Irrompible 9 #2
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9 #2

—Lo era, hasta que ha aparecido Anastasia y te has olvidado de mí.

John frunció el ceño y negó con la cabeza. ¿De qué demonios estaba hablando?

—Eso no es verdad.

—Lo es, ¿y sabes qué? Me he cansado —musitó, apoyándose en el asiento—. No voy a seguir así, John. No sabes lo que quieres.

Él tuvo la sensación de que algo se había contraído en su pecho.

Las palabras de Coral se habían clavado en él con certeza.

Recordó lo que le había dicho su hermano.

¿Había estado huyendo inconscientemente?

El hecho de que Coral pudiese dejarle las cosas claras y que no quisiera volverlo a ver lo asustó.

—Me gustas, muchísimo, pero… no voy a dejar que actúes como un niño, que a veces me hagas ver que sientes interés para que luego pongas distancia. —Ella negó con la cabeza—. No, ya he pasado por ello y he aprendido la lección.

—Yo… —John se llevó las manos a la cabeza—. Joder, lo siento.

—Me da igual, déjame salir. Estoy cansada y borracha. Adiós.

Coral extendió la mano, le dio al botón del seguro y se bajó del coche.

Sorprendido, John salió despedido tras ella.

Consiguió alcanzar su brazo y pararla. Al estar frente a frente, pudo ver cómo se encontraba en realidad.

Coral deseaba llorar y su presencia se lo impedía.

Bajó la mano hasta coger la de ella, que gimió.

Tenía la palma roja y morada, como si la hubiesen pisado con un tacón.

—Lo siento —musitó, acariciándole la muñeca—.

Por todo. Yo… no sé cómo actuar. Nunca he salido con nadie.

Todas mis relaciones se han basado en sexo ocasional con las groupies , o con Anastasia.

—Tragó saliva, incómodo por hablar de ello—.

Siempre intento idear planes para que salgamos los dos o sacar algún tema de conversación.

—Y lo que haces es ignorarme, alejarte cuando ves que has conseguido dar un paso hacia adelante.

—Sí —admitió. No tenía sentido negarlo—. Tienes razón.

—No… No voy a insistir, John. —La dulce voz de Coral apenas llegó hasta él.

—Siempre he estado solo. —Se acercó a ella. Estiró una mano para intentar ordenar el nido que era su pelo despeinado—. No sé cómo actuar cuando estoy contigo, qué decir o… Siempre he estado moviéndome de un lado a otro, alejándome de las personas que me importan.

—Eso… Eso no me incumbe.

—¿Qué quieres que diga para que lo reconsideres?

—John estaba desesperado, estrujándose la cabeza por idear alguna forma de conseguir mantener el contacto con ella—.

Anastasia es una groupie , no he vuelto a acostarme con ella desde que te conocí.

Le dejé las cosas claras al verla, ella lo ha aceptado.

Coral levantó la cabeza.

—¿Por eso hablabas tanto con ella?

—Creía que se lo debía.

—Por haberla utilizado y despedirte de ella…

Genial, ¿en qué posición me deja eso a mí?

¿Para qué me invitas a la exhibición y a la comida si luego ni siquiera vas a hablar conmigo?

He estado todo el rato con tu hermano, Bridget y los demás.

Aguantando sus miradas curiosas mientras tú estabas en una esquina con Anastasia.

—Pegó su frente a la de él—. Que te jodan.

John la soltó. Todo lo que sentía era nuevo para él.

Era… ¿dolor? ¿Decepción por cómo lo había mirado?

Se pasó una mano por el pecho, intentando aliviar la tirantez que sentía.

Cogió aire al ver su vestido desgarrado y sus esbeltas piernas con aquellos bonitos zapatos.

Se había comportado como un capullo y ella lo había mandado a paseo.

No se merecía menos; su hermano Justin tenía razón.

Coral buscaba las llaves en su bolso. Al no encontrarlas, poco a poco aumentó la velocidad hasta que, enfadada, lo tiró con todas sus fuerzas y gritó.

—¡Joder!

Él fue hacia ella, pero no la tocó.

—¿Qué pasa?

—No encuentro las llaves. —Estaba a punto de derrumbarse. Se limpió la nariz en el vestido—. Mi bolso se ha caído al suelo y he pensado que lo había recogido todo…, pero no encuentro mis llaves. No tengo dónde quedarme y es muy tarde. Al menos están las de la tienda, podría irme allí y…

—No hace falta, te puedes venir a la mía.

—No —exclamó con rotundidad.

—No seas niña, tengo una habitación de invitados.

—Llamaré a Ocean —respondió, agachándose por el césped donde habían tirado todas sus cosas—. Esto es un desastre.

John la ayudó alcanzándole el móvil. Ella marcó el número de su amiga con rapidez.

Unos segundos más tarde, volvió a maldecir.

Se dejó caer sobre los primeros escalones que iban hacia su puerta.

Una solitaria y cálida lágrima se deslizó por su inflamada mejilla.

Se la limpió con rapidez. Debía de dolerle.

Aunque estaba seguro de que no era por los golpes.

Incapaz de quedarse de brazos cruzados, le hizo un gesto.

—Quédate en mi casa, puedes darte una ducha y te prestaré ropa para que duermas.

Deja de luchar por hoy, mañana será otro día.

Le enviaré un mensaje a Max, el camarero, para que eche un vistazo por si las ve.

