Irrompible 9 #3
48%

9 #3

Comía con rapidez, engullendo. A pesar de tener apetito, tener una mujer en su casa le resultaba tan raro y… especial. Ninguna mujer, exceptuando Bridget, había entrado allí.

Observó que el cabello de Coral estaba algo más seco, aun así todavía húmedo, oscuro. Llegaba hasta él su olor, limpio, fresco, femenino… Removiéndose, incómodo, intentó cambiar de postura al sentir cómo toda la sangre se acumulaba en la ingle.

¿Cómo podía proceder? Aquel silencio era ensordecedor. Al menos para él.

—¿Quieres hablar? —preguntó.

—No, la verdad es que no. Prefiero comer en silencio.

Vaya, había sido directa. Rascándose el cuello, cogió aire.

—No sé qué decir o qué hacer para arreglar la situación.

—Nada. En serio. —Alzó la mirada de su plato—. Pensé que ya lo habíamos hablado. Que esté aquí no significa nada.

Cabreado por no ver ninguna grieta en su postura, se levantó de la silla. Coral dejó caer el tenedor y esperó. Al ver que él hacía ademán de irse, volvió a coger el tenedor.

—Buenas noches.

—Maldita sea —murmuró, desapareciendo en el interior de su habitación.

Coral suspiró, aliviada. Una vez sola, relajó la postura de su cuerpo y dejó el tenedor a un lado.

Ya no le hacía falta fingir, John se había ido a dormir.

Se llevó una mano al estómago lleno. Ver a John cocinando desde atrás, con su ancha espalda, sus grandes hombros y sus manos moviéndose para cocinar, había sido todo un regalo para sus ojos.

Verlo cocinar había sido… excitante. Y de hecho lo hacía bastante bien.

Había deseado de forma desesperada pasar sus uñas por él, absorber parte de su calor…

Desde luego, fingir se le daba muy bien. Demasiado bien.

Fue a llenar el vaso de agua cuando un movimiento en el exterior captó su atención.

Echó la pequeña cortina a un lado, una oscura figura giró con rapidez y desapareció de su vista. Se había ido a la parte trasera de la casa, hacia el jardín.

Coral comenzó a retroceder hasta chocar contra la pared de enfrente. Sin perder un segundo más, se fue corriendo hacia la habitación de John y abrió sin llamar. Su brusquedad lo sorprendió.

En penumbra lo vio: estaba dejando la ropa a un lado de la cama, en bóxer.

Ella intentó recordar por qué estaba allí, pero su trasero…

Sacudió la cabeza. Se dijo que tenía una consistente razón para acercarse…

, pero se le había olvidado. Él fue hacia ella con rapidez, quizás asustado por la palidez de su rostro.

Sus claros ojos la inspeccionaron de arriba abajo.

—¿Qué ha pasado?

—Yo… He visto a alguien por la ventana —murmuró, mirando por encima de su hombro—.

Estaba llenándome el vaso de agua cuando he visto una figura dirigirse hacia la parte trasera de la casa.

—El rostro masculino se oscureció. Apretó los puños a los lados antes de ponerse los pantalones del chándal y salir de la habitación en completo silencio, descalzo.

Coral lo siguió—. ¿Adónde vas? ¡No se te ocurra dejarme sola!

John se paró con brusquedad. Coral acabó chocándose contra su espalda. Él la agarró con suavidad para que no se cayese.

—Espérame aquí.

—¡Ni hablar!

—Coral, no estoy bromeando —susurró cerca de su rostro—. Puede ser Jack u otro. Voy a inspeccionar la casa.

—¿No tienes un arma?

Él negó con la cabeza.

—No.

John la dejó en medio del pasillo, cogió las llaves antes de salir y cerrar la puerta.

Coral había vuelto a ver las cicatrices que surcaban su espalda, al igual que los oscuros tatuajes que apenas dejaban ver el color natural de su piel.

Fue hacia la cocina y se asomó por la ventana.

John pasó enfrente de ella, sin mirarla.

Se dirigía hacia el lugar por donde la figura se había ido.

¿Se suponía que ella debía quedarse allí? Estrujándose las manos contra el vientre, se humedeció los labios. Miró el reloj de la cocina. Si en cinco minutos no volvía, iba a salir a buscarlo.

Esos minutos pasaron con extrema lentitud. Tuvo que levantarse de la silla, dar una vuelta por la cocina, asomarse todo lo que pudo, sacando medio cuerpo, para ver una mínima parte del jardín trasero.

Entonces un fuerte estruendo movió la parte trasera de la casa.

—¡John! —gritó Coral.

No hubo contestación.

¿Qué demonios había sido eso? ¿Acaso los vecinos no se enteraban de nada?

Cerró la ventana y se dirigió hacia la puerta con rapidez.

Le temblaban las piernas, al igual que el resto de su cuerpo.

Salió por la puerta y fue hacia la parte trasera de la casa, sintiendo la hierba fresca contra la planta de los pies El frío de la noche la envolvió con rapidez; no tardó en ver a John en el suelo.

Un hombre estaba sobre él, impactando sus puños contra el torso de John.

Él tenía los brazos en la zona, aguantando hasta que pudo coger uno de los enormes brazos de su contrincante.

Envolvió las piernas su alrededor y se giró sobre el suelo, haciendo una dolorosa palanca que arrancó un gemido de su enemigo.

Coral vio alarmada cómo el hombre conseguía deshacerse de la presa de John y se incorporaba.

