Irrompible 8 #2
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—Ya… Seguro. A ella se le ve interesada. Y no la culpo.

—¿Cero celos?

—Para ser sincera, no son celos… —Se permitió mostrar cierta preocupación—. Somos muy diferentes, Ocean. Anastasia y yo. No entiendo por qué John se iba a fijar en mí si le gustan ese tipo de mujeres.

—Eres muy guapa, Coral. Es verdad que no tenéis mucho en común, físicamente hablando, pero las dos sois mujeres que atraéis la atención. La cerveza se está calentando, ¿quieres ir o prefieres darte una vuelta por aquí antes de que empiece la exhibición?

Coral se lo pensó. En realidad, no tenía motivos para sentir celos: solo estaban hablando.

Además, tras sus anteriores relaciones tóxicas había cambiado.

No se permitía estar con hombres que alimentasen sus inseguridades, que no le diesen lo que ella les entregaba.

Por otra parte, John y ella no tenían nada.

Sacudió la cabeza, sintiéndose mejor por haber pensado antes de actuar. Poco a poco…

—Por supuesto.

John la vio acercarse y le hizo sitio entre todos aquellos niños y la alta rubia. Con una sonrisa, le tendió la cerveza.

—Aquí tienes.

—Gracias. —Carraspeó—. Ya hablaremos, ¿de acuerdo?

—Por supuesto, John. Tienes mi número. —Le guiñó un ojo antes de centrarse en ella—. Me suenas.

—Sí, has venido a mi tienda.

—Me encanta tu ropa —admitió—. Creo que no nos conocemos, soy Anastasia.

—Coral. —Le estrechó la mano.

—¡Chicos! Ya va a empezar, os tenemos sitios reservados — habló Bridget desde donde se encontraba, en la tercera fila de las gradas.

Coral fue hacia allí con Ocean, dejando a Anastasia y a John atrás .

No, no estaba celosa, pero le molestaba que entre ellos pareciera haber algo; ella le tenía cariño.

¿John era como el resto de los hombres que había conocido?

¿Capaz de estar con varias mujeres a la vez?

Tensa, se sentó junto a Bridget, esperando a que Ocean se pusiera a su otro lado. Su amiga negó con la cabeza.

—Échate a un lado.

—Siéntate, Ocean.

—Venga ya, deja de pensar mal y hazte a un lado. —Se agachó para que solo ella pudiera oírla—. John te ha invitado a venir con él. Eso quiere decir algo.

Dejaron de hablar. John iba hacia ellas y ocupó el asiento libre, junto a Coral.

Ella no lo miró, pero consiguió relajar parte de su cuerpo.

Estiró el cuello de un lado a otro y miró enfrente, justo donde dos luchadores amateurs iban a hacer un combate de artes marciales mixtas.

El árbitro explicaba las normas. Y aunque fuese la primera vez que asistía a uno, con el rabillo del ojo vio cómo Anastasia se marchaba.

Había sido bastante simpática.

—¿Estás bien?

La voz de John llegó hasta ella. Asintió.

—Por supuesto.

—Pensaba que te gustaban las MMA .

—Me encantan —admitió. Se atrevió a volverse hacia él—. Solo estoy algo cansada.

—¿Por qué te has quedado atrás, cuando traías las cervezas? Hablabas con Ocean, en voz baja. —John apoyó los codos sobre las rodillas; miraba la pelea, entretenido.

Mierda. Pensaba que había estado lo bastante solicitado como para no reparar en ellas.

—No veía dónde estabais.

—¿Tan bien se te da mentir? —inquirió en broma, mirándola de reojo.

—¡Bien! —gritó Ocean, levantándose—. ¡Cógele del brazo, hazle una palanca, así…! ¡No, joder! ¡Se te ha escapado!

Coral se rio.

—Lo está disfrutando.

—¿Me vas a dejar que te invite a cenar hoy?

—Ella vaciló; ¿de verdad le apetecía ir a cenar?

Él esperaba su respuesta, tranquilo, como si estuviese convencido de que iba a decir que sí.