No tienes que gastarte dinero en un hotel — añadió, como si hubiese leído sus pensamientos.

Se levantó y asintió.

—Esto no cambia nada entre nosotros.

Él le abrió la puerta del coche. Ella suspiró.

—Deja de ser tan caballeroso.

—Mi abuelo Cam me pegaría una buena azotaina si no lo fuera.

Ella esbozó una débil sonrisa.

—Me encantaría verlo.

John se dijo que tener a Coral duchándose en la habitación de al lado no debía afectarle.

Al menos, tanto no. Escuchaba el agua caer sentado sobre el cómodo colchón; apretó los puños contra los muslos, ¿qué demonios le pasaba?

Se moría de ganas por entrar en el baño, abrir la mampara y ver el cuerpo de Coral húmedo y caliente por el agua.

Si cerraba los ojos, podía incluso imaginarse de qué color serían sus pezones, si sabían tan bien como su boca.

Confuso, se levantó y buscó un pijama cómodo.

Llegó a la conclusión de que eran demasiado grandes.

Al final cogió una camiseta de la EFL que iba a quedarle como un camisón, unos calcetines y…

¿debía dejarle algo que le sirviera como ropa interior?

Esbozó una pícara sonrisa; sumergido como estaba en sus pensamientos, no reparó en que desde hacía rato había dejado de sonar el agua y Coral se encontraba detrás de él.

—¿Por qué sonríes de esa manera?

John se obligó a recobrar la compostura antes de darse la vuelta.

—No sonreía.

—Sí que lo hacías —musitó, acercándose a él, con una ceja enarcada.

Se volvió con el ceño fruncido. Coral estaba envuelta en la toalla blanca que le había dado para secarse.

Sus delgados hombros estaban expuestos a su vista, con algunas gotas de agua cayendo sobre ellos.

Llevaba el cabello oscuro y mojado hacia atrás, dejando expuesto su cansado y bello rostro.

Intentó disimular antes de echar un rápido vistazo a sus piernas y tenderle la ropa.

—Toma.

Coral lo tomó, estudiando lo que le había ofrecido. Sus mejillas se volvieron rojas antes de levantar la vista.

—¿Tienes… puedes dejarme algo para abajo?

—Es una camiseta larga —respondió, haciéndole entender que no la comprendía.

—Ropa interior. Necesito ropa interior…

—Sí, claro. —Abrió otro cajón y sacó unos bóxer negros.

Ella los alcanzó, sin rozar sus dedos. Intentó no sentirse rechazado, pero eso fue lo que pasó.

Coral ya estaba pasando página y solo estaba allí porque no tenía más remedio.

¿Qué habría hecho su hermano en una situación como esa? Necesitaba hacer algo.

—Gracias.

Justo cuando fue a darse la vuelta, la agarró del brazo. Estaba caliente y todavía un poco húmedo de la ducha.

—Espera.

Ella miró la mano de él sobre la suya.

—¿Pasa algo?

Verla tan distante hizo que retrocediera. No era el momento. Aclarándose la garganta, hizo un gesto con la cabeza.

—¿Te apetece comer algo? No hemos cenado nada. Es demasiado tarde para pedir unas pizzas, así que puedo ver qué tengo.

Coral abrió los ojos, sorprendida. Una sutil sonrisa apareció en su rostro.

—Sí, me encantaría.

De camino a la cocina, se maldijo por haber desaprovechado la oportunidad.

Estaba seguro de que, si esa noche no acababa por resolver el asunto, Coral no iba a volver a mostrarse tan abierta a quedar con él, incluso podía evitar los sitios a los que iba él.

Su móvil vibró. Frunciendo el ceño por ser tan tarde, vio un mensaje de Patrick.

Al parecer, al día siguiente a las seis tenía que ir al gimnasio para entrenar.

Seguía una disculpa por no haberlo avisado antes.

Acostumbrado a la olvidadiza memoria de Patrick, hizo un par de huevos para cada uno, sacó pan y, justo cuando iba a poner unos filetes, un irresistible olor femenino llegó hasta su nariz.

Era el olor avainillado de Coral mezclado con su gel de baño.

Demonios, por alguna razón desconocida aquello lo excitó.

—Huele genial, ¿puedo ayudarte en algo? —preguntó colocándose a su lado, observando la comida, impaciente.

—¿Qué quieres de beber?

—Agua. Todavía estoy algo… borracha. Mucho no.

—Puedes servirte si quieres.

Coral asintió y cogió un vaso de donde él le señaló. Lo llenó de agua y le dio un enorme trago. John le indicó que se sentara y le puso delante el enorme plato. Contuvo la sonrisa al verla tan feliz, cogiendo los cubiertos con rapidez.

—Te esperaré —prometió—. Solo quiero meterme…

—¿El qué?

Su voz sonó más ronca de lo usual. Coral abrió sus ojos por completo. Un rubor cubrió sus mejillas.

—Pues… eh… un trozo de huevo. —Se llevó las manos a la cara—. Oh, vamos, no hagas esto.

John se dio la vuelta para terminar de servir su plato.

—Lo siento.

Cuando estaban ya sentados el uno frente al otro, John vio sus pálidas piernas cruzadas. La camiseta que le había dejado parecía un vestido. Le quedaba grande, pero aun así se veía muy atractiva. ¿Llevaba sujetador? No podía saberlo desde esa posición.