Irrompible 9 #4
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Sonaba preocupado; la furia había desaparecido para dar lugar al miedo y a la preocupación.

La abrazó por sorpresa, pegándola a su torso.

Coral se quedó congelada al sentir su piel contra su rostro y sus manos desnudas y heladas.

Correspondió al gesto, con las emociones divididas.

Por una parte, quería abrazarlo y que se consolaran el uno al otro.

Por otra, quería lamer la piel desnuda de su torso y sus brazos.

Y de su cuello… de donde provenía el olor más intenso.

Otro repentino mareo hizo que se decantara por abrazarlo y descansar el rostro en su hombro.

—Joder, estaba aterrorizado —murmuró. Ella dejó que hablase, que se desahogase.

Le acarició la espalda en círculos, sintiendo en ciertas zonas marcas y piel arrugada por las cicatrices—.

He visto cómo te golpeaba en la cabeza, cómo te dejaba fuera de juego.

Te has desmayado al instante y te has quedado inerte sobre el césped.

Te sangraba la nariz, y he sabido que si no lo alejaba de ti, habría vuelto a…

—Su voz flaqueó— La cosa se habría puesto aún más fea.

—Admito que he sentido que el cerebro se me movía dentro de la cabeza —bromeó, aunque no del todo.

—No tiene gracia —murmuró contra su coronilla.

—Lo siento.

—Prométeme… Prométeme que, si hay una próxima vez, no te meterás.

—Pero…

—Prométemelo, Coral. —Agarrándola con suavidad por la barbilla, le hizo alzar la cabeza con cuidado. Se encontraban a la misma altura—. Prométemelo.

Ella negó muy despacio. Cualquier movimiento era como un terremoto.

—No.

—Demonios, Coral…

—¿Sabes el miedo que he pasado al oír aquel estruendo? Pensaba que te habían roto la cabeza por la mitad. La próxima vez llamaré a la policía.

—No puedes.

Coral miró sus carnosos labios.

—¿Por qué?

—Es una historia muy larga —susurró, echándole con cuidado el cabello hacia atrás. Silbó—. Tienes un chichón enorme.

Se quedó en silencio, sonriendo. La adrenalina todavía corría por sus venas.

Una parte de ella temía que volviese aquel gigante…

, temía que se pudiese repetir la situación.

Verse bajo un hombre que triplicaba su tamaño era aterrador.

Sobre todo por el brillo inerte y asesino de sus ojos.

¿Qué demonios pasaba? ¿Por qué no le contaba nada?

John acarició sus labios con el pulgar, presionando con suavidad.

—Quiero besarte.

Su sinceridad la sorprendió… y la excitó. Su cuerpo comenzó a recobrar calor, sintiendo la cercanía que había entre los dos. Coral se humedeció los labios, tocando sin querer el pulgar con la punta de su lengua.

—Maldición —gruñó.

En un rápido movimiento, la agarró por las caderas y la puso sobre su regazo. Coral sintió justo en su centro la enorme erección de John empujando contra la tela. Debía de sentir el calor que emanaba de ella, pues posó una mano en su cintura y la empujó contra su duro miembro.

Los dos gimieron.

—Estás preciosa.

—Con mi chichón —dijo sin poder apartar los ojos de los de John. Él parecía tener el mismo problema.

—Incluido tu chichón.

Coral cerró los labios y tragó saliva. Colocó las manos sobre los desnudos hombros de él, sintiendo su firmeza, y se restregó contra él. John maldijo en voz baja.

—Bésame, John —murmuró con voz ronca, pegando la frente a la de él. Necesitaba estar más cerca. Le acarició el pelo y le dio un suave tirón—. Bésame.

John no necesitó que se lo pidiera una tercera vez.

Tomó su boca en un posesivo y ardiente beso, y terminó por despertar de todo su adormecido cuerpo.

Su lengua recorría cada esquina y hueco de la cavidad, acariciando la de ella.

Coral gemía contra él, moviéndose en círculos sobre su miembro.

La aliviaba, pero a la vez le dejaba un deseo aún más profundo por satisfacer.

Las manos masculinas se fueron al borde de la camiseta y la levantaron con suavidad. Se separaron y ella dejó que contemplase sus pechos. Tenía los pezones oscuros y enhiestos, quería que se los metiera en la boca y los lamiese.

John pareció leerle la mente.

—Tienes unos pechos preciosos.

Ella sonrió con cierta timidez. Cogió sus manos y las puso sobre ellos.

Su corazón latía con rapidez, y él lo sentía.

Sin apartar la vista de ella, hizo que se apoyara sobre sus rodillas para meterse uno en la boca.

Su lengua lo humedeció con la saliva y le dio un pequeño mordisco que luego alivió con un suave roce.

—John…

Separándose, hizo lo mismo con el otro pezón. Mientras una mano la agarraba por la espalda, la otra acariciaba el otro pezón. Pellizcaba con el pulgar y dedo índice, con una deliciosa presión. Ella dio un pequeño brinco, ¿desde cuándo había tantas terminaciones nerviosas en sus pechos?

—¿Qué voy a hacer contigo, Coral? —Ella cometió el error de mirar hacia abajo y se encontró con su hambrienta y oscura mirada.

Comerme entera, pensó con timidez.

