganas de verla en persona. —Ocean se aclaró la garganta—. ¿Vas a ir al combate de John?

—Sí, claro.

—Va a ser una forma de… formalizar que estáis juntos, ¿no crees?

Vaya, era verdad, y no había caído en ello, se dijo con cierta sorpresa.

John era famoso: siempre que salían a comer o a comprar había un paparazzi o un fan con ganas de hacerse fotos y conseguir un autógrafo.

Si él le había pedido que fuera a la pelea, era porque veía bien formalizar lo que tenían.

No creía que fuera a mantenerla aparte, como un familiar más. Esperaba que no.

Estaba nerviosa por cómo iban a salir las cosas entre ellos, pero se había propuesto disfrutar cada segundo y no frenar por sus miedos.

—Sí, es verdad.

—¿Sabes? Todos opinan que… la actitud de John ha cambiado. No es tan hermético, parece más… humano. Y gracias a ti.

Coral se encogió de hombros; poco después llegaron al pub .

Aparcó donde encontró sitio, se bajaron y fueron hacia la puerta.

Una vez dentro, Bridget alzó la mano al verlas.

Se acercaron y se encontraron con un montón de gente.

Eso era lo bueno de Valley’s Moon . Todos se conocían y se juntaban amigablemente para hablar de su día a día, pasar un rato entretenido y olvidarse de la rutina.

A Coral le agradaba saber que ella ya era una más.

Los ojos de Bridget brillaron.

—¡Chicas! ¿Qué tal? Estamos bebiendo algo antes de cenar, ¿qué queréis?

—Dos cervezas —pidió Ocean, dándole un beso en la mejilla.

Ella hizo lo mismo y los saludó a todos, que le ofrecieron una cálida bienvenida. La música fluía de manera hipnótica, con suavidad. Se encontró bailando con Ocean, soltando una carcajada ante los rudos movimientos que hacía, moviendo las caderas y el pelo.

—De acuerdo, has ganado. Bailas demasiado bien.

Su amiga se encogió de hombros y cogió la cerveza que le daban.

—Ni de lejos bailo tan bien como tú, pero gracias. Oh, mira, ¿ese no es John? —preguntó, señalando hacia la puerta.

¿John? Al volverse lo vio entrar junto a otro hombre que reconoció al instante.

Era el luchador que la había tranquilizado cuando John entrenaba con Yakiv, de ojos y cabello oscuro.

Alto y fornido, iban hacia ellas sin dejar de hablar.

Coral se debatió entre sonreír con amabilidad o fulminar a John con la mirada.

Habían pasado cerca de cinco horas y no había sabido nada de él.

Ni siquiera el hecho de que se viese tan guapo la afectó… mucho.

Al llegar, John se agachó para besarla. Ella no se movió ni respondió.

—Coral, él es Matt. Quizás lo hayas visto en el gimnasio de Dante.

—Sí, me suena, creo que fuiste quien me relajó cuando estuve a punto de subirme al ring cuando John practicaba con Yakiv. — Extendió la mano en un gesto amigable. Matt esbozó una atractiva sonrisa y se la estrechó con firmeza.

—Ese mismo, es un placer.

Coral llegó a la conclusión de que había bastantes probabilidades de que se tratara de un luchador.

Sus hombros eran anchos y tenía una enorme espalda que debía de ser resultado de un duro entrenamiento.

Tenía la nariz un poco desviada, quizás a causa de los continuos golpes que recibía.

Aun así, resultaba ser un hombre muy masculino y atractivo.

Llevaba el pelo negro y corto, y una barba recortada que daba cierta rigidez a sus rasgos y contrastaba con su piel.

Era mayor que John, debía de rondar los treinta y algo o estar cerca de los cuarenta.

—¿Vives en Valley’s Moon? No te había visto aparte del gimnasio.

—Sí, pero trabajo de noche y descanso por el día. Soy vigilante de seguridad en una empresa de tecnología.

Vaya, eso explicaba que se mantuviese en tan buena forma.

—Son ciertos los rumores por lo que veo, John. —Le palmeó la espalda, cogió la mano de Coral y se la besó—. Ha sido un placer, Coral. Espero verte pronto.

—Gracias, igualmente —respondió con una sonrisa.

El resto del grupo saludó a John con rapidez, como si notasen que necesitaban hablar. Él se pidió una cerveza, se apoyó en la barra y la miró fijamente, casi rodeándola con su cuerpo. Ocean asomó la cabeza.

—Guau, es un… papá caliente. Muy caliente. Me encanta.

Ella frunció el ceño.

—¿Un papá caliente?

—Claro, si ronda los cuarenta o los treinta y ocho o nueve, entra dentro de la categoría de papá. Aunque no tenga hijos. Me gusta. —Se aclaró la garganta—. Os dejo a solas, chicos. Me voy con Bridget y los demás.

Durante unos segundos se miraron el uno al otro, midiéndose. Coral intentaba averiguar dónde había estado y por qué no se había puesto en contacto con ella. John parecía medir el nivel de su enfado.

—¿Dónde has estado? —preguntó con suavidad—. Estaba preocupada.

—He ido a ver a mi abuelo. —John le dio un trago a su cerveza y se acercó aún más a ella—. Luego… tuve que hacer unos recados. Lamento no haberte dicho nada.

Sí, le había pedido disculpas, pero seguía mosqueada. Le había sabido a poco. Sin saber qué decir, miró hacia el centro del pub y dio un largo trago.

—Vale.

—Estás mosqueada.

—No —musitó sin mirarlo, y sintió sus dedos acariciándole el brazo.

—Dime lo que piensas.

—No pienso nada, John. Te has disculpado, ya está —añadió con suavidad—. Parece simpático.

Señaló con la cabeza a Matt, que había cogido sitio cerca de un grupo de hombres y dos mujeres. Tenía un botellín de cerveza en la mano y se reía. Pues sí, era un papá caliente, tal como había expresado su amiga.

—Lo es, es un buen tío.

—¿Es mayor que tú?