10 #4
Mierda, nunca se había esperado algo así de ella.
Como respuesta, una gota de líquido apareció en la cabeza oscurecida y rojiza de su glande.
Ella abrió la boca, dejando que pasara. Comenzó a succionar, dando suaves tirones.
Lo estaba volviendo loco. John colocó las manos sobre su cabello, guiándola e instándola a que tragara más.
Coral lo hizo así, hasta que tocó el tope de su garganta. No podía más. Comenzó a entrar y a salir de ella con cierta brusquedad, siempre atento de no causarle daño. Pero ella también lo estaba disfrutando.
Acariciaba con la lengua todo el tronco de su erección y cuando salía, perfilaba el glande, acariciando el resto con su mano. No iba a aguantar mucho tiempo así. La visión de sus labios rodeando su erección, su desnudez y los sonidos al succionar… Su pene latía como si tuviera vida propia.
Iba a correrse.
La agarró por las axilas, la cogió en brazos y fue hacia el banco que había a la izquierda, cerca de las taquillas.
John se sentó y la colocó a horcajadas sobre él.
El intenso calor de su sexo lo incitaba a tomarla ya.
Su piel húmeda estaba cubierta de una suave película que la hacía brillar, sus pechos pequeños y tersos lo llamaban para que los acariciara.
—Maldición, eres demasiado perfecta para mí.
—Mentira —gruñó ella, cogiéndole el miembro. Le dio un apretón.
Él sonrió, rechinando los dientes.
—Por supuesto, gatita.
—Espera, voy a coger un condón.
Coral se incorporó y fue hasta su bolso, que estaba tirado junto al vestido y el top. Vio las bragas en la ducha, empapadas. ¿Cuándo se las había quitado? Cogió un condón de su bolso y regresó hasta donde estaba John. Al verlo, se quedó paralizada.
Sentado en el banco, con las piernas abiertas, ofrecía una erótica imagen que golpeó su cerebro, grabándose para siempre en su interior.
Por su fuerte y trabajado torso bajaban gotitas de agua hasta su duro miembro, que reposaba erecto sobre el muslo.
Su pelo húmedo, los ojos azules verdosos brillantes y oscurecidos…
Su ancha espalda. Los tatuajes endurecían la visión, pero solo hacían que le gustara aún más.
Ojalá tuviese una cámara, pensó con tristeza; no todos los días se veía algo así.
John estiró la mano.
—Ven aquí.
Dejó que la alcanzara y la acercara a su miembro.
Coral le colocó el condón con rapidez y lo besó, apretándose a él con todas sus fuerzas.
Temblaba de deseo, por las ganas de liberar la tensión de su bajo vientre y correrse.
Sus pezones estaban aplastados contra él, las manos masculinas recorrían su cuerpo con voracidad, deslizándose una desde su espalda hasta su trasero, bajando para encontrar la entrada a su cuerpo.
Sus dedos comenzaron a acariciarle el sexo con suavidad, alcanzando el clítoris con el pulgar. Ella comenzó a moverse sobre él, aumentando el ritmo del beso. Un dedo entró en ella y se curvó.
—¡John! —gritó, agarrándose a sus hombros.
El dedo entraba y salía de ella con rapidez, despertando todo su cuerpo y sumiéndolo en un mar de sensaciones que la dejaron temblando. Él no paró: introdujo otro dedo más y contempló con gozo cómo llegaba al clímax.
—Ahora vamos a follar.
Joder, sí… Eso era lo que quería. Ella era un peso muerto y él se encargó de subirla un poco para colocar el glande en la entrada.
Dejó que cayera sobre él, aceptándolo por completo.
Justo cuando sus nalgas tocaron los muslos de él y la penetró hasta el fondo, John dejó escapar el aire de sus pulmones.
Ella gimió.
Él inició los movimientos, primero con suavidad para que se acostumbrara a su tamaño y grosor. Luego fue aumentando la velocidad. Coral se agarró a su cuello y empezó a moverse al compás que él marcaba. Poco a poco ella fue tomando el mando, cabalgándolo y siguiendo lo que su cuerpo le pedía.
Se llevó una mano al tenso y palpitante clítoris y lo acarició en suaves y circulares movimientos.
Un gruñido salió del pecho de John.
—Maldición, sigue acariciándote así. Déjame que te vea.
Coral abrió aún más las piernas, sin dejar de moverse sobre su miembro y con la mano trabajando aquella parte de su cuerpo que más lo necesitaba.
—Demonios, voy a correrme. —John aumentó el ritmo, agarrándola por las caderas. Su voz tenía un deje oscuro por el deseo—. Los labios de tu sexo están rojos e hinchados. La próxima vez voy a lamerte entera y me empaparé con tu sabor hasta que te corras sobre mi cara una y otra vez.
Las palabras de John fueron los últimos empujones que necesitó para llegar al orgasmo, agarrándose a su cuello. Su cuerpo fue traspasado por varias corrientes de placer y sintió unas cuantas embestidas más antes de que John también llegase al clímax.
Recuperando la respiración, ella apoyó el rostro en su hombro y se abrazó a él. John la rodeó con sus manos y apoyó la barbilla en la cabeza de Coral. Relajada y calentada por John, su corazón no aminoró los latidos, sino que siguió latiendo eufórico en su pecho.
Maldición, John le gustaba demasiado. Muchísimo.
Tenía que tomarse las cosas con más… tranquilidad, pensó antes de sentir un beso en la nuca.
Pero él no se lo ponía fácil.