10 #3
Las posiciones habían cambiado. Ahora era John quien impactaba sus puños una y otra vez en el abdomen de su compañero, sin parar.
Yakiv recibía los golpes, con los brazos pegados para defenderse lo mejor posible.
Era increíble lo salvaje y oscuro que John podía llegar a ser.
Su rostro estaba contraído por el esfuerzo y la concentración, el sudor corría por su frente, brazos y pecho, empapando su camiseta.
La firmeza de su cuerpo le daba una forma perfecta y aterradoramente mortal.
Cogiendo aire, observó cómo Yakiv golpeaba la lona para rendirse.
Dante asintió. John ayudó a su compañero a que se levantara.
—Tenemos que practicar cómo respondes ante los golpes de Yakiv. Sales del embrollo, pero te cuesta. Otra vez.
Dos horas más tarde y tras un profundo estiramiento, John se acercó a ella lleno de sudor, pasándose un brazo por la frente.
Demonios, estaba buenísimo, incluso con chándal y sudado.
Sus carnosos labios se elevaron en las comisuras.
Una vez enfrente de ella, Coral se sonrió ampliamente y acarició su brazo, sintiendo la fuerza que corría a través de ellos.
—Lo has hecho genial.
—¿No te has aburrido? —Él cogió un mechón suelto de su cabello, dándole un suave tirón.
—¿Bromeas? ¡Me ha encantado! Se me ha pasado el tiempo volando, los entrenamientos con Yakiv han sido una pasada, sentía que estaba en un combate en directo.
—Avanzó un paso más—. Es más, he estado mirando en mi teléfono si quedaban entradas para el combate, pero no, están agotadas…
o la reventa es demasiado. Te veré con Ocean en el pub .
John la envolvió con sus brazos, pegándola a su duro cuerpo.
—Tengo unas cuantas… Podría darte alguna… —murmuró con voz ronca.
Oh, su cuerpo… Qué calor desprendía. Sus pezones reaccionaron de inmediato, aunque no se notó gracias al sujetador. Tenía las caderas pegadas a las de ella, la mirada oscurecida… Que Dios la ayudara, se moría de ganas de besarlo.
—Qué guapo estás…
—¿Quieres una?
—¿A ti? —susurró observando su tentadora boca. Qué de cosas había hecho sobre su cuerpo…
—Una entrada. —Le pellizcó la nalga derecha.
—Oh, sí, claro. ¿Se la tengo que pagar a Dante?
—Es un regalo. También les daré a Justin, Bridget y Ocean, además de a Fred. —Puso los ojos en blanco—. Me mataría. — Coral estaba lejos de allí, concentrada en su cuerpo pegado al de ella—. Voy a ducharme, tardo poco.
Ella asintió.
—Vale, luego podemos ir a cenar.
John depositó un casto e insuficiente beso en su ansiosa boca.
—Ahora vuelvo.
Vio cómo se dirigía hacia los vestuarios, justo cuando salía Yakiv. Este, al ver su cara, soltó una ronca carcajada. Fue hacia ella y le rodeó los hombros con un pesado brazo.
—Ganas de marcha, ¿verdad?
Su tosco acento la hizo reír.
—No, gracias, ayer tuve bastante a manos de Nasha.
—Vete a los vestuarios —murmuró—. No hay nada, distraeré a Dante. Las llaves están dentro de la cerradura del vestuario. Hay una puerta trasera; con esas llaves puedes salir y cerrar.
Coral abrió la boca.
—¡Puedo liarla! Dante se enfadaría conmigo.
—Deja de ser tan perfecta. —La empujó con suavidad—. Espera a mi gesto, ¿de acuerdo? Apenas quedan luchadores ya.
Yakiv se acercó a Dante y entabló una conversación, con su bolsa de deporte en un hombro.
Coral se debatía entre hacer lo que en realidad deseaba, ir a los vestuarios con John, o no jugársela y esperarlo allí.
Siempre había hecho lo correcto, le avergonzaba demasiado que la riñeran o le llamaran la atención.
Desde pequeña siempre se había quedado al margen de todo, en su zona de confort.
Pero John…
Era su mayor tentación.
Se fue acercando a los vestuarios hasta estar apoyada en la pared.
Yakiv esbozó una sonrisa antes de hacer que Dante lo siguiese a la recepción.