Aquello le cayó como un cubo de agua fría.

A John nunca le decían que no. ¿La estaba viendo como una más y…

? Paró sus pensamientos con determinación.

¿Qué demonios le estaba pasando? Ella no era así.

Salía con hombres, se lo pasaba bien, dejaba que todo fluyera.

Con John no estaban saliendo las cosas como había supuesto desde un principio—. ¿Coral? ¿Estás bien?

La mano masculina se posó sobre su rodilla. Sin poder evitarlo, se incorporó.

—Voy a ir al baño un momento.

Justo cuando pasaba por delante de Ocean, ella la agarró de la mano.

—¿Quieres que vaya contigo? —murmuró.

—No, no —sonrió—. Ahora vuelvo. Voy a dejar la cerveza en mi asiento.

—No te preocupes, nadie la tirará.

Se estaba comportando como una niña. Le había afectado el ver a aquella atractiva mujer.

Había pensado que su autoestima estaba construida de forma sólida, confiaba en sí misma, aceptaba sus defectos…

, pero se había vuelto a sentir como aquella chica que, años atrás, se había dedicado a irse con diferentes hombres para llenar un vacío dentro de sí misma.

Le había costado años darse cuenta de que ella era la única persona capaz de llenarlo, de solventar sus carencias.

Sus inseguridades habían salido a flote, recordándole sus locuras tras la ruptura con Sebastián.

Fue hacia el baño y una vez ahí esperó a que una mujer mayor saliera. Luego entró ella y echó el pestillo tras de sí. Se echó agua en el rostro y se miró en el espejo.

—No voy a volver a ser aquella persona dependiente. No lo soy —susurró.

¿Cuántos hombres habían pasado por su cama aquel año? Ah, sí, muchos. Muchísimos. Cuánto daño se había infligido… A veces, y solo a veces, llegaba a la conclusión de que marcharse de España había sido su forma de querer comenzar una vida desde cero.

John terminó su cerveza y fue hacia el kiosco para comprarse otra. Vio que la de Coral seguía en su asiento, seguramente caliente y sin espuma. Se levantó y su hermano Justin fue con él, dándole una palmada en la espalda.

—Vaya, vaya… Así que con Coral, ¿eh?

—He ido a su casa. —Se encogió de hombros—. Le he preguntado si le apetecía venir. Dos cervezas. ¿Tú quieres algo, Justin?

—Eh… Sí, otras dos, una de ellas sin alcohol . —Su hermano mayor negó con la cabeza—. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? Hace unos días, parecías más reacio a salir con ella.

—No ha pasado nada.

—Mentira. Venga, no seas… Oh, ya vuelve Coral, va por allí.

John se volvió y la vio andar con aquel vestido ceñido que le sentaba tan bien.

Llevaba el pelo castaño suelto y listo, sus ojos se veían más grandes y verdes.

Tenía en una de sus manos el bolso que llevaba, a juego con su ropa.

Los dedos, largos y finos, estaban adornados con algunos anillos.

Tenía el aspecto de una mujer segura de sí misma, con ganas de comerse el mundo y enfrentarse a todos los problemas.

Pero ese día había visto una luz en su mirada más triste.

¿Tenía algún problema?

—La he invitado a cenar —soltó de pronto.

—¡Eso está genial! —John se apresuró a pagarlo todo, haciéndole un gesto con la cabeza—. ¿Y qué te ha dicho?

—No me ha contestado. —No podía apartar la vista de ella. Era tan guapa y delicada… Atraía la atención de muchos hombres y mujeres, pero ella estaba muy lejos de allí, sumergida en sus pensamientos—. Se ha ido al baño.

—¿En serio? —Justin frunció el ceño.

—¿Debería preguntárselo de nuevo? —Al no obtener respuesta, desvió la atención a su hermano—. ¿Por qué demonios me miras así?

—Se te da genial dominar a tus contrincantes, sales de todas las peleas airoso. Los golpeas sabiendo muy bien cuáles son sus puntos débiles.

—¿Y?