Entre toda aquella nube de placer, vio cómo su lengua salía y lamía uno de sus pezones para luego cerrar los labios alrededor de este y sorber con fuerza. Cerró los ojos y gimió. John continuó, disfrutando plenamente de ellos.

De pronto, él la agarró de la cintura e hizo que se tumbara sobre el colchón. Se acuclilló y terminó de quitarle la camiseta. Esa postura tan dominante la derritió por completo. Estaba húmeda, caliente… y deseosa de verlo desnudo.

Coral disfrutó de la arrebatadora visión que John le regalaba al estar sobre ella.

La tenue y escasa luz del cuarto se proyectaba sobre la amplitud de su espalda.

Los anchos y musculosos brazos, el torso trabajado y tenso por las ganas de entrar en ella y saborearla, sus enormes manos sobre sus pequeños pechos, cubriéndolos por completo.

Bajó las manos hasta la ropa interior que él le había dejado puesta.

—Maldición, deseaba tanto tenerte debajo de mí.

—Oh, oh… Coral se mordió el labio. ¿Iba a hablarle de esa forma?

Porque iba a conseguir que perdiera el poco control que tenía sobre sí misma.

John se incorporó, tiró a un lado el bóxer negro y la contempló.

Sus ojos, azules verdosos, estaban más oscuros y fijos en ella.

Coral se apoyó sobre los codos y se sonrojó—.

Abre las piernas — ordenó con voz ronca.

Obedeció, abriendo las piernas poco a poco, con las rodillas dobladas, dejándole un ángulo perfecto para tener una muy buena vista de su sexo desnudo y mojado.

Sentía la imperiosa necesidad de tocarse, de ver qué hacía.

Apoyándose sobre un codo, llevó la otra mano a su pecho izquierdo y se pellizcó el erguido pezón con suavidad.

John siguió ese recorrido con voracidad—.

Tócate —murmuró, llevando sus propias manos al elástico del chándal y lo bajó del todo, junto con su bóxer.

Dio un paso hacia adelante para quitarse el montón de ropa de los pies y se quedó quieto, dejando que lo estudiara.

Su exquisita y masculina desnudez fue una impactante y erótica imagen que iba a acabar grabada en la retina de Coral por el resto de su vida.

Su miembro, grande y grueso, apuntaba hacia ella, o mejor dicho, hacia su sexo.

La cabeza, roja y húmeda con la hendidura, era seguida por un ancho tronco en el que se dejaba ver alguna que otra vena a su alrededor.

Debajo, colgaban los pesados testículos.

La erótica visión de su sexo erguido fue como una descarga directa en su vientre.

John no tenía nada de vello, o al menos ella no veía nada.

Eso le facilitó la tarea de observarlo sin dificultades.

Humedeciéndose los labios, quiso incorporarse y acariciarlo. John actuó con rapidez. Una de sus manos fue a su abdomen y apretó con fuerza, clavándola a su sitio.

La rudeza de su gesto la encendió, lanzando una descarga de placer que impactó en su tenso clítoris.

—No te muevas. —Coral llevó una mano a su pelo y tiró de él hacia abajo, alzándose todo lo que pudo.

Pegó sus labios a los de él, deseosa de tenerlo cerca.

Pero él parecía estar lejos de querer un beso tierno.

John devoró su boca, tomándola en un brusco y ardiente beso.

Gimió contra él y cuando volvió a intentar incorporarse, John hizo que quedara en su inicial posición—. Déjame verte.

—Quiero tocarte. —Su voz sonó seca, ansiosa.

John agarró su cabello en el puño y la besó de nuevo, esa vez con ternura, al contrario que el modo en que la sujetaba.

Desplazó las manos hasta sus axilas y la llevó hasta el centro de la cama, con las piernas abiertas y flexionadas.

Su fuerza y la facilidad con la que la manejaba le encantaban.

Coral se prometió saborear todo su cuerpo antes de que él la penetrase.

Iba a volver a besarlo y a acariciar su lengua, a bajar por su cuello hasta el abdomen. Iba a clavarle las uñas en la espalda y a sentir su complexión. Iba a descender poco a poco hasta coger su poderoso miembro entre las manos y…

Un mordisco en su pezón la sacó de sus pensamientos.

—Quiero que estés aquí, consciente de todas las cosas que voy a hacerle a tu cuerpo antes de entrar en él. —Una de sus manos dio un tirón a su pene y Coral gimió. ¿Acaso él era el único que podía tocar? Ella quiso hacerle lo mismo, pero él volvió a ponerle las manos sobre la cabeza—. Quieta.

Echada sobre su espalda, se mordió el labio inferior y asintió.

Él no apartaba sus ojos de los de ella mientras bajaba por su cuerpo y dejando un reguero de besos ardientes. Le mordisqueó el hueso de la cadera, agarrando sus muslos con las dos manos y acariciándolos con los pulgares en círculos.

A pesar de sentir cierta vergüenza por sostenerle la mirada, habría sido imposible no hacerlo. John la retaba a ello, como si su rostro fuese un libro abierto que él leía libremente.

Coral estuvo a punto de cerrar las piernas cuando él depositó un beso sobre su desnudo pubis. Él se lo impidió, enarcando una ceja. Ella se encogió de hombros.