Demonios, le sacaba dos cabezas a John. Desde luego debía de pesar unos veinte kilos más.

¡Necesitaba encontrar un arma, una pala o la que fuera!

John sangraba por la nariz y la ceja, pero aquello no parecía importarle.

Ninguno de los dos la había visto. Coral retrocedió para ir hacia la ventana de la cocina.

Asomando medio cuerpo, cogió lo primero que vio.

Una botella de cristal oscura. Debía de ser vino.

Volvió con rapidez; el desconocido estaba de espaldas a ella.

Justo cuando apenas estaba a unos pasos de él, John la vio y abrió los ojos de par en par.

El contrincante se dio la vuelta con rapidez, justo antes de que ella le estampara la botella contra la cabeza. Miles de trocitos de cristal cayeron al suelo, brillando con intensidad bajo la luz del patio. El hombre se cayó al suelo, aturdido y mojado de vino.

—¡Vete a la casa, Coral! —gritó John con voz ronca—. ¡Fuera! —Justo cuando pensaba volverse, una mano la agarró por el pie y tiró de ella—. ¡Suéltala, cabrón!

John se sentó encima de él y envolvió el grueso cuello con un brazo, tirando del otro para hacer una nueva palanca que lo asfixiara. Si no hubiese sido por la peligrosa situación en la que se encontraban, ella habría disfrutado de todos y cada uno de sus movimientos. Su repertorio parecía infinito.

Coral intentó golpearle el rostro para zafarse.

Un enorme puño se alzó sobre su cabeza, proyectando una pesada sombra sobre su rostro.

Iba a golpearla, y ella no podía moverse.

El miedo la había paralizado y la presa de John no parecía ser suficiente.

El hombre tenía el rostro completamente rojo, algunas venas se marcaban por la ancha frente.

Lo último que vio Coral fue el odio brillar en los ojos de John. Luego todo se volvió oscuro y sintió que su cabeza se movía de un lado a otro.

Coral fue poco a poco consciente de que se encontraba sobre una superficie blanda, una cama. Al intentar abrir los ojos, la escasa luz de una mesilla de noche le provocó un intenso dolor de cabeza. Estaba mareada, confundida… ¿Qué había pasado?

—Ay —gimió, llevándose una mano a la sien. Poco a poco, las imágenes de lo último que había vivido fueron llegando a su cabeza. ¡Alguien había entrado en la casa! Incorporándose, miró a todos lados—. ¡John!

Se destapó cuando otro mareo le hizo perder el equilibro y caer al suelo, pero suavizó el golpe al agarrarse a la mesita. John apareció justo en ese momento, agitado, con sangre seca en una de las cejas. Fue rápidamente hacia ella.

—Me has asustado —susurró, colocándola de nuevo sobre el colchón—. Estaba en el baño.

Coral se sujetó a sus hombros para impedir que se apartara de ella.

Necesitaba asegurarse de que estaba bien.

Tenía el pómulo derecho inflamado, al igual que la ceja.

Quizás necesitaría unos puntos, ya que tenía un corte bastante feo.

Estirando la mano, acarició con suavidad las heridas.

La nariz no había corrido mejor suerte; ya no tenía sangre, pero desde luego debía de dolerle muchísimo.

Pobrecito, parecía preocupado. La miraba… de una forma muy distinta. Sus ojos estaban apagados, cansados. Tuvo la repentina necesidad de consolarlo.

—¿Estás bien?

Él se rio con sequedad.

—Sí, estoy bien, aunque admito que… sin tu ayuda ahora estaría en el suelo.

—Ese hombre era enorme —musitó—. Era más grande que Yakiv. ¿Quién era? ¿Qué quería? ¿Se ha ido? Deberíamos llamar a la policía…

Ella hizo ademán de levantarse, pero él se lo impidió. Extrañada, volvió a mirarlo.

—No… puedo, Coral.

—¿Qué?

—No podemos meter a la policía en esto. —Su mano acariciaba su muslo desnudo, ascendiendo para luego descender. ¿Era consciente de lo que hacía?

—Pero… pero mira lo que te han hecho. Estás… fatal — susurró, volviendo a acariciar sus heridas con las yemas de los dedos—. Y a mí, estoy segura de tener un enorme chichón en la cabeza.

Sus ojos se volvieron más oscuros y frunció el ceño. Su cuerpo se había tensado, enfadado. La ira le recorría por entero y dejó de tocarla para apretar los puños sobre sus piernas.

—Lo siento, Coral. Te prometo que… Maldición, apenas podía creerme que estabas detrás de él, con una botella. ¿En qué demonios pensabas? —Alzó el tono de voz.

—¡No me cambies de tema! Debemos llamar a la policía de inmediato, John. No conocemos a ese hombre, no era Jack. No sabemos si volverá o…

Él la agarró por los hombros, acercando su rostro al de ella.

—Respóndeme. ¿Qué te he dicho antes de salir de casa? Que te quedaras dentro.

—¡He escuchado un ruido muy fuerte! ¡Y menos mal que he ido! Un minuto más y habría acabado contigo.

John frunció el ceño.

—Lo tenía controlado.

—Has admitido hace apenas unos minutos que mi ayuda te ha venido genial.

—Lo habría vencido. ¿Sabes cómo me he sentido al ver que te atrapaba del pie? No podía hacer nada, Coral, tenía sangre corriéndome por el ojo y no veía lo que golpeaba.