El ucraniano le hizo un gesto con la cabeza y sin perder un segundo entró en los vestuarios masculinos y echó la cerradura, cogió las llaves y se las metió en el bolso.
Justo cuando pensaba girarse, una mano le tapó la boca e imposibilitó que gritara.
John apenas pudo contener la risa ni la excitación al ver a Coral colándose en el vestuario y echando la cerradura, moviendo aquel pequeño culo respingón de un lado a otro.
Aquel vestido blanco con flores que llevaba le dejaba ver sus delgadas piernas.
Justo cuando se guardaba la llave en el bolsillo, decidió asustarla.
Le tapó la boca con una mano y pegó su cuerpo al de ella. El cuerpo femenino se movió contra él, asustado, hasta que se quedó quieta.
John acercó los labios a su oreja.
—Soy yo.
—Lo sé, acabo de reconocer tu olor.
Sorprendido, dejó que se diera la vuelta para besarla.
Capturó su boca en su impulsivo beso al que ella respondió con un suave gemido.
Notaba sus curvas a través del vestido de seda que llevaba, mojándolo con su desnudez.
Coral lo agarró del pelo y tiró con fuerza, mordiéndole el labio inferior e instándolo a que le quitara el vestido.
—Maldición, te deseo —gruñó, sacándole el vestido por la cabeza.
—Más que yo no.
Coral llevaba un top y unas pequeñas braguitas que dejaban entrever su monte de Venus.
La cogió en brazos y la llevó hasta la ducha que había estado usando y que aún no había cerrado.
La pegó a la dura y húmeda pared y los dos se mojaron bajo el chorro.
Sus bocas luchaban por tener el dominio, con mordiscos, caricias y besos que solo aumentaban sus ganas por sentirse el uno al otro.
Ansioso por saborear sus pezones, le quitó el top y lo lanzó donde se encontraba el bonito vestido. La alzó en el aire y ella lo envolvió con sus piernas. Su erección quedó anidada entre los muslos femeninos, donde un intenso calor lo cobijaba.
Se metió uno de los duros pezones dentro de la boca, oyéndola gemir. Miró hacia arriba sin dejar de lamer el duro pico.
La visión que obtuvo casi hizo que se corriera sobre ella.
Estaba arqueada, con los labios entreabiertos, rojos e hinchados por sus besos. El pelo se derramaba sobre sus hombros, pegado a la pálida piel, y sus pechos lucían completamente expuestos.
—Eres preciosa.
Ella lo miró de soslayo, sonriendo. Puso las manos sobre su rostro y lo acarició. Su forma de mirarlo y acariciarlo era diferente a cómo lo habían hecho otras mujeres. Había algo más: puro interés. Coral bajó las piernas y lo empujó hasta que apoyó la espalda en la pared.
Su ropa interior estaba empapada y no dejaba nada a la imaginación de la sensible piel que había bajo ella.
—Voy a hacer lo que te dije… —Coral depositó un beso justo donde latía su corazón—. Devorarte por completo.
Las manos de ella pasaron por su torso, raspando con ternura con sus uñas pintadas de un tono transparente brillante. Sus labios fueron a su cuello y lo lamieron hasta la barbilla.
John bajó las manos hasta los glúteos femeninos y la pegó a él.
Sus caricias lo llevaban al límite, ella mojada y resbaladiza…
lo complicaba todo. Intentó capturar su boca en un beso, ella lo esquivó y bajó por su cuerpo, dejando un reguero de besos.
De rodillas, lo observó durante un rato, desde su rostro hasta su cuerpo.
Tenía su pene justo delante de su cara, casi pegado al abdomen.
Coral clavó los ojos en él y con una mano rodeó su miembro. Comenzó a subir y a bajar, haciendo un suave giro con la muñeca para darle más energía al movimiento. Él observaba la escena con los ojos entrecerrados, dividiendo su atención entre su mano, sus pechos y su rostro.
—Déjame lamerte. —Ella abrió los ojos de par en par, algo avergonzada, pero sus pupilas se habían dilatado—. Quieres que lo haga —continuó él—. Lo veo en tus ojos. Incluso tus pezones están más oscuros.
—No, me toca a mí, voy a acariciarte y lamerte hasta que estés al borde del clímax. —Para darle más énfasis a sus palabras, acercó la cabeza al miembro y utilizó su mano libre para llegar hasta la tensa bolsa testicular—. Luego entrarás en mí, te sentiré y me correré sobre tu polla, ¿qué te parece?