11
—Así que Coral, ¿eh? Ya me han dicho que te han visto en público con ella en varios sitios. Ya era hora, pensaba que volverías a liarla.
John ignoró a su hermano y condujo en dirección a la casa de su abuelo Cam, siguiendo el camino que comunicaba con las afueras del pueblo por el lago Moon.
Su abuelo lo había llamado hacía una semana para que fueran a verlo y que, por supuesto, le llevara una entrada para el combate contra el ruso.
Quedaba solo un mes, e iba a ser en Las Vegas, Nevada.
Su cara, junto a la de Dmitry, estaba por todas partes.
Odiaba la publicidad y las entrevistas, sobre todo porque siempre intentaban, inútilmente, sacar información de su pasado.
Corrían rumores, pero ninguno era verdad y eso lo tranquilizaba.
Vio la cabaña en la que su abuelo vivía y su vieja camioneta de color rojo.
Aparcó al lado y el viejo pero fornido hombre salió de la cabaña con una sonrisa.
Su pelo gris estaba peinado con gel y aun así era incapaz de domar las ondas.
Sus ojos azules lucían felices. Tenía sesenta y nueve años, pero la vitalidad de un hombre de cuarenta y pocos.
Se movía con rapidez, siempre haciendo figuras de madera o muebles para decorar el interior de la casa o poner bancos en el exterior.
Desde la muerte de su abuela, su abuelo Cam había preferido mantenerse al margen de las mujeres y vivir en soledad junto a su perro, un pastor alemán al que le faltaba un ojo. Lo había cogido de un refugio al que John lo había llevado dos años atrás. Lo había llamado Paddy.
—Me alegro de veros. —Su voz ronca llegó hasta ellos. Primero abrazó a Justin, luego a él, dándole una palmada en la espalda—. ¿Me has traído la entrada?
—Por supuesto, se lo he estado recordando durante toda la semana —habló Justin entrando en la casa, donde Paddy lo recibió con efusividad.
—Eres un pesado —soltó John.
—¿Tú también vienes al combate? —le preguntó su abuelo a Justin.
—Por supuesto, y Bridget, Fred… y Coral.
Su abuelo se sentó con ellos en el cómodo sofá del salón y frunció el ceño.
—¿Coral?
John fulminó a su hermano con la mirada. El aludido sonrió.
—Es la novia de Johnny.
—¿Nuestro Johnny tiene novia? —bufó, echándose hacia atrás en su enorme sillón marrón, pegado a la ventana—. Es el fin del mundo.
—Es una buena mujer, la conocerás en el combate —añadió Justin.
—¿Tengo que esperar hasta el combate? Maldición, chico, soy demasiado viejo para esperar tanto tiempo.
—Dejad de hablar de mí como si no estuviese aquí. — Aclarándose la garganta, intentó cambiar de tema—. Yakiv ha venido para entrenar conmigo.
—Le habrás dado una buena, ¿verdad? —John asintió—. Muy bien, hay que enseñarle modales a ese ruso.
—Es ucraniano, abuelo —lo corrigió Justin—. Y amigo nuestro. Y tuyo. La última vez que lo viste estuvisteis jugando a las cartas hasta las tres de la madrugada.
Su abuelo sonrió.
—Es verdad. ¿Esa tal Coral es familiar de él?
A su abuelo se le había metido la idea de hablar sobre Coral y no iba a pararía hasta que saciasen su curiosidad. Su hermano, sentado a su lado y cruzado de brazos, parecía feliz de no ser el centro de conversación aquel día. Pero Cam no era estúpido e iba a acabar preguntándole algo de Bridget.
—No, no lo es. Lleva en Valley’s Moon poco tiempo.
—Te estarás portando bien con ella, ¿verdad?
—Demonios, sí, nos estamos conociendo. ¿Podemos cambiar de tema? Toma la entrada, recuerda que os venís conmigo. Estamos todos en la misma planta del hotel. —John la soltó encima de la pequeña mesa de cristal, dejando a la vista el sobre con todo.
—¿Y esa tal Coral has dicho que iba?
—Ajá.
—¿Y va a dormir contigo en el hotel? —Justin tosió, girando la cabeza para que su hermano no lo viese reír—. No te rías, mocoso, ahora será tu turno —le advirtió Cam—. Responde, John.
—Maldición, abuelo, esto es incómodo a rabiar.
En ese momento alguien llamó a la puerta y dio unos golpecitos en la ventana.
—Ya voy yo.
John se levantó antes de que Justin pudiese intentarlo. Al abrir se encontró a Yakiv con una bolsa de papel marrón en una mano y una enorme sonrisa.
—¿Qué pasa, tío?
—Has venido en el mejor momento —le respondió mientras se hacía a un lado para que pasara.
—¿Quién es, Johnny? —preguntó su abuelo desde el salón.
Que lo llamara de nuevo por aquel apodo cariñoso removió recuerdos en su interior. Carraspeó y se dirigieron al salón.
—Es Yakiv, ha venido a visitarte.
—Ah, bien, bien. Me alegro de verte, hijo. Estás enorme. Me ha contado John que te ha dado una buena paliza.
—Eso depende de a quién le preguntes, Cam. —Yakiv le dio un abrazo.
—Bah, la fama de mi nieto te hace sombra. ¿Cómo va tu récord, muchacho?
