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—En cambio, te cuesta demasiado hacer tu próximo movimiento para salir con Coral. ¿Quién diablos eres y qué has hecho con mi hermano?
—Déjate de tonterías. —Furioso, se dirigió hacia el asiento—. Esto ha sido un error desde el primer momento, paso.
—Eso es, actúa como un niño, huye. —Justin alzó la voz.
Y eso hacía, solo que no pensaba admitirlo.
Coral y Ocean estaban a punto de montarse en el coche de John.
La tarde había ido… bastante mal. Ni John ni ella habían hablado apenas.
Anastasia había vuelto a aparecer y se había quedado a comer con ellos.
Por supuesto, Coral no la culpaba. Si John cambiaba su actitud cada vez que ella estaba presente, era cosa de él.
Coral no iba a perder más el tiempo. Bridget incluso se había sorprendido al ver a la rubia con ellos, que había llegado justo después de la exhibición.
Al parecer no se había ido, sino que su asiento estaba justo enfrente de ellos. Coral no había reparado en ella.
John fue hacia ellas sin mirarla. Parecía furioso. Justo fue a abrir el coche cuando un hombre mayor con pinta de cowboy le silbó.
—¡Eh, John! ¿Puedes venir un momento?
Él asintió.
—Vengo en cinco minutos.
Coral cerró los ojos y miró hacia el cielo. Los rayos del sol calentaron su adormilado y frío rostro. Cómo había cambiado la relación entre ambos en el transcurso del día…
Ocean gimió al acabarse su tercer refresco.
—Maldición…
—No deberías comprarte otro —le aconsejó.
—Lo sé… Ya está bien por hoy. Aunque creo que voy a ir al baño, no os vayáis sin mí, ¿de acuerdo?
Coral puso los ojos en blanco.
—Por supuesto que no.
Ocean se alejó con rapidez y entró de nuevo en el colegio donde se había organizado la exhibición.
A lejos vio a la alcaldesa y alzó la mano para saludarla.
Ella respondió con una tenue sonrisa. Se preguntó dónde demonios estaba John, recogiéndose el cabello en un moño bajo; seguramente haciéndose fotos, dándoles consejos a los luchadores amateur o… a saber. Anastasia tampoco estaba.
Otra punzada de dolor.
—Ey, ¿sabes dónde puedo encontrar a John? —preguntó una voz masculina con un acento muy marcado.
Coral se giró. Todo lo que vio fue un enorme pecho delante de sus narices, con una camiseta blanca.
Fue subiendo hasta tener la cabeza echada hacia atrás por completo.
¿Quién demonios era aquel hombre? Era un gigante.
Sus ojos grises eran simpáticos; no se mostraban del todo cálidos, pero desde luego no eran hostiles. Tenía la cabeza rapada.
—Ha entrado en el colegio, iba a volver en cinco minutos.
—¿Te importa si espero contigo?
Abrió la boca sin saber qué responder.
—P-pues vale, claro.
—Soy Yakiv. —Extendió una enorme mano que ella estrechó, algo sorprendida. Por supuesto, desapareció en la de él.
—Encantada, yo soy Coral.
—¿Eres la chica de John?
—No —graznó—. Una amiga.
—Oh… John tiene pocas amigas.
—Supongo que soy una de las afortunadas —replicó con ironía—. Déjame adivinar: luchas.
Él asintió, cruzando los brazos delante del pecho.
— Maк.
—¿Y eso qué significa?
—Sí, soy luchador, pero estoy en una categoría… superior de peso.
—Eso explica que seas tan… grande. —Se llevó una mano a la boca—. Lo siento, no quería ser maleducada.
—No, no, tienes razón. Soy muy grande… en todos los sentidos. —Le guiñó un ojo, echándose un poco hacia ella.
Vaya… eso no se lo esperaba. Se quedó estupefacta; al tenerlo más cerca, pudo estudiar sus rasgos.
De mandíbula regia, labios carnosos y nariz casi recta —aunque parecía tener una suave desviación, quizás por los golpes—, era bastante viril…
Le recordó a uno de los atletas olímpicos que solía ver en la casa veraniega que tenían en Huelva. Desde luego, estaba buenísimo.
Coral no se alejó de él, pero vio cómo John se acercaba. Él los miraba a uno y a otro, sucesivamente.
—¿Qué haces aquí, Yakiv? —preguntó John.
—Dante me ha hecho venir desde Nueva York para que te ayude en tus próximos entrenamientos contra Dmitry. Sabes que tenemos un estilo de lucha parecido. Así que… aquí estoy. Hace dos horas que he llegado.
—¿Y Dante?
—Hoy tocaba… Ya sabes. —Yakiv se removió, nervioso—. Visitar a su esposa e hija.
—Claro… ¿Dónde está Ocean? —preguntó, mirándola.
—Ha ido al baño, debería estar ya de camino.
—Vamos montando. ¿Has traído tu propio coche?
—Sí, os seguiré. Podríamos ir a tomarnos algo de camino. No quiero volver de nuevo a esa vieja casa que me ha dejado Dante, John. Es horrible. —Yakiv le dio con el codo a Coral, entre las costillas—. Tú qué dices, ¿te apuntas?
Miró a John. ¿Seguía la cena estando en pie o el distanciamiento entre ellos había hecho que se cancelara? Él esperaba, dejando la pelota en su tejado. Ella estaba hecha un lío.
—P-pues…
—¡Por supuesto que vamos! —Ocean apareció en ese mismo momento—. No tenemos nada que hacer.
—Mañana trabajo, Ocean.
—Y yo también, pero solo nos vamos a tomar algo, ¿verdad? Por cierto, sé quién eres, la Bestia Ucraniana. Encantada, soy Ocean. —Extendió la mano.
El aludido asintió.
—Igualmente. ¿Nos vamos entonces?