Irrompible 9
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—¡Y… para adentro!

Coral cabeceó antes de tomarse el otro chupito.

Se alegraba de haber ido; Yakiv era, de lejos, una de las personas más divertidas que había conocido.

Era su tercer chupito, el quinto para él, y comenzaba ya a estar mareada…

Muy mareada. Soltó una risita antes de mirar en dirección a Ocean.

Su amiga se tomaba su copa con tranquilidad, disfrutando del ambiente de aquel pub .

—Creo que… deberíamos haber ido a comer algo —soltó.

—Coral está borracha. —Eso lo había dicho John.

Enfadada por que estuviesen hablando de ella como si no estuviese delante, se giró.

—¡No estoy borracha! Solo tengo el punto.

—Olvídate de ellos, cariño. —Yakiv se levantó y extendió una mano—. ¿Bailas conmigo?

John apretó con más fuerza su cerveza. Ocean soltó una risita.

La música fluía por todo el local, que era de bebidas y contaba con una pista de baile atestada de gente.

Coral echó un vistazo. Todos parecían pasárselo bastante bien, excepto John.

Seguía con el rostro crispado y apenas contestaba con monosílabos.

Sin esperar su respuesta, el ucraniano tiró de ella y la condujo hasta la pista.

Coral no pudo contener las carcajadas y su asombro al ver cómo un hombre tan grande como Yakiv se movía con tanta soltura.

El ritmo de la pista cambió cuando todos se dieron cuenta de quién era y comenzaron a hacer una cola para hacerse fotos con él.

Coral continuó bailando. Llevó las manos por encima de su cabeza, moviendo las caderas. Se sentía liviana, como si flotara. Le apetecía pasárselo bien, olvidar los momentos tensos del día. Ocean fue hacia ella con su copa, acoplándose para bailar entre todos aquellos cuerpos.

El pobre luchador ucraniano parecía cansado de hacerse fotos y firmar camisetas o todo aquello que le diesen.

Justo cuando dos cuerpos enfrente de ella se movieron, pudo ver a John. Estaba sentado, con los codos apoyados en la mesa. Circunspecto, solo, excluido, como si todo lo incomodase. Su cerveza estaba casi vacía y su arrebatadora mirada fue pasando por todo el pub hasta llegar a ella.

Un intenso calor se extendió por su pecho.

Y justo en ese momento, Coral lo supo: iba a resultarle imposible tener una amistad con John, actuar como si no hubiese pasado nada entre ellos. Deseaba besarlo, volver a probar su intenso sabor. Recorrer su fuerte cuerpo con las manos, palpando su fuerza y consistencia.

—¿Por qué no bailas conmigo, preciosa?

Unas manos se fueron a sus caderas. Se volvió y empujó al desconocido con toda su fuerza.

—No me toques, ¿te enteras?

—Bah, tú te lo pierdes.

Una vez libre, se encontró de nuevo rodeada por un montón de personas. No vio a John. Consiguió escapar de toda esa masa de personas cuando volvió a encontrarlo. Se había incorporado y estaba en la barra, hablando con uno de los camareros.

—¡Aparta, chica! Yo también quiero una foto con la Bestia Ucraniana.

Un hombre la empujó. Coral cayó con gran estrépito al suelo y en el último momento consiguió aterrizar sobre sus manos antes de golpearse la cabeza, aunque sus rodillas no corrieron la misma suerte.

Se le abrió el bolso y todo su contenido quedó desparramado por el suelo.

Varias personas pisaron su teléfono, su bolso y su pequeña bolsa de maquillaje portátil.

Extendió la mano para atraparlo todo. Cuando fue a alcanzar el móvil, unos tacones se clavaron en su palma.

Soltó un chillido de dolor. Con la mano libre empujó a la mujer, intentando librarse. La susodicha, enfadada por que la hubieran hecho moverse de la cola, se lanzó sobre ella.

—¡Pelea! ¡Dos tías peleando!

Ojalá se hubiese fijado en la desconocida, pensó Coral mientras intentaba deshacerse del puño que tenía en el cabello. Era muy alta y estaba muy borracha.

—¡Hija de perra, me has echado de la cola! —Le dio otro tirón. Si seguía así, iba a perder un buen mechón. Se levantó, alzó el puño y lo lanzó contra la torcida nariz; escuchó un crujido: le había dolido hasta a ella—. ¡Me has partido la nariz, guarra!

La sangre corría por el rostro femenino; poco a poco el montón de gente que había alrededor de Yakiv desapareció.

Ahora todos estaban haciendo un círculo alrededor de ellas.

Coral intentó correr en dirección opuesta al prever que iba a atacarla de nuevo.

Una mano la apresó del vestido y tiró hacia atrás.

Le dio la vuelta. La palma de la mujer impactó en su rostro, cruzándole la cara.

Coral volvió a caer al suelo y esa vez sí se golpeó la cabeza.

Desde donde se encontraba, pensó en lo horribles que estaban siendo sus días.

Si todo mejoraba un poco, era para que al final acabara peor.

Pensó que tras el beso, su relación con John habría mejorado…

, pero había cambiado al ver a Anastasia.

Creyó que ir al pub iba a ayudarla a pasar un buen rato y olvidar todo lo sucedido…

, y acababa metida en una pelea. La ira invadió su cuerpo con fiereza.

Apretó los dientes y se incorporó para lanzarse sobre su contrincante cuando unos brazos la agarraron por las axilas.