—Diecisiete victorias y una derrota. Nada mal, ¿eh?
Su abuelo frunció el ceño.
—¿Una derrota? ¿A manos de quién?
—Bah, tuvo suerte. —Su amigo se encogió de hombros—. Solo queda un mes. ¿Estás preparado para traerte el cinturón?
John asintió, seco.
—Dmitry se ve un gran oponente, pero no es mejor que tú. — Su abuelo señaló la bolsa que había llevado Yakiv—. ¿Y eso qué es?
—Algo para comer mientras jugamos a las cartas.
—¿Sabes? Pensándolo mejor, y ya que os tengo a los tres aquí, podríais ayudarme a reparar el techo del granero y de la parte trasera de la casa. —Justin murmuró algo por lo bajo. Su abuelo lo ignoró—. Así terminaremos antes. Si lo hago yo solo… serían demasiados días.
Justin maldijo mientras se dirigía hacia el granero, seguido de su abuelo y ellos dos.
Recorrió la parte trasera de la casa, que comunicaba por una puerta con el gallinero, y vio algunas fotos de sus primeros años, cuando su abuelo decidió tomar su custodia y alejarlo de los puños y arranques de ira de su padre.
Aquel borracho se había pensado que iba a acabar tirado en la calle, bebiendo, como él y haciéndole la vida imposible a la que iba a ser su futura familia. Solo por una vez, deseó que viviera y viera lo que era, a lo que había llegado. Y con respecto a la familia… no pensaba tenerla.
Había personas que estaban hechas para eso, él no.
Dos horas más tarde, John se miró la vieja camiseta blanca de manga corta que llevaba.
Estaba manchada de pintura, aunque Justin y Yakiv no habían corrido mejor suerte.
Su abuelo limpiaba el granero tras haber cambiado a los animales de sitio.
Su hermano descansaba apoyado en una de las vigas de madera, bebiendo una cerveza y observando con ojo crítico el proceso. Había quedado bastante bien.
John sintió que su teléfono vibraba en el bolsillo del pantalón. Se sacudió las manos, lo cogió y vio un mensaje de Coral.
Coral: ¿Te apetece que nos veamos en una hora?
Ocultó la sonrisa que le provocó tener un mensaje de ella. Recordó que tenía que hacer algo antes e iba a responderle para decírselo cuando lo interrumpió una voz junto a él.
—¿Con quién hablas, muchacho? No paras de sonreír de la misma forma que lo hace tu hermano cuando está Bridget cerca.
John puso los ojos en blanco, Justin bufó.
—Ya hemos terminado, yo esperaría unas horas antes de meter a los animales. —John ignoró la pregunta de su abuelo.
—Eso haré. —Su abuelo suspiró, cruzándose de brazos—.
Hoy… limpiando el trastero, he encontrado una caja con fotos, vídeos y otras cosas…
Podéis coger lo que queráis. Son de cuando erais pequeños.
—John se tensó y sintió de inmediato todas las miradas puestas en él.
¿Recuerdos de su infancia? Podía quemarlos.
No los quería. Y lo que era más, había luchado años y años por conseguir limpiar su dañina mente, borrándolo todo, desde la muerte de su madre, enferma de cáncer, en un accidente de coche, hasta cuando su padre decidió partirle una botella en la cabeza y hacerle las cicatrices que tenía.
Durante años se estuvo preguntando por qué su padre no lo podía haber querido tanto como había querido a Justin.
Qué tenía su hermano que él no. Pero tras encontrarse con Dante y empezar de cero en las MMA , decidió cerrar tajantemente ese capítulo de su vida.
No llevaba más que dolor y rabia—. Hay fotos de tu madre, John —añadió Cam—.
Y sales con ella. Creo que… te gustaría verlas.
—Justin se las puede quedar, o quemarlas. No quiero que lleguen a los periodistas, están sedientos por conseguir más detalles sobre mi vida.
—Yo me ocuparé de ellas —dijo Justin—. Me las llevaré a casa.
—Yo me voy ya. —John se limpió el sudor con el brazo—. Vendré antes del combate a verte de nuevo.
Su abuelo asintió.
—Muy bien. Pórtate bien con la tal Coral, ¿te enteras?
Le dio un abrazo, sonriente. Se despidió de los otros dos haciendo un gesto con la cabeza y dio la vuelta a la casa para ir hasta su coche. Paddy fue hacia él corriendo, moviendo el rabo de un lado a otro. Se agachó, abrazó al perro y lo acarició entre las orejas. El animal emitió un sonido ronco.
—Nos vemos pronto.
Condujo cuesta abajo hasta desviarse hacia el cementerio de Valley’s Moon , donde su madre estaba enterrada.
Al ser un pueblo bastante grande, John se había asegurado de que su madre se encontrara lo más lejos posible de su padre.
Allí podía pasar su descanso eterno sin el recuerdo de un hombre infiel y egoísta que se había pasado toda su vida quejándose de sus malas decisiones.
Aparcó en el único sitio que quedaba libre, se bajó del coche y saludó con un gesto al encargado.
Maldijo en voz baja al darse cuenta de que no había llevado flores.
A la derecha había una mujer que las vendía, sentada en un banco y jugando con el móvil. Sacó un billete, le señaló las flores favoritas de su madre y se las llevó.