—¡Suéltame! —gritó—. ¡Suéltame ahora mismo!

—¡Déjala, John! ¡Déjala, que voy a partirle esa sonrisa tan bonita que tiene! —gritaba la mujer.

Coral se giró todo lo que pudo. Estaba atrapada entre su cuerpo, y en otra situación lo habría disfrutado. En ese instante lo odiaba.

—Nos vamos, Coral.

—¡Coral, Coral! —Ocean apareció en ese momento—. Te estaba buscando en el baño, ¡no me imaginaba que eras tú la que se había metido en la pelea!

—Llévate a esa guarra —siguió hablando la otra. Saltaban chispas de sus ojos negros—. No sabes con quién te has metido.

—¡Tú has empezado! ¡Me has pisado la mano con esos tacones de aguja que tienes! ¿Sabes qué? ¡Son horribles! ¡De malísima calidad!

Esa vez Yakiv agarró a la mujer para impedir que, cegada por el insulto, fuera a por ella.

—Llévatela al coche, John.

—¡¿Qué demonios ha pasado aquí?! —gritó un hombre mayor, quien debía de ser el dueño del pub .

—Yo me quedaré a solucionarlo todo, John —habló Ocean—

. Me volveré con Yakiv, no te preocupes.

—¡Soy adulta! —Coral apenas se creía lo que estaba pasando—

. Puedo defenderme.

—Para, Coral, deja ya de… montar un numerito —le susurró John al oído—. Nos vamos.

Avergonzada, alzó la cabeza y asintió. Él no la soltó: fue hasta la salida sujetando su mano.

Aquel contacto no la alivió, más bien causó el efecto contrario.

Alimentó el fuego que había en su interior, producto de la atracción que sentía por John y la ira por lo mal que se estaban desarrollando los acontecimientos.

Cuando salieron, una suave brisa nocturna acarició su dolorido rostro. Se escuchaban las pisadas de sus zapatos y los de John. Él le abrió la puerta para que se montara. Suspirando, le dirigió una furiosa mirada.

John se preguntó qué demonios había pasado para que Coral se hubiese metido en una pelea con Nasha.

Esa mujer era conocida por su mal humor y pocas veces la molestaban.

Sentado, echó el seguro y cogió aire. Coral miraba hacia delante.

Su postura era tensa. Él intentó controlar una sonrisa que estuvo a punto de escapársele cuando, al entrar en el coche, había visto que tenía el vestido desgarrado por la parte de la espalda.

Le habían dado bien…, pero ella había respondido.

Su bonito y brillante cabello, siempre peinado, estaba hecho un desastre.

Su mejilla izquierda estaba hinchada, al igual que los provocativos labios.

Sus rodillas estaban destrozadas, con arañazos y sangre seca.

Tenía los nudillos levantados. Sí, había estado presente justo cuando Coral había alzado el puño para golpear a Nasha.

Lo había sorprendido. Coral escondía fuego en su interior y lo liberaba cada vez que se sentía en peligro. Su pecho se movía con rapidez, estaba nerviosa.

—Llévame a casa —murmuró con voz ronca.

—De acuerdo.

John arrancó el coche y salió del aparcamiento.

Durante el trayecto, ninguno de los dos dijo nada.

A veces la miraba de reojo, pensando lo guapa que estaba con aquel brillo en sus ojos y el vestido roto.

Era, sin lugar a dudas, la mujer más bella que había visto en su vida.

Parando enfrente de la casa, la miró una última vez. Se paralizó.

Sus ojos estaban húmedos. Contenía las lágrimas.

Él se quitó el cinturón con rapidez, ¿Se habría hecho daño?

—¿Coral? ¿Te duele algo? Déjame…

—¡No me toques! —Se removió, inquieta.

—Déjate de tonterías, déjame tocarte y…

—¡Te he dicho que no! —Intentó abrir la puerta—. Déjame salir. Esta noche ya ha sido demasiado mala. Solo quiero ducharme y dormir.

—No voy a dejarte salir hasta que hables conmigo, Coral. — Adoptó un tono de voz calmado, pacífico.

—No quiero hablar contigo ni con nadie.

—¿Qué te pasa? He ido a separaros en cuanto te he visto.

—¡Pues deberías haberme dejado terminar! —gritó, enfrentándolo—. Este ha sido uno de los peores días de mi vida. ¿Y sabes qué? ¡Tú te has encargado de que lo sea! Me arrepiento tanto de haberte besado… Como si no hubiese sido suficiente la primera vez, cuando me rechazaste, ahora…

¿Era su culpa que hubiese tenido un mal día? Estaba perdido. Coral se lanzó sobre él, pero John tenía unos muy buenos reflejos gracias a su experiencia como luchador.

—¿Mi culpa?

—¡Sí!

—¿Qué demonios he hecho?

—¿Ves? Eso es lo que te hace ser tan… corriente, como el resto de los hombres —musitó, decepcionada—. Nunca te has cuenta de nada. Suéltame, no te voy a pegar. Pero haz el favor de quitar el seguro, quiero irme ya.

Su voz había adquirido un tono pesimista, derrotista. No le gustó nada cómo se estaba desenvolviendo la conversación.

—No vas a irte hasta que hablemos. ¿Qué te ha molestado? Dilo, sé clara. Deja de esconderte y di lo que opinas por una maldita vez.

Como si hubiese desencadenado el mayor de los infiernos, Coral gimió.

—¡Me habías invitado a ir contigo a la exhibición!

—Pensaba que era una buena idea.